Estas fronteras son establecidas por la forma, y al romperse (lo que pudiera ser una supuesta ruptura, constituir realmente una reexpresión de la forma) el arte desvanece sus horizontes, se acerca democráticamente a la más llana realidad.

El párergon

Claro, este sentido democrático del arte puede tener disímiles lecturas. Esta pérdida de los límites del arte, que también, vale aclarar, se deshace dentro de las fronteras de las propias instituciones artísticas, tiene efectos preformativos, hace que muchas veces una obra de arte sólo se conciba como tal en un espacio determinado, incluso, en un momento determinado e interactuando muchas veces con el medio.

Es lo que Jacques Derrida llama el párergon, o sea un mitad obra y mitad fuera de obra. Este es un aspecto que muchos temen o prejuician. Pero lo cierto es que este fenómeno se da hoy en todos los aspectos de la vida; es decir, que la ciencia, la economía, la tecnología e incluso la política, cada vez están menos aislados de las grandes mayorías, aunque no es menos cierto que esas mayorías muchas veces no saben agenciarse, o más bien, defender, algo que en este momento histórico es asequible.

La subvaloración de lo formal en la obra contemporánea

Claro que esta tendencia actual del arte tiene un límite, como todo aspecto en la vida necesita su mesura. Hoy, muchas veces, se considera el valor de una obra más por su performatividad social, su orientación hacia lo real y su espesor narrativo y conceptual, antes que por sus cualidades técnicas o compositivas. Este antiesteticismo radical que prioriza el contenido, constituye el extremo opuesto al formalismo y, como todo extremo, es parcial y excluyente. El arte es un equilibrio (no necesariamente en su punto medio) entre forma y contenido, donde cada uno tiene una función ineludible.

El arte es un reflejo de la realidad

Ahora bien, es lógico suponer entonces que esa pérdida actual de las fronteras del arte puede prestarse en determinadas ocasiones para el facilismo y el mal gusto y/o que la realidad permee y contamine al arte verdadero. Pero el error de esta deducción radica en primer lugar en el hecho de que el arte y los artistas siempre se han nutrido y se seguirán nutriendo del entorno, incluso muchas veces de la realidad más supuestamente trivial, y que el artista trastoca en obra de arte.

La apertura de las artes al público en general y su consumo

Con respecto a la supuesta aceptación de la mediocridad que puede acarrear esta apertura del arte; en contra de ello ha de decirse que mientras más cercano esté el hombre, todos los hombres, de las artes, y del conocimiento en general y mientras más abierto esté el espectro de propuestas estéticas (sin ningún tipo de prejuicio ni marginaciones subjetivas), mayor capacidad tendrá para apreciarla, para decantar lo que es válido de lo fútil y para convertirse cada vez más de un mero consumidor del arte en un generador de la misma.

Ha de recordarse que la capacidad de nuestro cerebro actual es prácticamente similar a la del hombre de la edad de piedra, y solo nuestra memoria histórica nos hace ilusoriamente superiores, o sea, que la acumulación de conocimientos, generación tras generación, es la que permite nuestro desarrollo como especie. La razón, como se sabe, no es intuitiva, ella necesita instruirse, ensayar, ejercitarse, y para ello es imprescindible el acceso irrestricto al conocimiento.

La democracia y su necesario tránsito por el conocimiento artístico

Es evidente que el hombre nunca ha de ser perfecto (por suerte, pudiera decirse) pero la libertad de decidir, mediante su propia experiencia qué es lo verdadero, para luego apropiárselo, es decir, el conocimiento, ha de hacerlo mejor como individuo. Porque, en primer lugar, habría de creerse en el mejoramiento humano, esa expresión tan maltrecha, de tanto citarla de modo insustancial.