El planeta más grande del Sistema Solar siempre fue objeto de admiración para aquellos que elevaban su mirada hacia las estrellas. Los griegos le pusieron Zeus en honor a su deidad principal, y por derivación fue Júpiter para los romanos, y desde allí para la historia de la astronomía.

Galileo y las lunas de Júpiter

Fue a través de la observación de Júpiter que Galileo Galilei pudo comprobar que había cuerpos celestes que no giraban en torno a la Tierra y marcar el comienzo del fin para el geocentrismo.

En 1610 el astrónomo registró la existencia de cuatro satélites alrededor de Júpiter. Les dio el nombre general de astros mediceos y los numeró del uno al cuatro. El astrónomo alemán Simon Marius mantuvo una disputa con Galileo sobre quién los había observado primero.

La fama y los honores le correspondieron a Galileo, y se los llamó satélites galileanos para distinguirlos de las lunas de Júpiter descubiertas posteriormente, pero luego se adoptó la nomenclatura de Marius por ser más práctica. Así los satélites galileanos fueron llamados Io, Europa, Ganímedes y Calisto; todos personajes mitológicos que tuvieron aventuras amorosas con el dios de los cielos.

Casi un sol

Júpiter es un planeta pero que en algunas cosas asemeja a una estrella. La composición de su atmósfera es similar a la del sol, mayormente hidrógeno y helio. Con 62 lunas descubiertas hasta ahora y un sistema de anillos forma su propio sistema, generalmente llamado sistema joviano.

Varias sondas pasaron por el gigante gaseoso y sus lunas. En octubre de 1989 la sonda espacial Galileo comenzó un viaje de 14 años en el que estudió en profundidad el sistema joviano. Algunas de las mayores sorpresas de la exploración espacial llegaron de la observación directa de las lunas galileanas.

Io: Volcanes infernales y mareas sin agua

Un documento de la NASA describe la superficie de Io como “una gigantesa pizza cubierta con queso derretido y salpicadura de tomate y aceitunas”. Es el satélite galileano más cercano a Júpiter, de tamaño apenas más grande que nuestra Luna.

Io es uno de los pocos cuerpos del Sistema Solar con actividad volcánica conocida. Los otros son Tritón (la luna de Neptuno), Venus y la Tierra. En 1979 la sonda Voyager fotografió una pluma volcánica (expulsión de material de un volcán) a la que se refirió como Pluma de Prometeo. Esta pluma se volvió a ver repetidas veces hasta 1997, lo que indica que estuvo activa al menos durante 18 años. Las plumas volcánicas en Io pueden subir hasta los 300 km de altura.

Otra de las grandes curiosidades sobre Io es que tiene “mareas” que modifican en forma permanente su corteza. La enorme fuerza de gravedad que genera Júpiter provoca variaciones en la altura de su superficie de hasta 100 metros. Como punto de comparación, las mareas oceánicas de la Tierra tienen una variación máxima de aproximadamente 15 metros.

Europa: el misterio debajo del hielo

Europa es el satélite galileano que más curiosidad despierta. Es un poco más chico que la Luna, y está cubierto en su totalidad por una gruesa capa de hielo que se calcula tiene entre 20 y 150 Km de profundidad. Los científicos debaten si debajo del hielo existe un océano de agua líquida, y por lo tanto la posibilidad de que haya formas complejas de vida ocultas en el corazón del satélite. Arthur Clarke imaginó a Europa como un mundo oceánico con vida en su saga de Odiseas.

Cuando la sonda Galileo envió sus primeras imágenes del satélite, se descubrió que la superficie de hielo estaba cubierta de rajaduras y grietas. Estas fisuras parecen indicar actividad tectónica y aumentan las probabilidades de existencia de organismos vivos.

Otros dos datos avalan esta teoría. Europa tiene un campo magnético que tiene variaciones periódicas. La mejor explicación para este fenómeno es la presencia de un océano de agua salada. Finalmente, Galileo detectó la presencia de combinaciones de oxígeno, carbono, azufre, hidrógeno y nitrógeno.

Poder explorar debajo de esa capa de hielo es uno de los grandes desafíos de la aventura espacial, y uno de los temas que más despierta la imaginación de los científicos.

El gigante Ganímedes

Ganímedes es el satélite planetario más grande del sistema solar. Es incluso más grande que Mercurio y Plutón, y podría pasar fácilmente por un planeta. Tiene un núcleo metálico cubierto de un manto de hielo y rocas y una delgada atmósfera de oxígeno, insuficiente para albergar vida.

Los cráteres de Ganímedes son en su mayoría chatos, sin la habitual depresión central. Esto se supone que se debe al lento y gradual ajuste de la capa de hielo de su superficie. Si el hombre avanza en la colonización del espacio, Ganímedes puede ser un lugar destinado a contar con la presencia humana.

Calisto: las cicatrices de la historia

Calisto es el más externo de los satélites galileanos. Con un diámetro superior a los 4.800 km (casi como Mercurio), es en tamaño el tercer satélite del sistema solar.

El mayor punto de interés de Calisto está en su superficie. Es el objeto con más cráteres en el sistema solar y con 4 billones de años se la considera el paisaje estable más antiguo. Sus barrocas cicatrices contienen un registro de la historia y se cree que es un mundo muerto hace mucho tiempo, con una ausencia casi completa de actividad geológica.

Las lunas galileanas representaron un cambio en la historia de la astronomía, y serán objeto de estudio permanente para los interesados en la conquista del espacio. El espectáculo infernal de Io, la promesa de vida de Europa, la esperanza de colonizar Ganímedes y de aprender la historia de nuestro sistema solar en Calisto harán de estos cuatro satélites una referencia permanente para los que siguen mirando hacia el cielo.