Las elecciones federales de 2006 en México, dejaron en mal estado al único referente de la democracia en el país, a saber; el Instituto Federal Electoral. Si existió el fraude o no, es algo que no se pudo comprobar -en positivo o en negativo-, lo importante en cuyo caso, es que la duda se perpetuó como evidencia de un nuevo y doloroso fracaso.

El gobierno derivado de esa elección, esto es, el de Felipe Calderón, pudo generar una legitimidad inicial, sin embargo, ésta no fue sino efímera.

Pronto empezarían los escándalos presidenciales y los excesos del poder, lo que, y aunado a la precariedad de la gestión, nuevamente nos ha llevado a preguntarnos por el estado de la transición, pues aunque metodológicamente se suele separar a la democracia de lo que sucede con la economía, lo cierto es que su vínculo es más fuerte y trascendental de lo que se acepta, pues las posibilidades de la segunda, en general se desprenden y potencian por las acciones de la primera: las reglas del juego se establecen desde la arena política.

Pasión por la transición

Es un hecho que recién se cumplieron diez años desde que se inició el proceso de democratización, no obstante, lo que parece imperar es un enamoramiento por el estado de transición.

Las tendencias se inclinan por mantener las cosas bajo el orden en que ahora se encuentran, más que por dar el último salto, o aquel que nos lleve a la democracia sustantiva (o de las emociones, a la que alude el sociólogo Anthony Giddens).

Peor aún, según la politología, el riesgo de no avanzar a la democracia sustantiva puede devenir en una regresión al autoritarismo o a cualquiera que haya sido el modelo anterior, pues el fracaso supone un proceso profundo de desgaste para los distintos sectores sociales y políticos, así como el fortalecimiento de los sectores arraigados al viejo régimen.

Los riesgos de la transición

Más allá de la pertinencia y rigurosidad del planteamiento teórico, México parece ser uno de esos casos límite, en donde la realidad se aleja preocupantemente de la abstracción, pues lo que empieza a vislumbrarse es la solidificación del sistema en su etapa de transición, debido a que el salto o la regresión serían por igual devastadores para el esquema actual de la política nacional.

Las élites, en uno u otro caso, estarían condenadas a la extinción. En la democracia, los mecanismos de reproducción desaparecerían –junto con todas sus prebendas- y en caso de regresión, la élite se reduciría significativamente, dejando fuera del juego a muchos de sus actores actuales.

La permanencia de la transición

En los diferentes espacios de comunicación, ya sean impresos, electrónicos y en especial los de mayor audiencia como la radio y la televisión, día a día se generan notas diversas sobre la actividad de los tres poderes.

En lo que corresponde al tema de la democracia, ese complejo entramado de discursos materializa una álgida y permanente lucha por los métodos para llevar a buen fin el desarrollo de la misma. La información es excesiva y termina por confundir al “ciudadano” –o consumidor-.

Los datos son escasos y en general tienden a dispersar las ideas centrales, lo relevante, en todo caso, es que desde el primer nivel del análisis se pueden hacer algunas inferencias, como que se puede observar con relativa facilidad que los ajustes y reformas estructuradas desde el legislativo o propuestas desde el ejecutivo, no son sino estrategias de reproducción.

Probablemente no sean deliberadas, empero, responden a los intereses esenciales de cada partido, de tal manera que lo único en lo que pueden establecer consensos generales y efectivos es en lo referente a sus ingresos o a cuestiones que fortalecen su permanencia y, esto, casi siempre, a costa o en detrimento del proceso democratizador.

Es lo que algunos politólogos denominan como el gatopardismo, es decir; cambiar para seguir igual, e igual es permanecer en la transición.

Cambio de paradigma

En conclusión, quizá y para casos como el mexicano, los esquemas clásicos se hayan agotado y será momento de ir repensando los paradigmas por unos, acaso, de mayor dinamismo, pues aquí lo que se está evidenciando es un problema de movilidad, el cual se desea seguir explicando desde el planteamiento fijo.

Finalmente y, a partir del caso mexicano, revisado de manera muy general, podemos dejar sobre la mesa de discusión que: conceptos como el de transición, son resignificados por la realidad que les alcanza y que no necesariamente implican un proceso de paso, bien pueden referir a un estado de equilibrio.