De un tiempo a esta parte, la literatura y el cine han rentabilizado enormemente la confusión existente en torno al origen y autoría de algunos textos bíblicos. Además, esto ha dado a pie a que muchos pseudo-historiadores ganen fama con estrambóticas teorías e “investigaciones” que suelen estar más cerca de la ficción que de la realidad. En definitiva, la polémica en torno a la cuestión atrae al lector hasta el punto de ser la temática histórica preferida después de la II Guerra Mundial y los Templarios.

En este artículo se pretende arrojar luz sobre algunas polémicas recientes, como son la autoría del Evangelio de Mateo, la fecha de su confección, la lengua en que se escribió o las personas a las que estaba destinado el texto.

Situando cronológicamente el texto

A la hora de abordar el estudio del texto de Mateo, es imprescindible situarlo en un marco espacio-temporal. Es bastante probable, y comúnmente aceptado por los estudiosos de la cuestión, que fuera redactado en la ciudad siria Antioquía, en torno a las décadas del 50 y 60. Por tanto, estaríamos ante el más antiguo de todos los Evangelios.

La lengua originaria, a su vez, sería el hebreo, aunque no habría que descartar la posibilidad del arameo. Ahora bien, la riqueza lingüística del texto griego que conservamos nos lleva a pensar que quizás el original, además de ser objeto de traducción, lo hubiera sido de alguna variación entre los años 80 y el 90. Esta sospecha no se funda únicamente en la calidad del griego utilizado, sino también en otros dos aspecto más: aclara cuestiones confusas del Evangelio de Marcos –supuestamente posterior- y el autor da muestras de conocer la destrucción de Jerusalén a manos de Tito en el año 70.

Autor y destinatarios del Evangelio de Mateo

Al igual que los demás Evangelios, el de Mateo es anónimo en su materialidad. Ahora bien, por las referencias que hace al discípulo de Jesucristo, así como por la tradición de los primeros siglos del cristianismo, se le atribuye a él. Por tanto, esta dotado de una autoridad apostólica. En tanto que la llamada evangélica es universal, también el texto de Mateo lo es. Sin embargo, tanto por la lengua en la que fue escrita como por el uso de expresiones propias de palestina y la alusión a costumbres judías, parece estar destinado a los judíos bautizados. Esta teoría se basa también en otras cuestiones de suma importancia para el Pueblo Elegido, como son las citas constantes a pasajes del Antiguo Testamento o las palabras de Jesús sobre la relación entre la Antigua y la Nueva Ley.

En esa misma línea hemos de entender el carácter catequético del texto, que busca dar respuesta a los dilemas que se plantean los bautizados. Es decir, no se trata de un Evangelio dirigido a los paganos o a los catecúmenos, sino a los que ya pertenecen a la comunidad cristiana. De esta manera, no es de extrañar que Mateo exponga de forma sencilla y ordenada las normas y enseñanzas de Jesucristo, y tampoco que reproduzca los cinco grandes discursos de la vida pública del Señor (Sermón de la montaña, discurso de la misión de los apóstoles, discurso de las parábolas, discurso eclesiástico y discurso escatológico).

A su vez, justifica con argumentos históricos la potestad que Dios da a sus ministros y, por ende, a la Iglesia. De hecho, los grandes temas de este Evangelio son Jesucristo –Hijo de Dios, Hijo del Hombre y Siervo de Dios- y la Iglesia. Por último, hay que destacar dos rasgos más del texto de San Mateo como catequesis para los bautizados: su carácter quasi-poético, que facilita su memorización, y el papel protagónico que en los milagros poseen las palabras de Jesús.

La estructura del texto

En lo que se refiere a la estructura del Evangelio según Mateo se aprecia, en primer lugar, la presencia de tres tiempos dentro de la actividad de Jesús: el correspondiente a la proclamación del Reino de Dios en Galilea, los sucesos que siguieron a la confesión de San Pedro, y los episodios de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. En segundo término, hay que señalar la presencia de una estructura narrativa basada en la presencia de los cinco discursos antedichos, que siempre preceden al relato de milagros.