En un pueblo de Inglaterra, durante la Edad Media, un día se abrió la tumba de un sacerdote muerto un año atrás. Los testigos dijeron que el cadáver estaba casi intacto. El rumor se regó de inmediato, y la Iglesia Católica salió a promulgar a los cuatro vientos que sus muertos no se descomponían porque habían sido buenos creyentes.

Europa entera estaba conmovida con esta nueva representación de la muerte. La afirmación de la Iglesia se esparció como un miedo irracional y asoló al resto de los pueblos del mundo, en una época en que se creía que las cosas malas venían de fuerzas ocultas. Ahora los "muertos buenos" se conservaban por obra y gracia del Espíritu Santo, creía la gente. 

Los incrédulos empezaron a desenterrar cadáveres por todas partes para ver si habían cambiado de posición, si despedían olores extraños, si sus cabellos y uñas habían crecido y si sus gestos eran sospechosos. La macabra práctica se hizo una costumbre, en algunos casos, aceptada por las autoridades.  

Tumbas de reyes saqueadas

Uno de los casos más famosos de exhumación para comprobar la incorruptibilidad cadavérica se describe en el libro “Los orígenes del funeral” de Bernard Purkle, en 1774. Cuenta que se destapó la tumba del rey Eduardo I después de dos años de muerto y aseguran que parecía recién enterrado. "Su impresión era la de un santo viviente", anotó el Deán que registró la escena.

En la popular “Gentleman's Magazine”, de Londres, se describen varias aperturas de tumbas. En uno de sus apartes se relata la del rey Enrique IV: "El semblante del rey era igual al que tenía minutos antes de morir, salvo el color de su piel que al contacto con el aire empezó a desdibujarse en sus contornos".

Un caso tétrico sucedió en 1779 en la iglesia de Danbury, Inglaterra. Se desclavó el féretro de un hombre conocido por su bondad y fallecido hacía un año. Estaba cubierto por un fluido que sabía a salsa de setas, tal como fue descrito por un atrevido catador que no aguantó las ganas de probarlo, según la revista.

Un caso más aberrante aún le sucedió al duque Humphrey, en Inglaterra. Abrieron su ataúd en medio de una multitud, y en pocos minutos empezó a fluir un líquido espeso de "agradable" olor y todos se abalanzaron sobre el cadáver y lo lamieron hasta dejarlo completamente desnudo y seco.

Mutilación de una Santa y robo de joyas

El suceso más vergonzoso de profanación de tumbas le ocurrió al cuerpo de santa Teresa de Ávila en un pueblo de España, en 1583. Unas monjas sintieron un aroma penetrante que procedía de la tumba de la Santa, abrieron la sepultura y dijeron que el cuerpo estaba conservado y olía a flores.

Las religiosas entraron en histeria, y un sacerdote le cortó uno de los brazos para su veneración. En 1592, una Superiora le abrió el pecho y le sacó el corazón. La mutilación cesó por fin en 1760, cuando unos cuantos huesos y el cráneo fueron guardados en un cofre.

Aunque los saqueos de tumbas egipcias fueron los más conocidos, estaban motivados por la avaricia. Los ladrones de tumbas de los siglos XIV y XVIII también robaban a los muertos, pero los atraía la superstición, por eso le cercenaban alguna parte del cuerpo y lo ofrecían como amuleto. Se conoció el caso de un vendedor de pescado que desenterró al rey Juan y le sacó varias lonchas de su espalda para cebar sus anzuelos, y luego vendía los peces a precios exorbitantes.

En 1505, el arzobispo de Canterbury saqueó personalmente el ataúd de san Dustan, enterrado 500 años atrás. El rey Enrique VIII, el irreverente esposo de seis reinas, fue uno de los más célebres saqueadores de tumbas: despojó de una invaluable joya al Arzobispo de Becket, trescientos años después de su muerte.

Venta de cadáveres 

En el siglo XIX, cuando la ciencia médica cobró auge con la experimentación, surgió el tenebroso ladrón de cadáveres, inmortalizado por la obra homónima de R. L. Stevenson, que vendía cadáveres frescos a los estudiantes de anatomía y a los médicos. La Scotland Yard apostó guardias en los cementerios, pero al poco tiempo se incrementaron los asesinatos en las calles de Londres. Más tarde, los delincuentes optaron por el secuestro de los muertos.

En pleno siglo XXI los expoliadores de tumbas merodean los cementerios de todo el mundo. Unos son perturbados mentales, otros son ladrones que venden los cuerpos a los estudiantes de medicina y a los esotéricos, que preparan pócimas y menjunjes para la buena suerte.

La iglesia católica asegura que aún conserva una galería de santos incorruptos al paso del tiempo. Hay casos increíbles de conservación de cadáveres, como la momificación de los incas y los egipcios, el embalsamamiento natural de los cadáveres de las turbas de Escocia, y la moderna conservación en nitrógeno líquido. Sin embargo, todos los muertos se pudren por la acción corrosiva de unos seres invisibles que en los tiempos del oscurantismo no se conocían: las bacterias.