Dos siglos duró la dominación colonial de la casa de Habsburgo en América, pero cuando los Borbones llegaron al trono español en 1700 era un hecho por demás evidente que los métodos de gobierno y administración aplicados por sus antecesores habían tenido resultados de muy relativa eficacia.

Aún cuando la Corona hispana había nutrido sus arcas con los cargamentos de metales y recursos americanos, la organización colonial había favorecido el desarrollo de grupos oligárquicos locales mientras el control del centro se había fragmentado en las colonias al delegar funciones prácticamente omnímodas a virreyes y audiencias.

En el camino de las reformas

Nada extraño sería que los nuevos monarcas reformularan los mecanismos de organización del ejercicio gubernamental en el Nuevo Mundo, luego de que los Austrias hubieran permitido que llegara éste a una notoria atrofia y lleno de vicios. El reto era reformular la administración, sobre todo luego de desencadenarse diversos fenómenos desestabilizadores, como epidemias, falta de mano de obra, crisis agrícolas, hambrunas y guerras continuas, que no eran sino el corolario de los males preexistentes.

Ideas de la Ilustración y prácticas administrativas implementadas en Francia fueron de vital importancia para la elaboración de las reformas que los Borbones en España concibieron a fin de racionalizar el aparato gubernamental y permitir sanear la economía mediante una recaudación eficaz con vistas a obtener mayores recursos.

El principal problema era, de todas formas, abolir los obstáculos heredados: los regímenes locales, los fueros y las leyes casuísticas, entre otros, si se deseaba homologar y unificar a todos los territorios coloniales y peninsular bajo un mismo tipo de gobierno.

Regalismo, proteccionismo y patrimonialismo

Regalismo y proteccionismo lucharían contra el patrimonialismo y venta de cargos habsbúrgicos. No obstante, gracias a las ideas al respecto vertidas por José Campillo y a las visitas a las colonias realizadas a la Nueva España por José de Gálvez, pronto cobraron vida y formas las reformas que los soberanos Borbones habrían de implantar en el Nuevo Mundo. Lo paradójico del caso fueron las consecuencias contradictorias que su aplicación tuvo en el ámbito económico y político-administrativo.

Consecuencias contradictorias

Para la Corona las reformas borbónicas tuvieron un evidente efecto favorable:

  • El fomento de la minería colonial logró incrementar notoriamente la producción de plata.
  • La reorganización de la Real Hacienda brindó a la Corona una gran cantidad de ingresos, como fue en el caso de los altos rendimientos logrados por concepto del estanco del tabaco.
  • El establecimiento de las intendencias permitió un mayor control directo, sin poderes intermediarios, sobre las distintas provincias del imperio.
En cambio, para las colonias el balance fue a la inversa. La aceleración de la economía actuó, como bien lo ha apuntado Enrique Florescano, como agente dislocador de las antiguas estructuras y motivador de expectivas políticas que conducirían a importantes transformaciones revolucionarias.

El nuevo auge detonó la conformación de regionalismos que quedaron a la espera de vivir nuevas realidades. Las crisis permanentes por las que atravesaba la economía colonial, donde se alternaban años de buenas cosas con otros de cosechas malas, no pudieron ser mitigadas por las Reformas Borbónicas. Sólo el capital líquido de la Iglesia podía enfrentarse a la crisis.

Por otra parte, al haber favorecido las reformas el acceso de los peninsulares a los altos cargos, criollos y peninsulares afincados en América, así como mestizos, fueron perdiendo las expectativas de un posible ascenso social, así como de su integración con las capas en el poder.

Oligarquías locales en pos de su sobrevivencia

Esta situación gestó una serie de aspiraciones entre los americanos en pos de una nueva realidad, realidad que según John Lynch terminó por manifestarse en las revoluciones hispanoamericanas que compartieron un origen y un objetivo comunes, diferenciándose sólo en sus aspectos de organización militar y política.

Al respecto, Timothy Anna denomina como élites locales a dichos grupos de plutócratas que, en el caso por ejemplo de la Nueva España, conformaban lo que a su vez Doris Ladd define como la aristocracia mexicana, que lo mismo comprendía grupos de grandes propietarios que comerciantes y mineros, los cuales si bien no pretendían independizarse plenamente de España, sí buscaban su mayor autonomía.

Sin embargo, el problema detonó cuando dichas oligarquías fueron mermadas en sus ámbitos de poder y en su fortuna y, alejadas de la madre patria. A pesar de sus vínculos genéticos y tradicionales para con ésta, no dudaron en luchar por su emancipación, máxime que ahora ya sabían de los alcances, riquezas y futuro promisorio que podía aguardar a cada una de las colonias si éstas lograban constituirse en una nación soberana, libre e independiente.

El camino estaba así trazado: los procesos independentistas latinoamericanos no tardarían en comenzar.