Imaginemos un complejo vitamínico que inmunizara a los recién nacidos y les alimentara con una composición personalizada, que fuera gratis y protegiera a la madre de un posible cáncer y le hiciera perder más fácilmente los kilos acumulados tras el parto. Ese complejo se llama leche materna y está al alcance de la mayoría de mujeres que acaban de tener un hijo.

Durante los primeros días tras el nacimiento de un bebé cada vez son más las madres convencidas en dar el pecho a su hijo, pero después de cuatro meses menos de la mitad de esos niños siguen alimentándose con leche materna. Esto ocurre porque la lactancia materna no es nada fácil, al menos al principio. Con la llegada de los primeros problemas son muchas las madres que desisten en el intento, muchas veces presionadas por su entorno, sin saber que estos pequeños inconvenientes casi siempre tienen solución. Para solventarlos es necesario apoyo y, sobre todo, información.

Primeros problemas

En las primeras 48 horas después del parto la mujer aún no dispone de leche materna. La mejor manera de comenzar su producción es poner al niño al pecho cuanto antes y no darle biberones de leche artificial. Si lo hacemos, el niño se podría confundir, ya que no se succiona igual de una tetina que del pezón.

Para el niño es mucho más fácil succionar de un biberón, así que puede ocurrir que, una vez que los haya probado, no quiera hacer el esfuerzo de extraer la leche del pezón materno. También el chupete puede interferir en la lactancia materna, por lo que es mejor que lo dejemos para cuando el bebé ya haya aprendido a mamar perfectamente y no haya posibilidad de confusión.

Las grietas son otro de los factores determinantes que hacen que una madre arroje la toalla. Es muy común que surjan en el hospital, pues el niño mama del pecho casi constantemente y siempre saca menos de lo que espera, provocando una irritación muy dolorosa en los pezones. Hoy en día existen cremas que calman el dolor entre toma y toma, con las que no es imprescindible lavar el pezón antes de volver a poner al pecho al niño, y que solucionarán el problema en apenas dos días.

Comentarios a un lado

Las madres que han pasado con éxito los días de hospital y la primera semana en casa tienen muchas posibilidades de seguir adelante con su lactancia. A partir de entonces, hay que declinar amablemente los comentarios bienintencionados de madres, suegras o vecinas que se empeñen en decirnos que el niño “se queda con hambre”, que deberíamos darle una “ayudita” o que nuestros pechos son pequeños para producir leche.

Una madre que pone al niño regularmente al pecho es imposible que se quede sin leche. Para aumentar la producción sólo hay que poner más veces al bebé, pues así estimulará más el pecho y la producción será mayor. El cuerpo enseguida capta las necesidades del niño y adecua su producción para que éste nunca pase hambre. Es más, la leche materna cambia sus características para alimentar al niño con la composición que exactamente necesita en cada momento de su crecimiento.

El pecho materno no sólo es una fuente de alimento. También lo es de cariño y protección, sirve para amortiguar algunos dolores y para calmar el instinto de succión que tienen todos los bebés. Todo ello al alcance de cualquier mamá, con el simple gesto de desabrocharse la blusa y coger a su hijo en brazos.