El sueño del amor idílico es recurrente en nuestras sociedades. La pasión, la felicidad, la familia, la presión social, la tradición, la estabilidad económica, etc., son algunos de los elementos que chocan en esta forma de relación. Pero la unión de dos personas, ¿merece ser más grande que la felicidad o infelicidad de ambos o uno de sus componentes?

Realidad cultural

No se puede negar que las relaciones de pareja varían culturalmente de lugar a lugar, sus fundamentos y objetivos son distintos, es así como vemos monogamia y poligamia, por ejemplo.

Vemos culturas donde las parejas se unen sólo para deleite sexual y afectivo, sin el requisito de la fidelidad sexual, a veces conviven, y duran unidas solo lo que ellos consideren les es satisfactorio, los hijos que tengan son hijos de la comunidad y no de la pareja propiamente tal.

Sociedades como las nuestras, que entienden como núcleo de su sociedad a la familia, y buscan por todos los medios que este no se rompa nunca, donde el matrimonio es un contrato. Cabe acotar que esto es una formalidad de herencia y de linaje donde se busca proteger los bienes tradicionales para la pareja y sus herederos.

En algunos países, donde existen matrimonios civiles y separaciones y divorcios legales, se busca propugnar leyes donde los convivientes sin vínculo de matrimonio tengan derechos de propiedad uno del otro por ley, sin que medie dicho contrato. Esto en pro de beneficiar al conviviente sobreviviente en caso de defunción, por ejemplo.

El reinado de los ideales

La búsqueda de pareja se ve hoy en día regida por ideales románticos, económicos, procreativos, a veces por simple status social.

Los matrimonios por conveniencia son una realidad que hoy en día nos acompaña, entiéndase la diferencia de los matrimonios por arreglo donde se busca afianzar alianzas, cosa común en la realeza, o en las altas esferas económicas.

El amor, ese sentimiento ensalzado y manoseado que para muchos es una tontería que nubla la razón, es uno de los ideales más perseguidos y soñados, sin embargo, del amor podríamos desglosar el afecto, la alegría y la pasión sexual.

La búsqueda de afecto se ve regida por ideales donde las fábulas y los cuentos de hadas son la norma que nos guía. Se nos ofrece como la formula a nuestras desdichas y problemas de manera eterna, garantizada, merecedora de sacrificios, incluso el sometimiento a ese dador de amor.

La realidad

Sin embargo, las historias románticas idílicas que nos sirven de guía, llegan hasta el soñado matrimonio de sus héroes y heroínas, dejando de lado la etapa de la convivencia.

El acto de convivir, es toda una experiencia que requiere vivirla y conocerla para juzgarla independientemente, cada caso por separado.

Ronquidos insoportables, manías, acciones y chistes repetitivos, cambios de carácter, son algunas de las cosas que se experimentan en una convivencia, cada quien ejerce y soporta cosas distintas y por distintas cantidades de tiempo.

La etapa del enamoramiento y el vestir de gala es la inicial, no implica una constante en la actitud. Los ingresos económicos, el placer sexual, la inapetencia sexual, preferencias en cuanto a regularidad, la variedad, problemas de potencia, esterilidad, eyaculación precoz, etc., caben en estas inconstancias.

Todos estos son componentes que varían con el tiempo y cada quien es responsable de juzgar si aguanta, resiste, o desiste. Estos componentes, dicho sea de paso, no necesariamente se presentan durante la etapa de cortejo, y nadie debería estar obligado a acatar algo que no le guste por simple convencionalismo.

La sexualidad

Siendo la relación de pareja una búsqueda de afecto, estabilidad económica, o una obsesión, la connotación sexual es uno de sus componentes, algunos la viven libremente mientras otros castran sus deseos y emociones por motivos religiosos o morales.

Debemos aclarar primero que la sexualidad es una parte integral de nuestro ser, y su manifestación sexual es solo una de sus variantes, por ende disfrutar de relaciones sexuales es un derecho, no una obligación, cada quien es libre de tener relaciones, muchas, pocas, indiscriminadas, o abstenerse de ellas.

Sin embargo este componente, igual que la vida en pareja, no debiera ser una decisión tomada a la ligera y sin mayor información y formación. Los riesgos de llevar una vida sexual desinformada son varios, un embarazo no deseado, una enfermedad de transmisión sexual, un matrimonio infeliz, sometimiento, son algunos de ellos.

La función no puede quedar establecida exclusivamente en los padres de familia, quienes no tienen necesariamente la capacidad, información o sabiduría para formar a sus hijos. Tampoco podemos permitir que los cánones religiosos rijan de manera exclusiva esta vivencia, bien sabemos que las creencias religiosas son muchas y cada quien por ellas se rige, pero no debiera prejuzgar.

En conclusión

Nuestras sociedades debieran garantizar que sus integrantes puedan asegurar en mayor o menor medida que las relaciones de pareja, estables o no, hasta la muerte o no, sean vividas de manera libre y satisfactoria.

Nuestras escuelas debieran estar preparadas para enseñar a nuestros niños y adolescentes lo que es la sexualidad, un plan de vida, una vivencia de pareja, formar a estos jóvenes y niños en la horizontalidad e igualdad de la pareja, en la decisión autónoma y responsable de su propia felicidad y realización.

Actitudes machistas que nos han sido atávicas deben ser erradicadas de nuestras sociedades para lograr una madurez emocional que trascienda al dominio, la fuerza, el poder y la sumisión. Lograr sociedades donde la libertad sexual y el compromiso sean voluntarios y honestos, no una actitud sostenida como fachada para el engaño.

Es necesario replantearse la realidad que estamos viviendo y afrontarla, de manera que la doble moral no sea la regla callada que rige la apariencia deseada por una moral que resulta dañina y artificial, ajustar nuestras sociedades no de una manera ideal, sino acorde a las circunstancias de sus habitantes e integrantes.