Aunque la producción manuscrita siguió existiendo durante el Siglo de Oro, con la difusión del libro impreso la lectura era más clara, más barata y estaba al alcance de un gran número de lectores de diferentes condiciones sociales. El impacto que ésto tuvo sobre la vida cotidiana de la mujer fue importante. Hasta entonces se consideraba a éstas unas ignorantes en el arte de la escritura, incluso a las de la nobleza, fruto de un expreso deseo familiar. Sólo los varones eran llevados a la escuela; a las niñas se les conseguía una nodriza que se encargara de enseñarles las labores propias de su sexo. Como consecuencia de esa desigualdad educativa, todavía en el siglo XIX, las tasas de analfabetismo femenino eran muy elevadas.

Durante el Siglo de Oro, la lectura femenina se consideraba positiva, siempre que fuera de temática religiosa y estrictamente controlada. Claro que la escritura era más difícil de controlar. La presencia de mujeres en distintas actividades relacionadas con el mundo de la producción y comercio de libros o la vida cultural en general durante esta época, fue importante.

La lectura

La lectura en voz alta era una práctica extendida durante la Edad Moderna, gracias a lo cual aquellas personas que no sabían leer también podían participar del momento. Las mujeres fueron clientes muy especiales de los llamados escritorios públicos, lugares instalados en calles o plazas para ofrecer sus servicios a los iletrados. Sin embargo, la lectura en voz baja fue ganando terreno a lo largo de este período. Los libros de devoción y los útiles para la práctica religiosa, destacaron en las bibliotecas creadas especialmente para el público femenino, durante los siglos XVI y XVII. También encontramos, aunque un muy menor cantidad, obras de Historia, Derecho, Ciencias y Literatura de ficción.

La escritura

Aunque desde el siglo XVI la cultura escrita dejó de ser un patrimonio exclusivo de los religiosos, todavía tardará en adquirir valor por sí misma, estando vinculada a otras actividades. Es el caso de las mujeres escritoras, cuyos escritos suelen estar vinculados a lo utilitario y, hasta bien entrado el siglo XVIII, se mantiene en el ámbito de lo religioso. Evitan hablar de la Virgen y se centra en Cristo, los poemas suelen ser navideños o eucarísticos, todo relacionado con la religión. Géneros muy cultivados fueron las autobiografías y las correspondencias.

Tanto España como Hispanoamérica e Inglaterra en la época moderna, produjeron una gran cantidad de autobiografías femeninas. Al principio, este género gira alrededor de Santa Teresa de Ávila. A lo largo del siglo XVII, lo que los autores han denominado el "estilo teresiano", se difunde a lo largo de la Península Ibérica y del continente americano, adaptándose hasta su decadencia y desaparición en el siglo XVIII. Aunque también otras tradiciones inspiraron la literatura religiosa femenina, ésta es la más destacada por cuanto la repercusión que tuvo. Su influencia se extendió a monjas de otras órdenes religiosas, muchas de las cuales crearon autobiografías o relatos de experiencias místicas escritas por encargo de sus superiores eclesiásticos. Solían tener problemas con el Santo Oficio y, aunque muchas fueron consideradas mujeres santas, otras fueron acusadas por embaucadoras y las demás simplemente, pasaron al olvido. En cualquier caso, a largo plazo, todas las autobiografías desaparecieron. Las autoridades ilustradas masculinas las consideraban de mal gusto.

Sin embargo, la práctica de la correspondencia se extendió a lo largo de este siglo, acompañando a muchas otras formas de ejercicio literario. Las mujeres también lo cultivaron.

Las mujeres

Mayoritariamente religiosas, miembros de la alta nobleza o de la burguesía relacionada con el mundo cultural, estas mujeres solían ser místicas, fundadoras, penitentes o consejeras de poderosos personajes, que acceden a la escritura, en la mayor parte de los casos a través de una férrea voluntad y experiencias íntimas. Reducidas a vivir entre muros, gozan sin embargo, de cierta libertad creativa. El carácter semipúblico que siempre tuvieron sus aportaciones explica que la mayoría se hayan perdido. Tenían preparación y tiempo, pero en gran parte de las ocasiones se encontraron con la censura, tanto de los editores como del propio público. Publicar con su propio nombre tenía mucho de atrevido, pero muchas lo hacían porque no les asustaba ni la crítica ni la competencia de escritores varones. Al igual que ellos buscaban fama y reconocimiento. Algunas fueron admitidas en los círculos culturales, aunque fue más frecuente que organizaran en sus casa, tertulias informales.