La fortaleza de La Bastilla fue construida por Carlos V de Francia, para defender el acceso a París, desde la Puerta de Saint-Antoine.

La fortaleza militar se transforma en prisión

El crecimiento de la ciudad sobrepasó esta puerta y la fortaleza perdió su sentido militar, por lo que, más tarde, fue transformada en prisión del Estado. Se conservan exhaustivos registros de la prisión y se puede afirmar que en ningún momento, durante los reinados de Luis XIV y Luis XV, hubo más de 40 prisioneros entre sus muros.

Es más: durante el reinado de Luis XVI se había decidido su cierre, por lo que el 14 de Julio de 1789 sólo quedaban allí un total de 7 reclusos. Se trataba de 4 falsificadores juzgados y condenados, 2 dementes y un obseso sexual, encerrado allí a petición de su familia.

Sin embargo, la prisión estaba guardada por 4 carceleros, 7 funcionarios de prisiones, 82 mutilados de guerra y 38 guardias suizos.

La Bastilla como símbolo del despotismo

A pesar de lo dicho, la mitología que se creó en torno a La Bastilla (pura mitología sobre torturas y atrocidades, difundida por el Marques de Sade) convirtió a la prisión en un símbolo de la arbitrariedad del poder del rey. Se podía encarcelar a alguien en ella (así ocurrió con Voltaire) solamente con la lettre de cachet del rey y sin otra formalidad; lo cual violaba los Estatutos concedidos a los Estados Generales.

No obstante, el general Dumouriez, revolucionario y futuro héroe de la batalla de Valmy (que salvó a la Revolución), afirmaba que en La Bastilla “había siempre cinco platos de comida”, y que el alcalde invitaba con frecuencia a los prisioneros a su mesa.

Los Estados Generales de 1789

Tras la convocatoria de los Estados Generales y la revuelta de París, Launay, el gobernador de la prisión, hizo acopio de pólvora y cañones y redobló la guardia. Corría el rumor de que el ejército real se dirigía a París, con 15.000 soldados, para reprimir la resulta del 12 de julio.

Este rumor provocó que entre diez y treinta mil personas, según la fuente, se congregaran en Los Inválidos, con el fin de conseguir armas para defenderse. Se apoderaron de 32.000 mosquetes, pero no había pólvora suficiente. El depósito de armas más cercano no era otro que la prisión de La Bastilla, donde sabía que encontraría la pólvora que necesitaban.

La multitud busca pólvora en la Bastilla

El caso fue, pues, que la multitud se presentó desarmada (es decir, sin armas de fuego) a las puertas de la fortaleza. Fortaleza que contaba con defensores expertos, cañones (aunque prácticamente inútiles, por ser de largo alcance) y con armas armas de fuego abundantes.

El Comité de Electores de París, para prevenir una masacre, envió una delegación al gobernador de La Bastilla. Launay, para mostrar su buena fe, invitó a la delegación a su mesa a almorzar; pero nadie de la delegación informó a la masa y la multitud “pensó”, ante su tardanza, que habían sido hechos prisioneros.

El asalto a los muros de la Bastilla

Los ánimos se fueron calentando, mientras el gobernador almorzaba con la delegación del Ayuntamiento, hasta que el populacho comenzó a asaltar los muros de la prisión. La guardia abrió fuego y, como Launay había prometido que nadie dispararía, este hecho terminó de exaltar a los parisinos que se congregaban allí.

Al mismo tiempo, llegaba a La Bastilla una columna de 100 personas, entre soldados desertores y otros individuos de París, portando 4 cañones. Launay se negó a utilizar los 15 que tenía disponibles contra sus compatriotas.

Llegan cañones a las puertas de La Bastilla

Pero los revolucionarios, al mando de Pierre Hullin, no tuvieron los mismos escrúpulos y comenzaron sus andanadas. Irónicamente, no había artilleros entre los desertores y, tras 4 disparos, ninguno había rozado siquiera los muros de La Bastilla.

Un regimiento de caballería habría bastado a Launay para no entregar la prisión; pero el rey no se lo envió y, tras las andanadas revolucionarias, por muy erradas que estuvieran, el gobernador decidió rendirse. El antiguo oficial del rey Job-Elie aceptó la rendición y garantizó a los defensores que no sufrirían daño alguno.

El significado de la toma de La Bastilla

Launey ordenó abrir la puerta y rendirse como si de un ejército enemigo se tratara: presentando armas con los mosquetes apuntando a tierra. Hullin trató de conducir a Launay al Ayuntamiento, pero la multitud lo mató a sablazos.

Dos días después, comenzó la demolición de La Bastilla, con picos y barras de hierro; a finales de 1789, no quedaba piedra sobre piedra.

El 14 de julio de 1789, Luis XVI escribió una, y sólo una, palabra en su diario: “Nada”.