Nació en los monasterios cristianos medievales, pero la división del día y la noche en horas canónicas afectaba a todas las capas sociales.

La unidad temporal de un día, 24 horas, que desde antiguo se dividía en dos períodos de 12 horas, se fraccionó en época medieval en siete horas canónicas. Estos siete momentos dedicados a la oración se llamaron los “instantes de Dios”. Fueron formalizados por San Benito de Nursia en su “Regula monasteriorum (Regla de los monasterios) y difundidos por la Europa cristiana a través de los escritos de San Isidoro de Sevilla (De Eccles Officiis, libro I, cap 19). Acabaron teniendo rango de ley en la vida cotidiana de los monasterios y afectaban a los campesinos a través del sonido de las campanas de los centros religiosos.

Las horas canónicas y san Benito de Nursia

Considerado el fundador de la vida monástica en el Occidente medieval, San Benito (480-547) se basó en el salmo V del Antiguo Testamento -“Siete veces al día te alabaré”- para dividir el día en siete partes, a las que se añadió después una octava, antes de acostarse cuando se daba gracias a Dios.

Esta división horaria tomó sus nombres de las horas de la antigua Roma, donde el día no comenzaba en la medianoche, como hacemos ahora, sino a partir del amanecer. Esta partición del tiempo regulaba el sistema de rezos de los monjes e iba acompañado de distintos toques de campana. Seguía el esquema siguiente:

  • Maitines: Estas oraciones se realizaban a partir de la medianoche.
  • Laudes: Se rezaban al amanecer, habitualmente sobre las 3 o las 4 de la madrugada. Recibían este nombre debido a que en los salmos que habían de entonar los monjes se repetía el imperativo latino láudate, alabad.
  • Prima: Marcaba la primera hora después de salir el sol, aproximadamente las 6 o las 7 de la mañana. Está marcado por un solo toque de campana, que indicaba también al campesino que comenzaba su jornada.
  • Tercia: Llamada así pues comenzaba a la tercera hora después de salir el sol, alrededor de las 9 de la mañana, cuando la campana daba dos toques.
  • Sexta: Esta marcada por tres toques de campana e indicaba la hora del rezo a mediodía, en torno a las 12 de la mañana. Después de las oraciones se servía la comida en los meses de verano.
  • Nona: Era el rezo de las 15 horas. Es la hora en que murió Jesucristo y cuando, según el pensamiento cristiano, con su sacrificio, acabaron los sufrimientos del hombre. Se señalaba esta hora con el toque de dos campanadas. Según la Regla de San Benito a esta hora se servirá la comida “desde los idus de septiembre hasta el comienzo de la cuaresma”.
  • Vísperas: Comenzaba a la puesta de sol, sobre las 18 o 19 horas, según la estación del año. Estaba marcado por tres toques de campana y tras su rezo, el monje y el campesino ponían fin a su jornada laboral.
  • Completas: Este rezo, marcado por cuatro campanadas, empezaba alrededor de las 21 o 22 horas, según la época de año, y con él, el monje pedía perdón por sus pecados y oraba para conjurar los peligros de la noche. Era la hora del silencio y en esta ocasión no tenía porque reunirse con otros miembros de su comunidad pudiendo orar en la soledad de su celda.
Aunque cada monasterio se adaptaba según las estaciones de año y su situación geográfica, el cumplimiento estricto de este horario era penoso para muchos monjes, ya que obligaba a la interrupción del sueño y les impedía dormir una noche entera. Muchos monasterios, por ello, tenían una pequeña escalera que comunicaba las celdas de los monjes con la capilla, impidiendo así que en las duras y oscuras noches de invierno tuvieran que atravesar los fríos pasillos del monasterio.

Las horas canónicas mayores y menores

La Prima, la Tercia, la Sexta y la Nona eran llamadas las “horas menores”, pues no exigían la interrupción del trabajo y la reunión de los monjes en la iglesia, aunque si estaban obligados a interrumpir sus labores al oír las campanas y rezar allí dónde se encontraran. Según estableció en su Regla San Benito estaban forzados todos los religiosos, “igualmente, los que son enviados de viaje, no omitan el rezo de las horas prescritas, sino que las celebrarán como les sea posible…” (cap. L).

En las “horas mayores”, sin embargo - Maitines, Laudes y Vísperas- era preceptiva la reunión de la comunidad monástica en la iglesia.

Los monjes debían rezar el salterio íntegro, alrededor de 150 salmos, cada semana. Su recitación cambió con el tiempo, introduciéndose salmos cantados. “El que canta, ora dos veces” (sal. 72,1) decía San Agustín, lo cual dio paso al nacimiento del canto gregoriano, monódico y llano que recibe su nombre del papa Gregorio Magno (590-604).

A partir de siglo XII, los continuos viajes de los monjes franciscanos obligaron a condensar los distintos libros de salmos e himnos necesarios para las oraciones. Así nacieron versiones más reducidas llamadas “breviarios” y también “los libros de horas”. Estos eran utilizados por la nobleza que asimilaba así las horas canónicas a su vida cotidiana. Constaban de textos religiosos y, a veces, de numerosas ilustraciones iluminadas que los convertían en verdaderas obras de arte.

Los rezos a las horas canónicas se repetían en los monasterios todos los días, excepto el domingo, dominicus dies, que era el día del Señor y estaba dedicado al descanso. La regla de San Benito establecía que “los domingos se ocuparán todos en la lectura, menos los que estén designados para algún servicio. Pero a quien sea tan negligente y perezoso que no quiera o no pueda dedicarse a la meditatio o a la lectura, se le asignará alguna labor para que no esté desocupado”. Para el santo italiano “la ociosidad es enemiga de alma” (cap.XLVIII, disposición 23 y 1).

¿Cómo se medían las horas canónicas?

En la Alta Edad Media se seguían los mismos métodos de medición temporal que en la Antigüedad clásica. Eran sistemas que no tenían ninguna precisión, se basaban en la observación personal y muchas veces en la intuición.

El reloj de arena, la observación de los astros durante la noche, las velas o el reloj solar fueron algunas de ellas, aunque también se utilizaron otros métodos mucho más subjetivos, como el cálculo del tiempo según las páginas leídas por un determinado monje o la duración de un salmo.

Los resultados de todos ellos eran imprecisos aunque se usaron muy a menudo, sobre todo el llamado reloj de misa, semejante a uno de sol aunque su escala señala las horas canónicas.

Se utilizaron también los denominados relojes de pie o analemáticos, basados en la curva que describe el sol en el cielo. Están formados por una elipse dibujada en el suelo, con una orientación Este-Oeste, y con la representación de los meses del año. Funcionan como un reloj de sol, pues situándonos sobre la fecha en que estemos, nuestra propia sombra marcará la hora.

Las horas canónicas en el lenguaje actual

Es curioso observar como las palabras traspasan las fronteras de la Historia. El término inglés afternoon, por la tarde, significa “después de la hora nona” y una costumbre tan española como la siesta, proviene de la hora sexta, cuando tras la comida se dedicaba un rato al descanso.

Expresiones como la “víspera de Reyes” o la “víspera de Navidad”, derivan también del nombre de las oraciones monásticas al anochecer.