En Brasil, como en otros países de la región, el crack se diseminó en todas las clases sociales, pasando a formar parte de la cultura de la calle. La meritoria labor de las organizaciones no gubernamentales brasileñas orienta sus esfuerzos en la educación y resocialización de los adictos, esas personas vulnerables a la discriminación, esclavos del vicio, fuera de atención del sistema estatal de salud y afectado por la carencia general de políticas públicas.

Salvamento de desamparados

El crack, a pesar de estar esparcido entre todos los niveles sociales, no siempre el consumo es una opción para niños y adolescentes, sólo se convierte en un medio para sobrevivir. Para rescatar jóvenes, las organizaciones no gubernamentales (ONG) trabajan en la educación, como también en la resocialización de los menores y su entorno familiar.

Cecilia Motta es coordinadora del Proyecto Quijote (Projeto Quixote), que actúa hace unos 13 años en la Estación de la Luz, zona central de São Paulo, conocida también en Brasil como “Cracolandia”. Ella es testigo preferencial de esta dura realidad y dice que “la droga hace parte de la cultura de la calle. Yo percibo que, en la calle, la mayor parte de los muchachos no es dependiente, ellos hacen uso circunstancial”, en el inicio, afirma.

Fugitivos de la violencia

Muchos niños, como así también adolescentes dejan los barrios de origen y van en dirección al centro de la ciudad en busca de aventura. Para Cecilia, esos son “refugiados urbanos”, que ambicionan tomar distancia de situaciones intolerables, como la violencia doméstica. En Brasilia, gran parte de los jóvenes que viven en la calle del DF se concentran en la estación de autobuses, en el centro de la ciudad.

En Curitiba (capital del estado de Paraná), el consumo de crack creció entre los chavales. “La región más problemática es la central. Son niños de muy poca edad que se transforman en soldados del tráfico. Ellos están en las esquinas día y noche comercializando las piedras para sustentar su propio consumo”, afirma el secretario Antidrogas del ayuntamiento de la capital paranaense, Fernando Francischini.

Objetivos para el rescate

Las organizaciones no gubernamentales, que tratan esos jóvenes, apuntan las energías al acompañamiento clínico, pedagógico y social. En el Proyecto Quijote, el tratamiento es hecho en tres etapas: aproximación primaria al dependiente químico, acogerlo en las instalaciones de la organización y proceder a la resocialización familiar.

“A medida que ellos van vinculándose y participando de los talleres de juegos y pedagógicos, abandonan la droga con mucha tranquilidad, No cabe duda que niños que juegan, no se dedican a las drogas”, dice Cecilia Motta.

Protagonistas y presidiarios de realidad

En la Capital Federal brasileña, en una casa que posee un amplio espacio verde y un ambiente sosegado, en el Lago Norte, región residencial de clase alta, jóvenes con problemas de dependencia química participan de actividades en la ONG Transforme. En una apacible tarde, Alex, de 14 años de edad, Luís, de 12, hacían origamis supervisados por una joven, que demostraba paciencia y calma. “Yo ya fumé crack”. “yo también, más de cien veces”, afirmaban los niños.

Según los muchachos, prácticamente la mitad de los niños y adolescentes que viven en la estación de autobuses, ubicada en el inicio de la Explanada de los Ministerios, donde se asienta el Gobierno Nacional, consumen crack. “De los 25 que viven allá, los que tienen entre 12 y 16 años, fuman”, cuenta Alex. “Fumé la primera vez con 11 años. Es fácil de conseguir”, recuerda Luis.

Sueños incondicionales

Alex, el más locuaz de lo dos, afirma que cuando termine el tiempo de internación en Transforme pretende concluir los estudios y transformarse en un médico. “Yo paré de estudiar en el tercer grado primario; según mis cuentas, faltan unos 15 años para recibirme, pero no estoy con prisa, no voy a desistir de mi sueño”, afirma, mientras hace un cubo de papel naranja.

La psicóloga Rosimere Nere, que supervisa el taller de origami, dice que los niños de la calle tienden a demostrar habilidades que no son percibidas por medio de la educación formal, por estar fuera de la escuela. Es una especie de creatividad desarrollada en el ocio. “El trazo acentuado es el arte, la habilidad. Lo que se precisa es hacer que ellos entiendan que esa creatividad puede ser canalizada para cosas importantes y positivas”, señala.

Dificultad para aplicar criterios

Durante las clase de educación física, allí en el Transforme, el profesor Douglas Antunes afirma que lo más difícil es imponer reglas. Por haber vivido la mayor parte de sus vidas en la calle, los muchachos tienen dificultades en adecuarse a tener normas.

“A veces, protestan, dicen que se van, que no quieren estar aquí y obedecer. Yo digo… ¿Ustedes piensan que me molestan? Allá ustedes van a dormir en el suelo y van a pasar frío. Aquí tienen piscina, clases de informática y seis comidas por día. Pueden ir, si quieren; la elección es de ellos”.

Niños y adolescentes que habitan en las calles brasileñas comenzaron a fumar crack a finales de la década del 80, especialmente en los estados de la región Sur y Sudeste. Indagaciones del Centro Brasileño de Información sobre Drogas Psicotrópicas (Cebrid), señalan aumento en el consumo, de acuerdo con los sondeos efectuados a los largo de estos años.