La investigación sobre la teoría del inductor la realizó el endocrinólogo francés Jost en 1950. Fueron largos años de investigación incluyendo a todos los mamíferos, hasta conseguir el Test Cromosómico de Barr, el cual fue usado por primera vez en 1957. Este test permite identificar el sexo genético a partir de cualquiera de las células del cuerpo.

El sexo genético se establece en el momento de la fecundación; pero la influencia de los genes sexuales no actúa hasta la quinta o sexta semana de la vida fetal (en los humanos). Durante esas primeras semanas todos los embriones son morfológicamente hembras. Ya no se debe hablar de fase “indiferenciada” o “bisexual” de la existencia inicial del embrión porque el embrión temprano no es indiferenciado: es una hembra.

El embrión masculino es el que tiene que sufrir una trasformación diferenciadora de la anatomía sexual, y solo una hormona, el andrógeno, se necesita para la masculinización genital originariamente femenina. Sin embargo, el desarrollo femenino es autónomo.

La teoría del inductor y el dimorfismo sexual

La teoría del inductor explica y aclara muchos enigmas endocrinológicos y clínicos. Demuestra que no solo la primera gónada, sino los primeros tejidos de todos los órganos sexuales de los mamíferos son por naturaleza femeninos. En ausencia de las gónadas (glándulas sexuales), o de cualquier condicionamiento hormonal, los primeros tejidos sexuales del embrión siguen la pauta femenina de desarrollo.

Por tanto, existe una continua producción de estrógenos y andrógenos por parte de ambos sexos. De esta manera, el grado de dimorfismo sexual, es decir, la diferenciación de las formas adultas masculina y femenina, llega a manifestarse perfectamente. La diferenciación femenina es consecuencia de la morfología innata y genéticamente determinada de todos los embriones mamíferos.

El embrión mamífero masculino tiene que generar durante toda su vida fetal enormes cantidades de andrógenos, con el fin de superar tanto su propia anatomía por naturaleza femenina, como los efectos de los estrógenos maternos en circulación.

No existe una bisexualidad embrionaria innata

El desarrollo femenino sigue un curso normal, sin que los órganos reproductores tengan que ser sometidos a ninguna trasformación hormonal diferenciadora. Sin embargo, el desarrollo masculino, puede considerarse como una desviación de la pauta básicamente femenina.

El macho pasa por una etapa hormonal “bisexual” o “hermafrodita”, debido a la creciente producción de andrógenos; se sobrepone gradualmente a la anatomía innata femenina y a los estrógenos maternos y desvía las estructuras femeninas en dirección del crecimiento masculino.

La evidente morfología embrionaria femenina

Esta importante evidencia obliga a cambiar conceptos aceptados como verdaderos durante mucho tiempo, sobre la naturaleza de la diferenciación sexual. Los estudios embriológicos demuestran que se puede considerar al pene como un clítoris exagerado, que el escroto proviene de los labios mayores, y que la libido original es femenina. En la actualidad, la embriología moderna defiende el mito de un Adán salido de Eva.

La evolución se preocupa constantemente por la diferenciación sexual

La evolución necesita que exista un grado necesario y suficiente de diferenciación sexual en cada especie con el fin de asegurar la supervivencia.

Es un hecho, demostrado por la biología, que los órganos sexuales de los mamíferos comienzan su existencia como estructuras anatómicas y fisiológicamente femeninas dotadas de todas las potencialidades para desarrollarse siguiendo una pauta femenina de crecimiento. Pero según el código genético, estas estructuras femeninas son trasformadas en órganos sexuales masculinos por medio de la actividad de los andrógenos fetales.

La femineidad innata de los embriones mamíferos

La teoría del inductor se demostró entre 1957 y 1958 (tras más de 15 años de investigación), pero los biólogos proporcionaron escasa información. No es de extrañar esta falta de interés que mostraron por este sorprendente y al mismo tiempo importante descubrimiento, porque destruye siglos de mitología y años de teorías científicas.

Además, al sector masculino pareció no agradarle demasiado, y por tanto, la indiferencia hacia el descubrimiento de la teoría era previsible, porque los biólogos han considerado desde hace tiempo que la “bisexualidad” de la fase “indiferenciada” no tenía importancia para ellos.

La teoría del inductor creó una gran resistencia

La resistencia se manifestó por parte de la mayoría de los científicos que escriben sobre la diferenciación sexual de la siguiente manera:

  1. Obviando la etapa de las primeras seis semanas o sosteniendo para este período de tiempo los términos de siempre, que son: “indiferenciado” o “neutro”. Resulta un tanto gracioso cuando se encuentran afirmaciones como “el sexo neutro femenino”.
  2. Evitando el tema usando denominaciones como “el macho homogamético” y “la hembra heterogamética”.
  3. Resaltando que el andrógeno es la hormona activa, diferenciadora, sin explicar siquiera lo que le ocurre al macho genético en ausencia del andrógeno o por qué le ocurre.
Sin duda, la teoría del inductor ha sido una importante contribución procedente de la embriología comparativa, la cual explica el proceso de la diferenciación sexual primaria y de su relación con la viviparidad (proceso de desarrollo del embrión en el vientre de la hembra).