En su gran y más conocida novela, Fahrenheit 451 (1953), Ray Bradbury describe un mundo acelerado, absurdo, donde, para obtener la felicidad perfecta de la sociedad, se ha eliminado la vida interior del individuo, origen primigenio de insatisfacción y sufrimiento, teniéndolo permanentemente ocupado, sin darle siquiera tiempo o armas para reflexionar acerca del fin de dichas ocupaciones, y bombardeándolo con toda clase de estímulos externos: parques de atracciones, eventos deportivos, las televisiones murales que se escuchan con auriculares. Describe así un mundo alienado, de una levedad desesperante, donde el ser humano ha de ser el objeto menos interesante de todos, con lo cual conocer a los demás, es decir, conocerse a uno mismo, ni siquiera es algo digno de consideración.

El paralelismo con la época actual es inevitable, aunque los métodos utilizados en la realidad hayan sido incluso más sibilinos y sutiles, menos agresivos, con menos molestias que tomarse, que los descritos por la novela.

Las claves del mundo recreado por Bradbury

Los mecanismos descritos por el novelista para lograr la sumisión voluntaria de la masa a esta felicidad son sencillos; la tarea principal consiste en tener entretenidas a las personas, pero mediante estímulos que no conduzcan a ninguna reflexión, pura pirotecnia vacía que ataque a los sentidos de largo alcance (vista y oído, nada del tacto, el gusto o el olfato). Queda abolido el silencio, la soledad ociosa, la calma, el aburrimiento, cualquier cosa, en fin, que pueda activar la chispa peligrosa del pensamiento; y se hace todo lo posible por acabar con todo aquello que conduce a él: principalmente, se queman libros.

Es innegable que Bradbury se equivocó en esto último, en lo que a control social se refiere. No hace falta quemar ni censurar libros (tarea, por lo demás, imposible), como han tratado de hacer todos los regímenes; basta sumergir a los buenos libros en los océanos de una literatura inane, cuyo fin sea la transitoria promoción de sus autores o ser pasto de negocios fugaces, para que la buena literatura quede relegada y olvidada en un segundo plano. Lo sabe de hecho el propio Beatty, el villano de la novela: el crimen no es que existan libros, ni siquiera tenerlos; el crimen es leerlos.

Los escritores que fantasearon con totalitarias —no podrían ser de otra manera— utopías, siempre acabaron, fascinados por la violencia y el poder, sucumbiendo a la idea de que, para mantener ese estado de bienestar, era preciso el uso de la fuerza en todo momento. La realidad nos dice que es más adecuado ejercerla únicamente contra los elementos discordantes cuando ya se han manifestado activamente, pero resulta más conveniente, en tanto que las protestas no se han materializado, atomizar la sociedad e infantilizar al individuo, concediéndole en apariencia toda clase de derechos y libertades.

Clarisse McClellan, la más bella creación de Fahrenheit 451

Guy Montag, el protagonista de la novela, encarna la imposibilidad de una hipotética sociedad perfecta que abarque a todos sus integrantes sin excepción, pues esto equivaldría a eliminar la conciencia de sí mismo al individuo, deshumanizarlo. El detonante que pone en marcha la actividad interior, la rumia de que algo va mal, en Montag, es una muchacha: Clarisse McClellan. Cuando se despide de su primer encuentro con Montag, Clarisse le pregunta si es feliz; pregunta, por lo demás, retórica, pues ella ni siquiera se queda a escuchar la respuesta. Y es entonces cuando el narrador nos dice lo que Montag piensa: “Había llevado su felicidad como una máscara y la chica había huido a través del pasto con la máscara y no había manera de llamar a su puerta y pedirle que la devolviera”.

Vale la pena leer esta novela, y, sobre todo, vale la pena leer las primeras páginas, pues son maravillosas. Bradbury crea en Clarisse a una muchacha fascinante y encantadora. Vuelca en ella la belleza moral, la curiosidad insaciable por los hombres y el mundo que la rodea, el espíritu crítico, la dulzura en el trato, la alegría de vivir. Es difícil conocer a Clarisse y no amarla con locura, desear salir a la calle y encontrarse con ella.

En los sucesivos encuentros entre Montag y Clarisse, en sus conversaciones, va aflorando la riqueza, la pasión del mundo de la muchacha, en comparación con la vida mediocre, miserable, del protagonista, y se van tocando, con resultados demoledores, asuntos como la educación, la familia, la tecnología o las relaciones humanas.

Bradbury inventó muy poco

En entrevistas y reflexiones sobre Fahrenheit 451, Bradbury ha explicado los orígenes de su novela. Desgraciadamente, no se trata de ninguna fabulación desanclada de la realidad, ni tampoco de un alarde de imaginación y facultades. Ella surgió de la necesidad de contar, de denunciar una serie de comportamientos desquiciados y de la deriva que observaba a su alrededor, a raíz de una serie de episodios concretos. El desprecio que siente por la televisión, la manipulación de grandes clásicos de la literatura, o aquella vez en que paseaba con un amigo y un coche de policía se paró junto a ellos y les pidió explicaciones, como si pasear ocioso y en conversación animada con un amigo fuera algo sospechoso.

Recomendamos esta gran novela que no ha envejecido en absoluto. La buena literatura no lo hace jamás.