La Vida de los Otros es una de las más fascinantes películas, al menos de las que nos hayan llegado en los últimos años al extremo más occidental de Europa. Fabricada en el 2006, uno no puede menos de pensar que, de no haber sido premiada por los yanquies como mejor película extranjera en el 2007, quizá no habría ni salido de Alemania. Lo cual hubiese sido una verdadera lástima.

El período final de la RDA, filmado con contención y maestría

La película dirigida por Florian Henckel von Donnersmarck no es tan solo un thriller diligente y deleitoso, que el espectador con un mínimo de conciencia historica y sentido estético sorbe como un néctar, es también una historia audaz y decidida, de esas que no se filman como quien no quiere la cosa.

Y es que, para empezar, el tema de aquel fragmento totalitario de Alemania (orwelliano si se nos permite el tópico), de la Alemania llamada, en el colmo del sarcasmo político, "Democrática" (RDA), este asunto de las espeluznantes cuatro décadas largas vividas en el rincón oriental del país germano (que forman una parte inexcusable de la historia reciente de ese país y de Europa), es algo con lo que hay que irse todavía allí con pies de plomo. Tan solo el pasado nazi resulta aún más incómodo historiográficamente que el relato de la Alemania Estalinista.

La vida de los otros está narrada con nervio, pero también con delicadeza. Mantiene al espectador en vilo porque es un thriller político, pero también un thriller moral ¿Thriller moral? Sí, porque se atreve a filmar la metamorfosis moral de un hombre, un oficial de la kafkiana Stasi, o policía política germano-oriental. Un rotundo servidor del Estado Totalitario, de serpenteantes cables ocultos, y grabadoras y teléfonos pinchados. Ese Estado de absoluta desverguenza ética, de alegre y maquiavélica condición de bestia hobbesiana.

El cambio de un funcionario duro y fiel al Estado

Gerd Wiesler lleva una vida tal que llamarla gris es pintarrajearla falsamente de color. Días de una soledad solo interrumpida por el amor de pago. Horas de trabajo obcecado, televisión pública y platos precocinados. Una existencia de adhesion ciega a la lógica opresiva del falso paraíso socialista, a unos ideales revolucionarios ya algo (bastante) raídos en ese 1984 en que la pelicula arranca. Y nada que ver con Orwell, dice el director Henckel von Donnersmarck , ya que así eran las cosas en 1984 en el Este. Pero la sociedad descrita es al fin y al cabo, rabiosamente orwelliana.

El magnífico Ulrich Mühe (que ya conocíamos en España por algunos trabajos de Michael Hanecke, como Funny Games o El Castillo), antiguo alemán oriental, sabía (pues desapareció en el 2007) muy bien lo que es sentir la lamedura del totalitarismo en sus carnes. De su época de autor teatral en la Alemania estalinista, Muhe conoció también la delación y el minucioso seguimiento.

Ulrich Mühe: extraordinario actor del Este

Difícil encontrar a un actor más apropiado para meterse en la piel de Wiesler, este oficial de la policia política alemana al que se le encargan días y semanas de escuchas y pormenorizada relación de todos los movimientos (supuestamente privados) de una pareja. La formada por el "sospechoso" (para la Stasi) dramaturgo Georg Dreyman y su amante, la actriz teatral Christa-Maria Sieland, y que han de llevarle (a Wiesler) a transitar desde la inclemente determinación del "integro" y leal funcionario político hasta la duda, el instinto humanitario, y finalmente la traición a ese Leviatán del que es supuesto servidor.

Una narración pausadamente enérgica

Y todo filmado de manera elegante, con una especie de discreción afilada, rotunda. Los momentos más duros de la película (la muerte o "suicido" accidental, la volatilidad de los afectos en un marco totalitario, la permanente amenaza, la evidencia de la corrupción, la delación cotidiana, el aniquilamiento monótono de la dignidad) discurren con el mismo tono pausadamente enérgico del resto de la historia.

Y un final, situado ya en la Alemania Reunificada de 1991, callado, sutil. Emocionante.

(Acaso) Imprescindible

Digamos que La vida de los otros es una de esas obras que suelen calificarse entusiásticamente de "imprescindibles" (aunque solo una parte de las así etiquetadas lo sean). Pero es posible que la pelicula de Florian Henckel von Donnersmarck sea de verdad imprescindible: para el disfrute estético de una historia bien contada, para la indignación y la denuncia, para regodearse en el espectáculo de las emociones. Para el cabal conocimiento de la historia y de los animales humanos que en ella viven y vivirán trabados.