Fue escrita por John Ford en 1633 en una Inglaterra donde ante la censura las tragedias había que localizarlas en el extranjero, como aquí en el siglo de oro hacían Lope de Vega o Calderón, así que esta historia de loco amor fatalmente prisionero de los prejuicios de la época transcurre en Parma, Italia, entre Annabella y Giovanni, dos hermanos felizmente envueltos por el despertar del sexo y fatalmente destruidos por los prejuicios sociales y culturales.

La Compañía inglesa Cheek by Jowl, hace de Lástima que sea una puta, una obra de incalculable valor atemporal. Ya desde el cartel se impone una concepción: una niña con ojos cargados de asombro y luminosa belleza observa a través de una persiana. Esa criatura no aparece en la función: es la metáfora de una inocencia que mira el infortunio de su condición.

Los prodigiosos intérpretes de Cheek by Jowl dirigidos por Declan Donnellan sobre un diseño escénico y vestuario de Nick Ormerod trasuntan una experiencia de siglos de terrible actualidad en gran parte del planeta: el aciago destino de mujeres a merced de las pasiones masculinas en un contexto de alegrías pasionales... siempre y cuando a los hombres convengan.

Sangre voluptuosa, pasión de vivir, sexo inocente

Una bella y sensual adolescente de hoy ve una película en su ordenador mientras el público se acomoda en las butacas. Annabella está en una habitación confortable rodeada de los carteles de sus películas favoritas; clásicos tristes de amor y desamor como Dulce pájaro de juventud con Paul Newman o Desayuno con diamantes con Audrey Hepburn, aunque prevalecen pósters de diversos títulos de vampiros, entre los que no faltan exuberantes vampiresas del cine de los 70.

La sangre voluptuosa, las ganas de vivir y la muerte como un juego divertido asociado a la sexualidad apabullante que podría dominarla y la domina. La preciosa rubita se dejará llevar por una pasión irresistible. Rodeada de hombres que la pretenden, con un padre de gran fortuna y mente inoperante, a ella sólo le atrae el joven triste que se pasa las horas leyendo y pensando en ella: su único hermano.

Cuando les arrolla la dulce posibilidad de poseerse, el espectáculo tiene luces y sombras, toques de ironía, de humor musical con una coreografía burlona que, sin embargo, engarza magistralmente con todo el trepidante acontecimiento que sucede alrededor y sobre una pequeña cama en la que llega a caber toda la Compañía... embarcada hacia una tragedia conmovedora.

Los prejuicios sociales y culturales sólo en apariencia son terribles acerca del incesto; en realidad, y es lo que hace esta obra tan contemporánea, son brutales ante cualquier decisión de una mujer contraria al orden establecido, un orden masculino con participación activa de mujeres que imitan a los hombres que también acaban siendo sus víctimas.

Teatro isabelino en el drama femenino del siglo XXI

Lástima que sea una puta, de John Ford por Donnellan-Ormerod es un espectáculo donde se confabulan la inteligencia, la capacidad actoral, el sentido del humor y un discurso claro y doloroso sobre la condición femenina en nuestro tiempo. Un tiempo de muchas evoluciones y tremendos estancamientos. Un tiempo en que diversas sociedades se pueblan de madres solteras abandonadas a su suerte o una explotación sexual internacional considerada uno de los más poderosos negocios del mundo; abusos sexuales, matrimonios concertados por las familias y ante la menor rebelión palizas, cárcel, latigazos, muerte por lapidación

Donnellan es un director con un estilo muy acusado, eminentemente vitalista. Todos sus espectáculos logran que los actores se zambullan en un mar de emociones físicas y psicológicas, dando la sensación de que agotan sus múltiples recursos.

Además, este director superdotado lo es también a la hora de rodearse de colaboradores que potencian su estilo, lo enriquecen, lo mejoran, lo trascienden. Un creador en equipo. Además de su socio y director artístico Nick Ormerod, Jane Gibson colabora en la dirección de escena y en el movimiento a menudo coreográfico; Owen Horsley ejerce funciones de director asociado; Jonathan Waller dirige las escenas de lucha y Emma Woodvine se ocupa de la dirección de voz.

En la Sala 1 de Matadero-Naves del Español hasta el 21 de abril (Sala 2: Una luna para los desdichados). Con actores asombrosos entre los que destacan por amplio desarrollo de sus personajes: Suzanne Burden, Lizzlie Hopley, Laurence Spellman, Jack Hawkins, y los grandiosos protagonistas Lydia Wilson y Jack Gordon.

Ante el final de la obra, algunos gritos espontáneos del patio de butacas y el compungido silencio del resto de los espectadores dan la medida de la lograda emoción que este trabajo impone sobre el público. Una vez más, la voz profunda de los clásicos nos llega servida en bandeja de plata, aunque ésta chorree sangre en arrolladora conmoción escénica.