El pensador y psicoanalista Jacques Lacan propuso una frase lapidaria: no hay relación sexual. Con estas palabras se ponen de manifiesto algunas de las cuestiones más interesantes de la teoría psicoanalítica del autor, que intentaremos desentrañar en estas líneas.

El sujeto y la hiancia

Lacan propone la definición de sujeto como individuo lastrado por una carencia. El sujeto, dirá el psicoanalista, se construye en una falta: a lo largo del proceso de elaboración de la identidad constituirá un universo de significantes a la medida de su deseo. Este entramado de significantes como distanciamiento del mundo (la palabra mata a la cosa, había dicho Hegel), servirá como base para la construcción simbólica de la realidad.

El niño, cuenta Lacan, vive en sus primeros meses de vida en una fase imaginaria, sin signos que permitan categorizar lo real, esgrimir las diferencias y componer un mapa de relaciones. A los pocos meses el niño se constituirá como sujeto, es decir, establecerá las coordenadas de su deseo en el otro, por una cadena de significantes (un mundo de signos, que es el que vive el ser humano) en donde el objeto de deseo es siempre un objeto inalcanzable, en la medida en que el paso de lo real a este mundo simbólico reduce y compartimenta las experiencias del niño, pero también las hace expresables y reproducibles, como sucede con el lenguaje.

El sujeto se establece entonces por esa carencia: el deseo vaga entre los objetos, sin alcanzar un objeto último que lo colme. Ser sujeto supone, por tanto, vivir en una falta constante, en una hiancia.

La hiancia y el amor

Siempre hay algo en el otro, en el otro al que amamos, con el que compartimos nuestra intimidad, que nos excede. La alteridad pone en juego una relación desigual, otro que sobrepasa la comparación o el lenguaje de mi deseo. Esto es, en cierto modo, el goce: la experiencia que rebasa la capacidad del individuo de conectar con el otro, de establecer una simetría entre la otredad y mi construcción identitaria.

Se revierte, por tanto, la visión platónica de los dos amantes como dos mitades o dos almas que pretenden el encuentro simétrico y la restitución de una relación de igualdad, de semejanza. El amor es asimétrico, la relación sexual no tiene lugar justamente porque no hay una “escritura”, un significante que pueda ser sometido a la experiencia fálica de la inscripción de lo real.

Esto es: si el falo, en tanto que modelo operacional para el intercambio y juego de significantes que constituyen lo real, se propone como el “significante para la ausencia de significante”, pero el amor excede las condiciones del significante, nos propone un goce no es reducible a las estratificaciones del significante, no podemos “escribir” la relación sexual, no hay una escritura, a nivel inconsciente, que permita manejar el “hay” del amor.

El lenguaje, en cierto modo, en tanto que restitución simbólica de las cosas, impediría que se produjera esa relación sexual, el encuentro igualitario.

Dar lo que no se tiene

Por ello definirá Lacan al amor como “dar aquello que no se tiene”. Pero se suele obviar la coletilla final: “… a quien no es”.

En este cruce de hiancias, en este juego informe de amar, el exceso viene por todas partes. El que da, da más que lo que tiene, pues constituye un otro desmesurado para quien lo ama, y el que recibe, realmente no es, pues como sujeto se ha definido en una carencia. Esta correspondencia propone una asimetría intercambiable, que no puede ser representada, pues lo que entra en juego en la relación amorosa son dos ausencias que no pueden reducirse a la unidad del intercambio económico o simbólico.

El amor, por tanto, y la experiencia sexual que le sirve de soporte y manifestación física, no llega a suceder por una suerte de visión desgarrada del ser humano, sino por un problema de lenguaje. El lenguaje que reduce al otro a una expresión simbólica me hace situarme ante él bajo la misma operación.

En este juego de reducciones, pero también de excesos que pueden contenerse en lenguaje alguno, sucede el amor. O lo que es lo mismo: no llega a suceder nunca.