Erigido en uno de los géneros de más marcada idiosincrasia dentro del cine hollywoodiense (e, incluso, más allá de esa amplia frontera), el del cine negro ha ido reformulándose y adaptándose a nuevos gustos y tendencias a lo largo de los años, desde que arrancara, allá por fines de los treinta o principios de los cuarenta del pasado siglo, con sus propuestas primigenias a cargo de grandísimos directores, como John Huston o Billy Wilder. Uno de sus hitos más señalados en la década que cerraba su siglo lo marcó: ‘La última seducción’, un film de John Dahl que sorprendió a propios y extraños, especialmente por su audacia sexual.

‘La última seducción’, la explotación del factor sorpresa

El de ‘La última seducción’ era un proyecto de corte menor, con naturaleza de telefilm, y que, por tanto, no estaba destinado a su pase en pantalla grande. Los avatares, a veces extraños e inextricables, de la distribución comercial, terminaron llevándolo a las salas de cine, donde proporcionó un rendimiento en taquilla tan estimable como inesperado, y, lo que constituyó algo más insólito aún, se convirtió en una propuesta con una aceptación notable a nivel de crítica.

Y lo hizo explotando una serie de bazas, tanto de tono como de argumento, que lo dotaban de un atractivo muy particular. Sus premisas temáticas se enmarcaban claramente dentro de las líneas fundamentales del género (en ese aspecto, la propuesta no era especialmente novedosa): una operación de venta de sustancias sicotrópicas y un maletín cargado de dinero que “cambia de manos” como punto de arranque para un desarrollo en el que la mentira, la venganza, la ocultación y la huida se convierten en motores de la acción.

Una acción que se desarrollaba conforme a una pauta narrativa convencional, de manera que, desde esa perspectiva, poco nuevo había bajo el sol. Pero que introducía dos elementos que la diferenciaban y la dotaban de una personalidad marcada: la ubicación del tronco de la historia en un escenario peculiar, y la exacerbación de las pulsiones sexuales de su personaje protagonista, una ‘femme’ que, más allá de la ‘fatalidad’, se presenta como una devoradora de hombres cuyo terreno de acción favorito se sitúa entre las sábanas de la cama.

La América profunda, como escenario del noir

Beston. Ése es el nombre del pequeño pueblecito, cercano a Buffalo, donde Bridget Cahill, la protagonista de la historia, se ve, en parte forzada por las circunstancias, a “hacer tiempo”, a la espera de mejor ocasión para poder retomar camino hacia su destino final. Allí, convertida en Wendy Kroy, entablará un círculo de relaciones, laborales y “afectivas”, que servirán para remarcar el contraste entre su condición de urbanita, plena de malicia premeditada y resabios de superviviente de jungla, y las pautas (mucho más ingenuas) de sus congéneres pueblerinos.

Y aunque en ocasiones puntuales, esa búsqueda del contraste hace que el guión exagere un tanto los claroscuros, llegando a extremos casi caricaturescos, la línea general es mesurada y bastante curiosa, convirtiéndose en uno de los puntos fuertes de la cinta, que hace de los bonachones pobladores de Beston –con especial énfasis en el partenaire de la protagonista, Mike- las víctimas ideales para una arribista sin escrúpulos que domina con maestría todas las artes del engaño y la trampa, y las explota a conciencia.

Linda Fiorentino, la mantis de piernas interminables

¿Y quién es ella, esa presencia a cuyo lado los hombres empequeñecen y se convierten en poco más que guiñapos, objeto de sus perfidias y veleidades? Ella es Linda Fiorentino, una actriz que, antes de este film, apenas había hecho algún papel poco reseñable, y que, gracias a su creación de esta “devorasementales” de quita y pon, se convirtió en un nuevo icono erótico, tomando el relevo de la inolvidable Kathleen Turner, que, con su Matty Walker de ‘Fuego en el cuerpo’, ya había dado el pistoletazo de salida a esta nueva tendencia.

Una nueva tendencia en la que la “femme fatale” del noir convencional, que basaba todo su arsenal perturbador en lo que se insinúa y no se enseña, lo que se amaga y no se golpea, da un paso adelante, empujada por nuevos vientos de mayor libertad en pantalla, y da rienda suelta a una explicitud sexual que, en el caso de la Fiorentino, va más allá del ímpetu y la pasión para hacer del rigodeo jocoso en lo procaz y lo excesivo toda una seña de identidad.

De la fuerte repercusión del personaje da buena idea la circunstancia de que la siguiente película protagonizada por esta actriz, ‘Jade’, viniera a suponer una especie de prolongación de las andanzas de su personaje de ‘La última seducción’, si bien el hecho de que se tratara de una cinta de mucha menos calidad —y que fracasó estrepitosamente— dio lugar a que su estrella declinara con la misma celeridad con la que, fulgurantemente, había aparecido en el firmamento femenino de Hollywood.

Vista, en todo caso, con la perspectiva que proporciona el paso del tiempo (y de las películas), ‘La última seducción’ muestra, de manera evidente, que, sin ser una mala película, generó un fenómeno de una sonoridad múcho más debida al ruido (de sus efusiones sexuales) que a las nueces (de una historia que, aunque sólida y bien trazada, no deja de incurrir en numerosos tópicos del género y poco nuevo aporta, en ese aspecto, a la evolución del mismo). Y, por supuesto, nos dejó al enésimo icono: fugaz, volátil, pero explosivo. Comme il faut...