Si bien es cierto que Paracelso (Theophrastus Bombast von Hohenheim) nacido en el siglo XV, destacó por sus novedosas ideas en la medicina y por sus descubrimientos en el campo de la alquimia, llama la atención entre sus diversos escritos aquel en el que afirma la existencia de ninfas, silfos, pigmeos y salamandras además de otras criaturas de índole fantástica.

El Tratado de los Ninfos, Silfos, Pigmeos y otros seres, no busca sino hacer una descripción de aquella parte de naturaleza creada por Dios que resulta invisible a los ojos humanos.

Los elementales

Siguiendo el pensamiento griego que consideraba la existencia de sólo cuatro elementos básicos; tierra, agua, aire y fuego, Paracelso asegura que en aquellos elementos Dios creó vidas.

Estas vidas carentes de alma, puesto que sólo los descendientes de Adán gozan de un alma inmortal, poseen inteligencia y un propósito en el funcionamiento de la Creación: cuidar los tesoros escondidos en los elementos.

El alquimista asegura haber sido testigo de todo esto durante un ensueño, aclara que sería inútil buscar información al respecto en los tratados de los filósofos porque ninguno de ellos habló jamás del tema.

Aunque no del todo materiales las criaturas que habitan en los elementos tampoco son del todo espirituales. Se reproducen, evacuan, se enferman y viven en sociedades.

Si bien es cierto que un encuentro con ellos es algo poco común, Paracelso afirma: “El que mira ve”.

Ninfas, interacción sexual con los hombres

En el elemento del agua habitan los Ninfos u Ondinas, tanto hembras como machos. Cuando los Ninfos se reproducen dan a luz sirenas.

Las sirenas, explica el alquimista, también tienen un propósito y es el de alertar a los hombres sobre catástrofes venideras, principalmente la muerte de algún monarca.

Y es que todas estas criaturas, al ser parcialmente espirituales, poseen conocimiento tanto del presente como del pasado y del futuro.

De entre todos ellos los Ninfos son los que más se asemeja al ser humano en su físico. Las hembras de la espacie, es decir las Ninfas, pueden llegar a buscar tener interacción sexual con los hombres.

La razón, revela Paracelso, es que al entablar una relación con los descendientes de Adán, las Ninfas y los hijos pudiesen engendrar, adquieren un alma inmortal, “Lo superior, en efecto, comunica su virtud a lo inferior.” dice el alquimista.

Sin embargo las Ninfas son celosas y si el hombre que han elegido comete el error de entablar otra relación amorosa sin antes haber disuelto la sostenida con este elemental, es seguro que se presenten para matar al hombre amado.

Los silfos

Menos interesados en las personas existen los elementales del aire llamados silfos que “…son más groseros y no conocen en absoluto nuestra lengua”.

Estos silfos son de gran tamaño y engendran a los gigantes, poseedores de una naturaleza bondadosa y también destinados a anunciar catástrofes.

Los duendes y gnomos

Los pigmeos o duendes son los elementales de la tierra y habitan dentro de ella. Al reproducirse dan a luz a los gnomos o enanos.

Cuidadores de las riquezas de la tierra los gnomos ayudan a los hombres a encontrar betas de oro, plata y hierro si son convocados y si él que convoca cumple con la promesa de no acaparar el tesoro que se le brindará.

Son pequeños y frecuentemente se les puede ver como llamas errantes “que vuelan por encima de los prados, se alejan y se aproximan…”

Los pigmeos y gnomos, teniendo como hábitat la tierra pueden atravesar las piedras, de hecho viven dentro de ellas y allí constituyen sus sociedades y cultivan sus alimentos, que son de una naturaleza muy distinta a los nuestros.

Las salamandras

Quizá el elemental más misterioso y más relevante es la salamandra, que vive en el fuego y que cuida de todas las riquezas, porque todas las riquezas, explica Paracelso, se originan en el fuego.

Las salamandras en la descripción de Paracelso son delgadas, gráciles y esbeltas. Aunque semejantes a los fuegos errantes es raro verlas, casi no hablan y evitan la presencia de los hombres.

No obstante las mujeres viejas y las hechiceras llegan a tener trato con ellas, lo cual es riesgoso dado que las hechiceras tienen contacto con el Maligno y éste puede llegar a introducirse en el cuerpo de los elementales para hacerles parir fetos enfermos.

Al reproducirse las salamandras engendran Vulcanos. Paracelso sin embargo no se adentra en las características ni en la naturaleza de los Vulcanos.

El grito de las salamandras

Estos elementales además de cuidar los tesoros gestados en el fuego o el magma, se ocupan de generar el movimiento necesario para su elemento, el fuego necesita movimiento.

En el monte Etna se pueden oír los gritos de las Salamandras, el ruido de sus trabajos, que movilizan su elemento.”, dice Paracelso para ejemplificar esta labor.

Pero teniendo en cuenta que a pesar de sus esfuerzos más de uno no creería en lo expuesto, Paracelso culmina su Tratado asegurando que llegado el día del Juicio final “…todo aparecerá claro, todo será conocido y nada quedará ignorado…Entonces será feliz aquel que en este momento trata de ver. Y se podrá comprobar si yo he mentido.” Que cada cual, pues, decida si creerle a Paracelso.