Durante las guerras y los conflictos armados, la violencia sexual es utilizada como medio de intimidación psicológica con el fin de humillar y someter al enemigo, acabando con su moral. En el pasado, la violación como arma de guerra, era considerada como recompensa a los soldados, dado que su paga era mala, y como prueba de su masculinidad y poder. La Convención de Ginebra calificó estos atroces actos como crímenes en contra de la humanidad, sin embargo, estas tácticas de guerra siguen siendo más la regla que la excepción en los conflictos que azotan a la humanidad.

Violación como forma de genocidio en Ruanda

Durante la guerra civil que vivió este país en 1994, la violación fue utilizada como un elemento importante para destruir a la etnia tutsi. Se calcula que la mayoría de las mujeres que sobrevivieron el genocidio fueron víctimas directas de violencia sexual o fueron afectadas por esta. Los hutus, quienes ostentaban el poder, publicaron en uno de los medios impresos del país, diez mandamientos dirigidos a incentivar el odio en contra de los tutsis, de los diez, cuatro puntos presentaban a la mujer como arma sexual utilizada para debilitar y destruir a los hombres hutu. Esta propaganda de odio incitó a la violación de muchas mujeres y niñas por parte del ejército en el poder. La violencia sexual en Ruanda incluyó violación en grupo, esclavitud sexual, violación con objetos, mutilación sexual, entre otros.

Consecuencias en Ruanda

En las sociedades como Ruanda, en donde el honor de una familia se basa en la pureza sexual de sus mujeres, la culpa de esa pérdida de honor (debido a la violación) no recae sobre el perpetrador sino sobre la víctima. Muchas mujeres fueron excluidas de la sociedad, abandonadas por sus esposos, contrajeron enfermedades de transmisión sexual y quedaron, en contra de su voluntad, embarazadas. Muchos niños quedaron huérfanos y a cargo de sus hermanos más pequeños. Se estima que un millón de personas murieron durante esta cruel guerra. Los principales responsables de tan terribles actos han sido castigados por la justicia, sin embargo, muchos otros nunca pagaron por sus crímenes. Este pueblo sigue pidiendo justicia.

Congo, la capital mundial de la violación

No ha sido en vano que la República Democrática del Congo ha sido categorizada por las Naciones Unidas como la capital mundial de la violación. Azotado por un cruel conflicto armado desde 1990, este país presenta las cifras más altas de violencia sexual en el mundo, se estima que ocurren unas mil violaciones al mes y con el tiempo este número se ha ido elevando aún más. La campaña de violencia sexual llevada a cabo por las milicias va dirigida a crear terror y desplazar a la población, es una clara estrategia de guerra.

Los ataques ocurren principalmente en regiones del país consideradas por los rebeldes como zonas pro-gobierno, que carecen de la protección del ejército o la policía. Las mujeres son asaltadas violentamente delante de sus maridos e hijos, son humilladas y torturadas delante de sus vecinos. La cultura de impunidad ha permitido a los perpetradores de estos crímenes salir libres sin ninguna condena ni castigo.

Un aire de esperanza ante la injusticia

El Congo ha solicitado a la comunidad mundial ayuda para la lucha en contra del uso de la violencia sexual como arma de guerra y aunque la situación no presenta todavía mejoras, se empiezan a ver pequeños adelantos que le dan esperanza a las miles de víctimas del conflicto. El ejemplo más claro de esto es la creación de cortes de justicia móviles en ciertas regiones, donde se presenta el mayor número de casos. Estas cortes ya han procesado a varios individuos sospechosos de haber violado; las condenas van hasta los 20 años de cárcel. Para la población, ver a sus agresores pagar por sus ofensas es una muestra de que la justicia sí funciona y le da un voto de confianza a la hora de ir a denunciar.

Denuncia en Libia

Los hechos sucedidos recientemente en Libia muestran cómo la violación sigue siendo utilizada en época de conflicto. Eman al Obeidy irrumpió hace unas semanas en el lobby de un hotel en Trípoli donde se encontraban algunos periodistas extranjeros, su objetivo era hacerle conocer al mundo la situación que le había tocado vivir a manos de unos militares del ejército de Gadafi. Contó cómo fue violada por un grupo de hombres, que la torturaron y mantuvieron cautiva por dos días. Su valentía ha llamado la atención del mundo, ya que no tuvo temor al contar los hechos y hacer conocer la verdad sobre lo que está ocurriendo en su país, a pesar de las consecuencias que esto podría traerle. Las tres cosas que ella pide es poder limpiar su nombre de las mentiras que se dijeron sobre ella en la prensa, poder volver a su familia y, principalmente, que los culpables paguen por lo que le hicieron.

Las personas agredidas por la violación siguen luchando hoy por hoy por deshacerse del estigma de la agresión sexual, estigma que acarrea consigo graves consecuencias para su vida en familia y en sociedad y, aunque por muchos esta crueldad sigue siendo catalogada como uno de los premios a los soldados en guerra, son muchas más las víctimas que están dispuestas a denunciar, como lo muestran hechos recientes, si esto conlleva a que los responsables sean castigados por la justicia.