El francés Michel Houellebecq (Isla de Reunión, 1958) es tal vez el autor más controvertido de toda Europa. El manido tópico del personaje público que no deja indiferente a nadie, que se ama o se odia, si se cumple con alguien es con Houellebecq. Sus adoradores lo consideran un tipo a la altura de Camus, Céline o Kafka: uno de los grandes; sus detractores al contrario, lo acusarán del catálogo completo: misógino, racista, reaccionario, clasista, eurocéntrico, islamófobo, decadente. Fascista.

Posición política "no correcta"

Conocida es la posición política de Michel Houellebecq: su marcada hostilidad hacia la izquierda sociológica y hacia los tópicos "progresistas", hacia la intelectualidad postmoderna , el relativismo, el buenismo o el falso igualitarismo. Su resentimiento hacia el "legado" del mayo francés. En Francia, una de las mecas, junto a los Estados Unidos, del postmodernismo y de la Political Correctness, estas credenciales suelen ser el medio más rápido para fabricarse enemigos declarados.

En la memoria de todos está la polémica generada en el 2002 tras la publicación de su novela Plataforme. Levantaron ampollas su defensa del turismo sexual y de la prostitución tailandesa o en el Tercer Mundo, su idea de que el sexo de pago debería formar parte del PIB de las naciones en desarrollo. Y sobre todo sus ataques al Islam (según Houellebecq, la religión más imbécil), le valieron la denuncia de agrupaciones islámicas y el ser llevado a juicio en París, por supuesta incitación al odio racial, cargo del que fue absuelto.

Premio Goncourt por La Carte et le Territoire

Con Las Partículas Elementales (1998) le llega la consagración y obtiene el Prix Novembre y el IMPAC de Dublín. Novela gélida y deshumanizada en apariencia, ofrece un durísimo diagnóstico social y una solución que no lo es menos: el ser humano, su caos y sufrimiento, no tienen remedio. Ninguna reestructuración política o social arreglará el desaguisado. Sólo un cambio a nivel genético-biológico, "la transformación en una especie nueva", lo hará.

Y ahora, con La Carte et le territoire (2010), se embolsa también el Goncourt, el premio más prestigioso de Francia. Que dicho sea de paso también lo han ganado Marcel Proust, André Malraux, Simone de Beauvoir o Marguerite Duras. O sea que no es poca cosa. 

Un contundente artículo: Salir del siglo XX

En el 2006, Houellebecq escribe uno de esos devastadores artículos suyos que ayudan a comprender por qué tantos intelectuales le odian. Se titulaba Salir del siglo XX.

En el artículo, el autor francés ataca (ya sin novedad) a lo que él llama "la canalla intelectual izquierdista" y ya en la primera línea nos asegura que "la literatura no sirve para nada".

¿Por qué no sirve para nada? Pues porque si sirviese para algo, argumenta Houellebecq, algún tipo de impacto político o social habría tenido por ejemplo una novela como Los Demonios, de Dostoyevski, que ya en 1872 expone y prefigura todas las futuras “tropelías” intelectuales y morales de la izquierda a lo largo del siglo XX.

Houellebecq: CF y tercera cultura

Según Houellebecq, las ciencias humanas son de una tremenda mediocridad comparadas con las ciencias exactas. La cultura del siglo XX ha sido un completo desastre, dice. Y del naufragio sólo se salva la ciencia-ficción. Sólo esa rama de la literatura ha sabido decir cosas valiosas acerca del mundo y las perspectiva del ser humano, al margen de los círculos autorreferenciales de críticos y académicos humanistas. Reivindica especialmente Ciudad, clásico de la SF estadounidense, publicado en 1952 por Clifford D. Simak.

Hiroshima puso a la ciencia ficción a tiro de piedra de los grandes dramas humanos, la ciencia se hizo entonces literaturizable. Y surge una literatura madura y de gran alcance, por mucho que (reconoce Houellebecq) la ciencia-ficción consolidada a partir de los 50, no tenga la “elegancia” de la narrativa fantástica de principios del XX.

Esta actitud nos permite colocar a Houellebecq, más allá de sus claras exageraciones, en la órbita de la Tercera Cultura. No sólo por su contundente reivindicación de la tecnociencia y de su criatura literaria, la ciencia ficción, sino porque el propio autor ha introducido a la ciencia y los desarrollos fantacientíficos en sus novelas.

Un reconocimiento inevitable

En resumidas cuentas, el premio Goncourt supone de algún modo el reconocimiento por parte de la casta intelectual francesa de un autor cuya fuerza no es posible ya ignorar, y menos por motivos ideológicos.

Y es que, mal que le pese al Comité Nobel, no es o no debería ser una obligación para un escritor el tener una especial “calidad humana” además de literaria, el ser un autor “engagé”, o moralmente intachable. La literatura debe “herir”, y a veces (en momentos de crisis y hastío, en los que la mera estética ya no basta) sólo la verdad o cierta verdad hiere, o al menos su dimensión menos complaciente.

Michel Houellebecq: las novelas