Las catedrales no deben ser únicamente observadas desde el punto de vista de la Historia del Arte, ya que reúnen símbolos muy antiguos e incluso pueden ejercer una gran influencia sobre cualquier persona, con independencia de su nivel cultural o condición social.

Fulcanelli considera en su obra El misterio de las catedrales que este tipo de construcción “santuario de la tradición, de la ciencia y del arte, no debe ser observada como una obra dedicada únicamente a la gloria del cristianismo, sino más bien como una amplia reunión de ideas, de tendencias, de creencias populares, un conjunto perfecto al cual se puede hacer referencia, sin miedo, cada vez que uno sienta la necesidad de profundizar en el pensamiento de los antepasados en cualquier ámbito: tanto religioso como laico, filosófico o social”.

Así pues, la catedral debe ser observada dentro de los principios religiosos, cosmológicos y metafísicos que regularon de manera simbólica todos los actos de la Edad Media.

Los símbolos de las montañas y las cavernas

La catedral puede ser asociada a la simbología de la montaña que representa la unión del Cielo y la Tierra. Muchos pueblos construyeron según esta visión mística “montañas artificiales” como los zigurats mesopotámicos, las pirámides egipcias y las catedrales. Cómo lugar de refugio, la catedral, se asocia a la caverna, símbolo de la vida, del misterio, del refugio y de la acogida.

Los perfiles de las catedrales recuerdan a los de las montañas, los campanarios y las agujas de estas catedrales representarían a los picos de estas montañas y el pórtico de la catedral se abriría como el acceso a una caverna.

Hay que recordar que en las grutas y cavernas, los hombres primitivos construyeron sus primeros santuarios y que es en estos lugares donde ocurren las “apariciones celestiales”, como la de la Virgen de Lourdes que se apareció a Bernadette Soubirous, acontecimiento que tuvo lugar en la gruta de Massabielle, en las estribaciones de los Pirineos, lugar en el que abundan este tipo de cavidades naturales y en la que los arqueólogos han visto en ella un lugar de culto prehistórico.

La cueva es, además, un símbolo femenino que representa la iniciación, la entrada al mundo subterráneo, al inconsciente y al camino hacia los conocimientos esotéricos.

El imaginario asociado a las cavernas

Las cavernas han estado protegidas según el imaginario antiguo por monstruos y terribles figuras como la del dragón que resguarda el tesoro escondido y que tanto reaparece en las fábulas. Los grifos, los monstruos y los animales fantásticos son, igualmente, figuras que protegen las entradas de las catedrales góticas y románicas. Y de este conjunto de significados sagrados y de figuras amenazadoras nació la historia de Quasimodo, de Víctor Hugo, el campanero jorobado de la catedral de Notre-Dame.

La simbología relacionada con los árboles y el bosque

Símbolo del subconsciente según la psicología, el bosque puede ser observado como un lugar de sombras e inseguridad o como un lugar de refugio para quienes no le muestran temor, un lugar de amparo donde las personas buscarían apartarse de la vida mundana y la protección de los seres superiores.

Los árboles han sido venerados por todas las religiones y fue en los árboles donde los hombres realizaron sus primeros ritos y ofrendas. Posteriormente, se reprodujeron los bosques sagrados mediante bosques de columnas en el interior de los templos egipcios y griegos.

La idea de “bosque sagrado” existió también en la religión romana, y en la religión celta fue un concepto esencial. Los lugares de culto de los celtas no se encontraban en edificios monumentales, ya que la divinidad podía estar en una piedra, en un árbol o en el agua corriente. En las catedrales, el conocimiento de la naturaleza de los celtas se fusionó con la ciencia grecorromana basada en la escuela de Pitágoras y de esta forma nació un bosque de piedra en el que los árboles adquieren la forma de pilares polilobulados, el follaje es representado por las estatuas y los capiteles, las nervaduras de las bóvedas evocarían a las ramas y el pavimento correspondería al suelo.

A todo este conjunto representado por las tradiciones celtas y romanas se añadirían las vidrieras que los rayos del sol traspasarían como si iluminaran el claro de un bosque. Así pues, los constructores abrieron en esas cavernas unas ventanas, que además de iluminar sus interiores, guiarían e iluminarían, con sus colores y representaciones, las mente de todo un pueblo hacia, como decía el Abad Suger ”a la verdadera luz de la que Cristo es puerta”.

Entrar en una catedral sería, por tanto, una especie de itinerario en el que tras haber pasado por la “caverna” encarnada por el pórtico, se llegaría al bosque de piedra en el que los pilares serían la imagen de los árboles sagrados de los druidas y en el que las bóvedas se unirían formando una galería semejante a las copas entrelazadas de los árboles, un conjunto iluminado por los rayos de luz que entran por las vidrieras y cuyo cielo estaría representado por la esfera de una cúpula.