El cuerpo de la mujer ha evolucionado para ser atractivo sexualmente, y aunque muchas culturas han impuesto reglas de comportamiento para distorsionar esta innata inteligencia biológica, la anatomía femenina conserva intacta sus zonas erógenas como parte del instinto reproductivo.

Sin estas zonas erógenas la actividad sexual sería un tortuoso y frío viaje hacia el orgasmo. Sin embargo, no todas las mujeres tienen las mismas zonas erógenas ni la misma sensibilidad, dándose incluso el extraño caso de mujeres que no experimentan ninguna sensación erótica.

Muchas mujeres ‘habilitan’ sus propios lugares secretos de placer, así que para detectar estas zonas erógenas hay que ir con tacto y estar atentos a los gestos y el ritmo de su respiración. Pero no basta con descubrir estas zonas y tocarlas, sino saberlas explotar.

Cabello salvaje

El juego sensual de una mujer con su cabello esconde la más remota memoria sexual: exponer su cuello recogiéndose el cabello era una invitación al acto sexual. Hemos perdido las claves primitivas de la atracción sexual, pero hoy sabemos que una mujer nos coquetea cuando se entrega al seductor manoseo de sus cabellos.

Esta zona erógena femenina es poco explotada pero se puede despertar deslizando los dedos entre sus hebras, aplicando un suave masaje desde las sienes hasta la base del cuello, subiendo y bajando, lo que resulta excitante como una música ondulante sobre su piel.

El susurro, la boca y el cuello

Un suave susurro, palabras excitantes y lamer un poco el oído y el lóbulo de la oreja resultan excitantes infalibles. El sólo contacto sutil de la boca en esta zona y unas cuantas palabras que alimenten la fantasía erótica, pueden llevar a una mujer al orgasmo mismo.

La boca es una de las zonas más sensibles de la mujer. Besar los labios, sobre todo el superior, así como pasar la lengua en el puente de la nariz y el labio resulta muy placentero para ella. Surte el mismo efecto si se besan ambos labios alternadamente y con leves apretoncitos y tocarse la punta de la lengua.

Masajear el cuello con manos y lengua no sólo estimula una gran zona de placer, sino que le alivia en un instante el estrés y la tensión muscular. Las tensiones de la vida moderna se acumulan en el cuello y la espalda, lo que imposibilita cualquier sensación de placer en los órganos sexuales de la mujer

Besar la parte de atrás del cuello produce un cosquilleo que viaja por la espalda y relaja la zona pélvica. La espalda es la extensión del cuello y por lo tanto una vía para la excitación; y la delgadez de su piel la hace tan sensible que hasta el leve toque de una pluma de ave logra erotizarla.

Los senos, el estómago y los glúteos

Los senos son las áreas más delicadas de la mujer y hay que excitarlas con arte. La lengua y las manos deben ir desde los costados hacia dentro y terminar en el pezón, en un vaivén, siempre atentos a la respuesta de ella. Deslizar hielo y frutas agridulces desde la boca hasta el pezón resulta irresistible.

El estómago de una mujer temblará de placer si uno acerca la boca y las manos a un centímetro, sin tocarla, respirando sobre ella. La estática sobre su piel obra como un delicioso y cálido masaje, para luego posar los dedos y la lengua con suavidad, intensificando el contacto.

Los glúteos son una gran área de exposición al placer femenino, en especial su nacimiento y la cara interna que busca la vagina. Un masaje con aceite de naranja o ylang ylang, con sutiles mordiscos irrigará de sangre sus órganos sexuales, placer que se acrecienta por la pérdida de contacto visual.

Los pies, el perineo y el punto G

Los pies son sensibles pero poco usados como zona erótica. Si se unta miel con la lengua y se esparce entre los dedos se tendrá una experiencia intensa. Y siguiendo hacia la conquista máxima de placer, se debe pasar la lengua y las manos por la cara interna de los muslos y los brazos, hasta dilatar los labios genitales.

La escasa piel entre la vagina y el ano de una mujer resulta ser su Santo Grial del placer. Aventurarse al perineo femenino con la lengua es una experiencia gratificante y recompensada con una excitación interminable, que se extenderá al punto G con la introducción del dedo índice en forma de gancho y moviéndolo como si se estuviera llamando a alguien.

Finalmente, la lengua irá al clítoris y lo besará en el sentido de las manecillas del reloj, sin apretar. A esta altura y con una gran dosis de originalidad en cada movimiento, el sexo se convierte en una experiencia más gratificante en el viaje hacia un inolvidable orgasmo.

Existe un arsenal de productos para avivar las zonas erógenas de la mujer, pero nada reemplaza la natural pasión sexual, un instinto que debemos refinar hasta convertirlo en amor, de lo contrario sólo servirá para procurar un alivio orgásmico transitorio que no salvará a la pareja del abismo de la soledad.