La tierra es un ser vivo. ¿Cómo, si no, podrían sacar las especies terrestres tanto partido de los frutos que emitiera un planeta inerte? Se necesita algo vivo para que la vida siga fluyendo a través de ello. Así, de un manzano vivo se podrán aprovechar sus futos en cada temporada y de un almendro muerto no se sacará nada efectivo para la vida.

Es probable que los seres humanos, que han aprendido a sobrevivir en mejores circunstancias que el resto de seres vivos terrestres, hicieran leña de dicho almendro para que, por ejemplo, un invierno fuera menos crudo. La potencialidad del almendro, su capacidad de ser útil para la vida no surge del árbol, sino del humano que lo aprovecha.

De este modo, partimos de que el almendro muerto sirve al ser humano como herramienta, pero no es válido para el fluir vital de los demás seres que pueblan este planeta.

La Tierra se mantiene constante

De la vida surge más vida. De lo que está muerto se puede sacar algo bueno para lo vivo, pero nunca se encontrará ni surgirá la vida de ello. Si se ajusta esta idea o este principio al concepto que se tiene de un planeta habitado por seres vivos, el pensamiento de que la Tierra esté viva no es una completa demencia.

Algo parecido se pensó en la comunidad científica cuando James Lovelock desarrolló la Teoría de Gaia. El científico argumentó que, como ser vivo, la tierra se autorregula: es capaz de aumentar o disminuir su temperatura para favorecer la vida en su superficie, y mantiene estable su química con el mismo fin.

Las glaciaciones y los cambios climáticos que se han sucedido en las eras terrestres forman parte de esa autorregulación, cuyo fin es siempre el mantener la vida en su superficie.

Debió de parecer, y seguramente aún lo parece, que Lovelock hablaba de dotar de una identidad a su planeta. Es probable que el hecho de darle un nombre favoreciera a tal efecto y que, entre otras muchas cosas, provocara el que lo tacharan de loco o de poco relevante para la ciencia.

"La venganza de Gaia"

Con el tiempo, se supone que debido a que todo científico es escéptico a cualquier teoría por principio, la hipótesis de Gaia se vio relativamente favorecida y aceptada.

Este hecho debería despertar cierto estupor, si no en toda la sociedad sí en aquellos que lo descubren por primera vez. Debería respirarse un aire de empatía, sentirse un afán por hermanarse con otro ser vivo de distinto grado, tal y como el humano lo hace con el perro o el caballo.

Sin embargo, y siguiendo las palabras de James Lovelock en "La venganza de la Tierra", la especie humana ha tenido en cuenta a la Tierra como una nave, un medio, un huerto, una despensa, entre otro, pero no como algo vivo a lo que se deba cuidar.

Seamos conscientes

Al parecer, hoy se empeza a tomar consciencia de que la tierra no es tan eterna como en un principio pareció.

Lo que ciertas religiones hicieron con ella, dotarla de unos principios divinos derivados de su creador, empieza a relevarse para dar paso a una nueva noción de lo que es la Tierra y de qué significa vivir en ella. Parece percibirse un ligero toque de fraternidad entre unos seres y su anfitriona.

Es posible que dicha empatía cambie por completo las relaciones Tierra/humano, pero, como toda nueva adaptación, supondrá un proceso largo y costoso en el que se pierdan unos principios, se renueven otros y se encuentren nuevas doctrinas a las que seguir, más ajustadas éstas a la vida en comunión con la Tierra.