Hay que advertir, ante todo, que el concepto actual de moda no es válido para gran parte de la Edad Media española. Al menos no hasta fechas tan tardías como los siglos XIII-XV, cuando se despierte, tímidamente, en algunas capas sociales cierta preocupación por el placer estético en general, rompiendo con las rígidas concepciones anteriores.

Vestirse en la España cristiana medieval

La ausencia en aquellos tiempos de una auténtica pasión por lo fashion similar a la actual -fruto moderno, entre otras cosas, de nuestra cultura individualista- no significa necesariamente que en la España medieval todo el mundo se vistiera igual, o que la vestimenta fuera un bloque monolítico e insulso, impermeable a influjos externos. Pero sí hay que reconocer que el vestido medieval estaba más vinculado a una función estricta, simbolizar claramente la posición social y el oficio, que al goce personal. Con todo, hubo interesantes peculiaridades y excepciones, como veremos.

La indumentaria de los cristianos hispanos de los siglos VIII al XV estuvo muy influenciada, en todo momento, por la cultura árabe. La camisa, de uso general en ambos sexos, solía cubrirse con una saya, equivalente hispánico de la túnica romana y de la aljuba árabe (germen del jubón, otro tipo de camisa), y en invierno, se añadía un manto contra el frío.

Las túnicas femeninas (almexias, término igualmente de origen árabe) eran mucho más largas que las masculinas, de amplia caída, llegando hasta los pies o cubriéndolos; en esto intervenían tanto cuestiones de roles de género como de puro pudor, en un mundo obsesionado con la castidad.

Por eso mismo el pantalón, normalmente ancho y flotante, bombacho y bastante cómodo, era una prenda exclusivamente masculina, igual que la túnica corta, diferenciada por su longitud de la femenina. Como mucho, la túnica varonil llegaba hasta las rodillas, lo que facilitaría las actividades que requerían cierta libertad de movimientos, como el ejercicio de la equitación. Debajo solían llevarse una especie de medias, o calzas, muy útiles contra el frío, aunque en verano los campesinos podían trabajar con las piernas desnudas.

El sombrero estuvo mucho más extendido en el Medievo de lo que podría imaginarse, estando disponible en una sorprendente variedad de formas, algunas sumamente peculiares. Sin embargo, su empleo debía servir de elemento de distinción entre los estamentos sociales y oficios: el de un catedrático, normalmente eclesiástico, singularizaba su labor docente y su clase social, lo mismo que la tiara pontificia simbolizaba expresamente al Papa y sus poderes. Con todo, los más espectaculares y ricos en formas y ornamentos eran los sombreros de los reyes y emperadores.

Tejidos y adornos medievales

La ropa se elaboraba con materiales naturales: lino, cáñamo, algodón, piel, cuero, lana y seda. El algodón, cultivado en La India desde hace tres milenios, fue introducido por los musulmanes en al-Andalus a finales del siglo IX, de donde pasaría a Europa Occidental. Cabe destacar la importancia, al respecto, de los talleres textiles de algodón de Barcelona desde el siglo XII.

La seda, objeto de lujo, exótico, traído a través de la famosa ruta que lleva su nombre desde el lejano Oriente, pudo llegar también a España tempranamente gracias a los musulmanes. Las famosas sederías de la Granada de los nazaríes gozaron de prestigio internacional desde el siglo XIV, abasteciendo con sus caros productos a los mercados cristianos, desde Castilla hasta Italia y Flandes.

La ropa de los pudientes -apenas un 10% de la población, principalmente nobleza, alto clero, y quizá algunos mercaderes enriquecidos- se embellecía con gran riqueza de elementos decorativos, con muchos bordados coloristas y fabulosos adornos (incrustaciones, filigranas,etc.).

Al respecto, destaca cierta descripción de Joinville sobre Luis IX de Francia: "ropa de vivos colores, prestancia, esplendor", añadiendo "el caballero más hermoso que he visto nunca", por su porte majestuoso, imponente, en el cual jugaba un papel fundamental la indumentaria, propia de un gran monarca (Jacques Le Goff, En busca de la Edad Media, Paidós, Barcelona, 2003, p. 134).

La anterior descripción, de no conocer de antemano al personaje, hubiera encajado igualmente bien con la figura de cualquier otro gobernante contemporáneo. Las pieles de armiño y visón tuvieron que ser bastante habituales entre la aristocracia. Las menos caras -conejo, cabra- o los cueros eran las elegidas por las clases humildes, pero también por la baja nobleza (hidalgos, caballeros), aunque su empleo pudo ser sólo ocasional, quizá ligado a funciones determinadas: entre los caballeros menos afortunados, el cuero endurecido podía suponer una armadura sencilla y barata.

Indumentaria, oficio y posición social

Ropajes variados, ricos cromatismos y materiales esplendorosos, marcaban la distinción social entre la noble cuna y el vulgar campesino, de ropas humildes, monótonas, meramente funcionales (abrigo, trabajo).

Del célebre extracto de índigo, los tejedores renacentistas obtenían el púrpura para teñir los elegantes vestidos de los cardenales, y el añil de las túnicas reales, desde el siglo XVI. La presencia de esos tintes, si bien posmedieval (aquella planta venía de América), carísimos pero demandados por las élites, demuestra el gusto por el colorido de un mundo como el renacentista (siglo XVI), aún ligado espiritualmente al Bajo Medievo. Y dado que la floreciente ciudadanía urbana tendía siempre a emular a los estamentos más ricos -quizá en un intento de equipararse a ellos en las formas, ya que no en la cuna-, los burgueses enriquecerían gustosamente su indumentaria con numerosos colores extraídos del rico repertorio de los privilegiados.

Los siglos X y XII corresponden en Occidente a la época del vestido románico, menos vistoso, menos original entonces que el hispánico, mozárabe o andalusí. Sin embargo, a través del Camino de Santiago, la "moda" española se extendería en adelante por toda Europa.

Así, casi inconscientemente, la indumentaria franca o italiana fue progresivamente nutrida por adornos que, dada su raíz mozárabe hispana, estaban impregnados de exquisitez oriental. Y, en un proceso de inevitable feedback, a partir del siglo XIII, con la decadencia del sobrio gusto románico, se impondrían -digámoslo así- nuevas "modas" en España, que de pronto empezará a vestirse "a la manera franca", aunque sin perder nunca su propia identidad.