El Instituto Nacional de Estadística (INE) se encarga de registrar el comportamiento del nivel de precio por medio de diferentes indicadores. El más popular es, sin duda, el Índice de Precios al Consumo, conocido por sus siglas IPC. El IPC mide el coste de adquisición de una determinada cantidad de bienes que compra un consumidor considerado típico.

Dado que, con el paso del tiempo, el consumidor modifica su comportamiento, también se altera la cesta típica de bienes que adquiere tanto por incorporar algunos productos o servicios nuevos y por variaciones en el peso relativo de los mismos. Por ejemplo, el consumo de comunicación (voz y datos) es actualmente muy superior a la existente en los años 80 y no digamos los años 60. Esta es una de las razones de por qué, periódicamente, el INE modifica la metodología de cálculo del IPC.

Cómo evolucionan los precios

Pero, lo que interesa en los indicadores de precios no es tanto el nivel de precios sino cómo evolucionan los precios. Esto es el cambio en el nivel de precios que es lo que se conoce como inflación. La inflación puede definirse del modo más simple posible como un aumento en el tiempo del nivel de precios; y, la deflación, como una disminución de dicho nivel.

La importancia de la inflación o, en su caso, de la deflación, son las consecuencias de la misma. En la medida que España es y está siendo una economía inflacionista, lo lógico es pensar que la inflación tiene consecuencias sobre la economía y la sociedad española.

La evolución de la inflación en España

La economía española se ha caracterizado por la presencia de procesos inflacionarios en los años entre 1977 y 2010. Entre 1977 y 1984, la situación era de hiperinflación dada la presencia de tasas de variación del IPC de dos dígitos. El mes de agosto de 1977, la inflación española, medida en variación anual del IPC, fue del 28,4% según los datos del INE.

Entre 1985 y 1996, la inflación española fue modera alta al ser igual o superior al 3% de variación anual del IPC, pero inferior al 10%. Esta situación se repitió entre 2000 y 2006 y, también, en 2008. Los años 1997, 1998, 1999 y 2007, la tónica fue una inflación moderada baja. España solamente ha conocido un año, 2009, con deflación.

Puestos a elegir, la teoría económica dice es que preferible una baja inflación a una deflación. Esta última es un gran enemigo de la actividad económica al propiciar su parálisis casi total. Incluso, hay economistas que llegarían a decir que una inflación muy moderada sería sana para la vida económica de un país. Pero la inflación, como muchas otras variables económicas, manifiesta simultáneamente efectos positivos y efectos negativos.

La inflación anticipada y no anticipada

A la hora de valorar las consecuencias de un proceso inflacionista es de gran interés si éste ha sido anticipado o no anticipado. La diferencia se encuentra en que al anticipar la inflación es posible evitar algunas de las consecuencias negativas por medio de la indexación de contratos. El problema es que para lograr estos contratos es necesario incurrir, en muchos casos, en elevados costes de transacción. Estos costes eliminan una parte de los beneficios que se obtienen al anticipar contractualmente la inflación.

La situación más frecuente es que la inflación no se anticipe contractualmente; o, al menos que la anticipación sea sistemáticamente insuficiente. Las consecuencias en este caso son más negativas.

Las consecuencias de la inflación

Una primera consecuencia de la inflación no anticipada es influir negativamente en la asignación de recursos de una economía al cambiar los precios relativos de una forma aleatoria. En la reciente economía española, este efecto ha estado presente en la fuerte expansión inmobiliaria. El mayor crecimiento del precio de los inmuebles respecto a otros activos ha generado una distorsión en las decisiones asignativas de los inversores que ha gestado una autentica burbuja inmobiliaria con las consecuencias que todos conocemos.

Esta distorsión se ha extendido a las decisiones intertemporales de los agentes. El incremento de la demanda de trabajo en la construcción durante los años de expansión económica ha favorecido la posibilidad de empleo inmediato y de una mejoría en los ingresos de una parte de la población joven; al tiempo que ha reducido los beneficios de una inversión en capital humano.

Dado que la variación de los precios también comporta modificaciones relativas entre los bienes y factores, la inflación afecta a un amplio número de decisiones asignativas y de consumo.

Inflación y riqueza

La inflación presenta también un importante efecto redistributivo, sobre todo, en términos de riqueza. La inflación da lugar a una redistribución de riqueza desde los que prestan a los que piden dinero prestado. Si un banco ofrece a un cliente bancario un tipo de interés del 2% anual por un depósito y pide un tipo del 4% por un préstamo y la inflación del año resulta del 5%, el poseedor del depósito pierde poder adquisitivo mientras que la persona que se endeuda gana. Al transcurrir un año, el titular del depósito obtiene 102 euros al liquidar el depósito inicial de 100 euros, pero el precio de los bienes presenta un índice de 105, con lo cual pierde poder adquisitivo. En cambio, el tomador del préstamo tiene que pagar 104€ por adquirir un bien que le hubiese costado 105€.

En el caso de la economía española, el diferencial entre los tipos de interés al consumo de bancos y cajas y la tasa de inflación, según los datos del INE, se ha reducido durante los años 1999 y 2006. A principios de los años noventa, este diferencial era de 14 puntos para los bancos y de casi 13 para las cajas. En mayo de 2006, la diferencia era de 4,89 puntos para bancos y de 3,98 para cajas.

El motivo de este comportamiento es que la incorporación de España a la Unión Monetaria Europea ha propiciado una reducción más rápida de los tipos de interés que de la tasa de inflación. La consecuencia es que los españoles han interpretado esta evolución como un importante abaratamiento del coste de los préstamos hipotecarios y al consumo; y, durante la expansión, la demanda de ambos aumento de manera muy significativa.

La inflación al propiciar una redistribución a favor de los prestatarios ha incentivado el consumo y la inversión en vivienda. De ahí que ambas macromagnitudes hayan sido los motores del crecimiento económico español, mientras que en otros países eran las exportaciones.

Inflación y redistribución de rentas

La inflación también redistribuye la renta a favor de la hacienda pública, si este no actualiza las escalas del impuesto sobre la renta.

La inflación tiene consecuencias negativas importantes sobre los poseedores de rentas fijas pues les ocasiona una reducción de su nivel de vida. Entre los detentores de rentas fijas se encuentras los pensionistas y los poseedores de bonos de deuda a largo plazo. Una inflación del 3% anual durante 22 años reduce a prácticamente la mitad la renta de una persona, si esta no se actualiza.