"Rosaura en hábito de hombre" irrumpe en escena furiosa:

"Mal, Polonia, recibes a un extranjero,

pues con sangre escribes su entrada en tus arenas...

Bien mi suerte lo dice: ¿Dónde halló piedad un infelice?".

Y poco después, Segismundo en su horrenda prisión encadenado se lamenta poco ("Ay, mísero de mí, qué delito cometí contra vosotros naciendo"), para enseguida expresar su desesperación: "... si los demás nacieron, ¿qué privilegios tuvieron que yo no gocé jamás?".

Una concepción escénica enérgica y tierna

El príncipe destronado a causa de la superstición de su padre, el Rey Basilio... es interpretado esta vez por una mujer. El hecho de que esté en manos de Blanca Portillo no es un mero ejercicio actoral, un más difícil todavía de la directora Helena Pimenta, es un aporte significativo, muy singular y bellamente teatral. La unión, la complementación y la ambigüedad sexual encuentran en esta puesta en escena un vehículo para revelar emociones que vienen de muy lejos para ser aquí y ahora una verdad por la que se lucha denodadamente en muchos frentes.

En la milenaria cultura china el taoísmo planteó la unión de las partes para la posible armonía: el yin y el yang: el yin es el principio femenino y el yang es el masculino: la pasividad y la actividad, la absorción y la penetración, la oscuridad y la luz... en busca de la armonía psicofísica y por tanto espiritual en cada ser humano.

A partir de esta concepción, los densos monólogos de Calderón se expanden en un contexto de personajes femeninos desesperados: Estrella, obligada a intereses palaciegos, Rosaura, encarnando dos personajes ficticios, de ambos sexos, para ser ella misma, sobreviviendo a las desgracias, y Segismundo descalzo, con las piernas desnudas, maltrecho, luego convertido en un hombre feroz con los pies bañados en sangre, siempre interpretado por una mujer: en definitiva, un andrógino ser que impone la violencia ciega de la venganza, finalmente redimido por el amor a la justicia, por la propia revelación de que tal vez, quizás, el horror de vivir una existencia diluida en la nada pudiera convertirle en un monstruo:

"... Sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende..."

Un adaptador invisible a los ojos del espectador

Helena Pimenta ha logrado un poema dramático de exquisita factura al mismo tiempo que una obra de aventuras ágil y divertida, capaz de mantener mudos a los numerosos estudiantes de Instituto que a menudo llenan el teatro.

Los monólogos excesivos, más literarios que teatrales del autor (tan opuesto a la dinámica de Lope de Vega), su obsesiva tendencia a filosofar, adquieren aquí un ritmo encantador, una tensión muy grande con notable musicalidad.

El maestro Alejandro Andújar (con la colaboración de Esmeralda Díaz) ha creado una escenografía muy cinematográfica, en la que el escenario del Pavón parece otro: más grande, más amplio, y sobre todo más luminoso, con momentos magistrales en los que la acción crece y se desenvuelve por ventanales, por revelaciones aéreas, por luchas clave en reducido espacio... con la luz de otro maestro, Juan Gómez Cornejo, enriqueciendo los rincones, las voces y los gestos.

Falta la carga erótica de otras puestas en escena en las que se creyó encontrar una sexualidad intensa. No hay nada de esto en esta versión formidable de Mayorga ("El adaptador tiene que ser invisible a los ojos del espectador, limitándose a facilitar su interpretación"), ni en la visión de la directora, ya que con Segismundo en manos de una actriz, cualquier atisbo sugeriría intenciones de una sexualidad confusa.

En esta puesta en escena las mujeres llevan las riendas de la historia. Ellas conminan, padecen, están llenas de ruido y de furia y se convierten en personajes esenciales de la historia. Y es que la carga femenina modifica el mensaje, la belleza "desmaquillada" de la joven Marta Poveda (quien tanto nos divirtió en Burundanga, aquí nos desespera, encanta y seduce), y el inflexible proceso del desgraciado y sucio, encadenado y despreciado Segismundo/Portillo (en estremecedora combinación de energía implacable y ternura), mientras Estrella busca su salvación en la salvación del reino (Pepa Pedroche, tantas veces inolvidable, como en ¿De cuándo acá nos vino?).

"Nos admira la capacidad del ser humano para sobreponerse"

Más aún con la pasión de la propia directora, quien tras la vigorosa versión de Macbeth encara La vida es sueño de otra forma: profunda austeridad, espectáculo de acción "a todo color" y un desenfadado modo de entender a Calderón desde una perspectiva diferente, un punto de vista singular:

"Suspende nuestro pensamiento contemplar la lucha denodada de Segismundo por recuperar la libertad que su padre le ha escamoteado. Asombra observar la dignidad y el ardor con que Rosaura se sobrepone a los pesares que siempre le han acompañado. Nos admira la capacidad del ser humano de dibujarse a sí mismo, de reconstruirse, a través de la búsqueda de la verdad, ora en la ficción, ora en la realidad".

Reparto: Marta Poveda, David Lorente, Blanca Portillo, Fernando Sansegundo, Rafa Castejón, Pepa Pedroche, Joaquín Notario, Pedro Almagro, Ángel Castilla, Óscar Zafra, Alberto Gómez, Anabel Maurín, Mónica Buiza, Damián Donado, Luis Romero. Músicos: Daniel Garay/Mauricio Loseto; Juan Carlos de Mulder/Manuel Minguillón; Anna Margules/Daniel Bernaza; Calia Álvarez/Ana Álvarez.

La vida es sueño, de Calderón de la Barca, versión Juan Mayorga, dirección Helena Pimenta, una producción de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Teatro Pavón de Madrid hasta el 16 de diciembre.

En gira por España, diez ciudades desde el 17 de enero 2013 en Bilbao hasta el 24 de mayo en Vitoria. Del 25 al 29 de abril en la Sala Martín Coronado del Teatro General San Martín de Buenos Aires.