Este templo que supone ser la iglesia principal de una diócesis donde el obispo tiene su sede o cátedra, tuvo en la Edad Media una serie de funciones que eran muy apreciadas por el pueblo y muy diferentes a las ceremonias litúrgicas. Si en la actualidad una iglesia es un lugar de silencio donde se realizan únicamente servicios religiosos, en la Edad Media, las catedrales también fueron utilizadas para desempeñar actos de carácter popular que no tenían nada que ver con la liturgia. De esta forma realizar actividades mercantiles, celebrar fiestas populares, impartir estudios o dar refugio a los desgraciados fueron algunas de las actividades que se realizaron en el interior de las catedrales durante el Medievo.

El origen de las catedrales

En un principio, las catedrales no eran muy diferentes de los demás centros de culto como los templos dedicados a los mártires o las iglesias monacales, pero es a partir del siglo XI cuando la catedral adquiere unas dimensiones y características propias que la distingue de los demás templos para adquirir durante el estilo Gótico de los siglos XIII, XIV y XV su momento más álgido. Durante esta etapa, las catedrales adquirieron las connotaciones de imagen y prestigio de la ciudad que pretendía construir edificios grandiosos símbolos del mundo ciudadano y de los conocimientos artísticos, arquitectónicos y científicos propios de los últimos siglos de la Edad Media.

La catedral como lugar de reunión

En este lugar, se reunían en el pasado, las corporaciones de artes y oficios de manera solemne al menos una vez al año para tratar de asuntos relativos a sus miembros, asuntos que no tenían ninguna relación con la liturgia. En estas reuniones se bendecían las obras que habían producido las diferentes artes. En la catedral también se podía discutir el precio del trigo, de los tejidos, del ganado, y vender productos. Entonces, la catedral tenía una función de lugar de reunión similar a la del fórum o basílica de la antigua Roma.

Las fiestas y ritos populares

Durante la Edad Media, se celebraron en las catedrales toda una serie de fiestas populares que, según las descripciones proporcionadas por Fulcanelli, muchas de ellas se basaban en ritos paganos. Una de estas celebraciones era la Fiesta de los Locos en la que se podía satirizar a los hombre de la Iglesia mediante formas de teatros populares. Esta fiesta era seguida por el Triunfo de Baco, fiesta esta última en la que los participantes llegaban incluso a desnudarse y en la que los alumnos de las escuelas de estas catedrales reaccionaban a estas acciones cantando himnos con el mismo tono provocativo: “¡Este día es el más claro de todos los días! ¡Este día es el día de la Fiesta!”

Otra de las fiestas celebradas fue la Fiesta del Asno en la que se suponía que se proporcionaba “a la iglesia el oro de Arabia y el incienso y la mirra del país de Saba”. En esta ceremonia entraba triunfalmente a la catedral durante la misa y tras la lectura de la epístola un asno llamado maestre

Aliborón.

Una costumbre era que un burro que llevaría sobre él a una muchacha con un niño sería llevado por la ciudad hasta el templo y que allí, el burro, se quedaría junto al altar mientras durara el sermón y la congregación “rebuznaría” las respuestas al clérigo.

Esta ceremonia que festejaría los episodios relacionados con burros de la Biblia y en concreto la del burro que llevaría a la Sagrada Familia a Egipto se celebraba el cuatro de enero, principalmente en Francia, y formaría parte de la Fiesta de los Locos.

La catedral como enciclopedia de los saberes medievales

En la abundante y compleja decoración de estas catedrales se observan proverbios grabados en la piedra y sus vitrinas historiadas tenían como finalidad describir el Verbo a los fieles analfabetos que no conocían los Evangelios.

Otro uso del interior de estos edificios además de las funciones de la liturgia fue el de impartir estudios como los de gramática, teología y latín, un uso que fue el origen de las escuelas catedralicias que poco a poco evolucionarían hasta llegar a las universidades de la actualidad.

Estos lugares se convirtieron en lugares de educación que ya no se reservaban únicamente a los monjes como sucedía en los monasterios aislados del mundo rural. Dirigidos por el clero secular, las escuelas catedralicias estaban abiertas a todos los habitantes de la ciudad. Famosas fueron las escuelas catedrales de París y Chartres.

El derecho de asilo de las catedrales

Las catedrales medievales fueron también el lugar donde se refugiaban todos los desgraciados. En este lugar, los enfermos recibían cuidados y en Notre Dame de París, quien necesitaba algún tipo de tratamiento podía pasar la noche en el interior de una capilla iluminada además de poder recibir la visita de un médico todas las mañanas.

Así pues, la catedral fue durante la Edad Media la casa de todos, el centro ciudadano tanto intelectual como moral y el corazón de las actividades públicas, y un edificio cuya construcción fue una de las empresas de mayor orgullo para los ciudadanos.