Pocos conceptos inspiran tanto y en tantos sentidos como lo hace la palabra libertad. La libertad puede ser explicada y desmenuzada tanto desde la óptica filosófica, como ser bellamente ensalzada por los más grandes poetas y pensadores.

La libertad, en su sentido más práctico, se concibe como un derecho al que todos deben aspirar, así como también puede interpretarse como algo de carácter individual; un concepto que cada cual interpreta y experimenta a su modo.

¿Existe la libertad?

Planteado en términos absolutos, resulta difícil definir la libertad: todo ser humano tiene restringida la libertad, al menos desde una perspectiva temporal, por la propia muerte. Aunque para otros, es precisamente este hecho la consumación de la libertad.

Buscando una definición de la libertad en nuestra existencia temporal, también nos encontramos con ciertos límites, como pueden ser las fronteras éticas que delimitan nuestra libertad con respecto a la de los demás. De Jean Paul Sartre es la conocida frase: “Mi libertad termina donde empieza la de los demás”. Para contrarrestar esta norma lógica de convivencia, uno podría plantearse la soledad como punto de partida para la búsqueda de la libertad. Sin embargo, no parece que esta sea la mejor solución, sobre todo si lo que se pretende es que la libertad sea un camino hacia aquello a lo que todo ser humano aspira: la felicidad.

El ser humano sociable

Nadie duda que el ser humano es sociable por naturaleza. Necesita relacionarse con sus semejantes; establecer vínculos de todo tipo. Esta necesidad, cuando se ve cubierta, aporta numerosos beneficios, pero también lleva implícita una serie de condiciones. Una relación de tipo sentimental, por poner un ejemplo, requiere una serie de concesiones por ambas partes. Ya no se es libre de hacer todo aquello que se hacía antes. Ahora bien, si se hace es por una razón de peso; se renuncia a ciertas cosas para obtener beneficios superiores. Cuando una de las partes no obtiene este beneficio es cuando se piensa de nuevo en la libertad.

El hecho diferencial de la libertad

Alguien puede imaginarse un ave surcando el cielo. Probablemente para la mayoría se trate de una bella imagen que inspire libertad. Sin embargo, el hecho diferencial entre cualquier animal y el ser humano es la capacidad para decidir libremente qué se quiere hacer. Los animales deciden respecto a sus necesidades básicas y lo hacen movidos por el instinto. Aunque el ser humano no es ajeno a esta realidad, ya que su instinto le lleva a procurarse comida, resguardarse del frío u otras cuestiones básicas, también tiene la capacidad de tomar decisiones para llevar a cabo cualquier acción, incluso acciones que van en contra de lo que indica su instinto.

Las barreras de la libertad

La libertad, cuando no se maneja adecuadamente, es un arma peligrosa. La libertad requiere de inteligencia y de sentido común. La libertad, en definitiva, tiene muchos enemigos, pero el peor, sin duda, es uno mismo. Cuando se usa adecuadamente, ocurre lo que manifestaba Immanuel Kant: "La libertad es aquella facultad que aumenta la utilidad de todas las demás facultades".

Lo que para unos es un atentado a la libertad, para otros significa el clímax de la libertad más absoluta. En este campo se mueven las creencias religiosas. En un aspecto más terrenal existen otras cuestiones capaces de limitar la libertad de un modo considerable; en ocasiones absoluto. Un ejemplo serían las adicciones; un tipo de comportamiento donde el individuo, aún sabiendo que no debe y no quiere hacer tal caso, no puede evitar hacerla.

Incluso poder o riqueza pueden ser cortapisas para la libertad. Muchos piensan que de ser ricos, también serían libres de hacer lo que ahora imaginan imposible. Pero la riqueza también tiene su precio, y este precio, en muchas ocasiones, se paga con la libertad.

La sociedad, por otra parte, está repleta de convenciones que la mayoría siguen, quizá sin estar de acuerdo. Sea como sea, son restricciones a la libertad individual que se aceptan por un supuesto bien superior de tipo colectivo.

Las condiciones de la libertad

Parece sensato, visto lo visto, pensar que la libertad debe estar gobernada por un comportamiento ético e inteligente. Cada ser humano debe tener el derecho irrenunciable a aspirar al máximo posible de libertad, pero al mismo tiempo, esta libertad debe saberse utilizar. Michel Eyquem de Montaigne decía: “La verdadera libertad consiste en el dominio absoluto de sí mismo”. Entonces, en la utilización de la libertad, está la educación y el aprendizaje. Y, por supuesto, el sentido común. Con estas armas se aprende que la libertad, a la postre, no consiste tanto en hacer lo que se quiere, sino más bien en hacer lo que se debe; una cuestión interior que cada cual debe dilucidar a su modo.

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