Hablar de la verdad supone adentrarse en un escenario donde la meta a alcanzar no es tan obvia como podría parecer en un primer momento. El camino hacia la verdad está compuesto por múltiples veredas, sin que ninguna de ellas pueda ostentar el privilegio de ser considerada como la verdad absoluta.

Para una persona creyente existe una sola verdad; una verdad única encarnada por Dios, independientemente de cual sea la religión a la que esté adscrita. Aquí podríamos entrar de lleno en la verdad objetiva y la verdad subjetiva. La verdad teológica es una verdad subjetiva, ya que es el sujeto quien le otorga el atributo de verdad absoluta a través de su fe, sin embargo no es objetiva, ya que nada respalda la objetividad de la misma más allá de la propia fe y de los argumentos asociados a la misma.

Verdad objetiva y verdad subjetiva

Vale la pena ahondar un poco más entre lo objetivo y lo subjetivo. Cuando hablamos de verdad subjetiva nos estamos refiriendo a las percepciones y argumentos que esgrime un sujeto –o muchos– basados en su punto de vista, en sus intereses o en sus deseos. No se trata, entonces, de una verdad irrebatible; de una verdad que pueda ser aceptada por todos, tal y como correspondería en el supuesto de una verdad objetiva. La objetividad presenta los hechos más allá, no de la percepción del sujeto, pero sí del prejuicio. Es una verdad verificable, valga la redundancia. Si dejo caer un vaso de cristal al suelo, éste se rompe. Es una verdad objetiva y constatable por todos los sujetos. Pero si digo que Dios es la verdad, entonces estoy dando una visión subjetiva de la verdad, que en este caso sería mi verdad, pero no la de todos.

Verdad relativa y verdad absoluta

Una de las formas más habituales de abordar un asunto tan espinoso como la verdad, consiste en tratar de aprehender o descubrir su esencia última a través de la verdad relativa o la verdad absoluta. Ahora bien, teniendo en cuenta que el debate sobre la verdad ha estado abierto a lo largo de las eras, podríamos concluir que no tenemos nada claro qué es la verdad. Y con ello, afirmar que nadie sabe qué es la verdad. Aunque la paradoja, en este caso, sería que estoy afirmando como verdad absoluta que nadie sabe qué es la verdad. Y sin embargo yo no tengo la certeza absoluta y objetiva de que nadie lo sepa. Con lo cual mi verdad no deja de ser relativa. También podría adoptar una posición más relativa, por ejemplo ¿Quién sabe qué es la verdad, no es así? Una respuesta negativa requería necesariamente una verdad absoluta para rebatir mi pregunta. Sin embargo, una respuesta afirmativa le atribuiría a mi pregunta el carácter de verdad absoluta lo cual, como ya hemos visto, no soy capaz de demostrar. O sea, tal vez como dijera en su momento André Maurois: “Solo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa”.

La verdad humana

Es indudable que la verdad, en su sentido más abstracto, resulta ser un asunto bastante complejo. En su vertiente más humana, por llamarlo de algún modo, la verdad se asocia a la persona honesta, sincera; a lo que definiríamos, en pocas palabras, como una buena persona.

Hay palabras que encierran un contenido universal, siendo el concepto verdad una de ellas. La verdad suele estar asociada a otros conceptos igualmente universales, como por ejemplo la libertad. El propio Jesús aludía a ello cuando manifestó “la verdad os hará libres”. Todos podemos imaginarnos situaciones donde la verdad cumpla realmente esta premisa. Pero seguro que también podemos imaginar otras situaciones donde ocurra justo lo contrario. Al menos en apariencia. En este punto habría que profundizar en qué consiste la libertad.

También cabría preguntarse si siempre hay que decir la verdad, y habría que hacerlo en dos sentidos; en el literal y en el filosófico, por llamarlo así, ya que como hemos visto ¿Quién sabe qué es la verdad? ¿O no? Mi percepción es que aquellos que más gritan en defensa de “la verdad” suelen ser los más errados. Pero bueno, no deja de ser una verdad subjetiva. Aún así creo que la verdad existe, sin necesidad que tengamos que inventarla, tal como sucede con la mentira; el problema radica en el desconocimiento que tenemos de ella y en la incapacidad de aprehender su verdadera esencia.

La verdad y la filosofía

A veces es mejor ignorar la verdad –una verdad relativa, claro–, tal como se demuestra en esta conocida frase: “lo hicieron porque no sabían que era imposible”. Pero ignorar no significa negar. La existencia de la verdad se demuestra en la paradoja que expuso en su día Tomás de Aquino: “Es evidente que existe la verdad. Porque el que niega que existe la verdad, conoce que la verdad existe. Si, pues, no existe la verdad, es verdad que la verdad no existe”. De todos modos, y adoptando un sentido más práctico, me adhiero plenamente a lo que dijera André Gide: “Cree a aquellos que buscan la verdad, duda de los que la han encontrado”.

Probablemente, y a modo de conclusión, como decía Aristóteles: “Nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella”.