El movimiento tecnocrático, que viene asentándose en la sociedad occidental desde los años 20 del siglo XX, ha difuminado por completo el concepto de política que hasta ahora nos había sido familiar. Las decisiones políticas que otrora quedaban apoyadas en una escala de valores han sido substituidas por las que encuentran su razón en criterios científicos. Hoy día, realizarse la pregunta qué es política requiere hacer un replanteamiento de la situación y analizar minuciosamente, desde diversos planos, los distintos tipos, el del político y el del tecnócrata, con el fin de obtener una visión más clara. En este artículo, a partir de la lectura de La Genealogía de la Moral, de Friedrich Nietzsche, se ofrece una visión psicológica y moral, raya na en la metafísica, de ambos tipos.

Corderos o aves rapaces

La aparición de un tipo de hombre débil y enfermizo, el cordero, condiciona la implantación de una nueva moral en la cultura occidental que cristaliza en la consolidación de una nueva conceptualización moral que paulatinamente ha ido marginando al hombre fuerte y vital, aristos, el ave rapaz. El primero tenderá a refugiarse tras la colectividad, en lo puramente impersonal, que constituirá en todo momento su defensa, mientras que el segundo, centrándose en su propia vitalidad, intenta reconfigurar el orden de lo dado, o de lo ya creado, mediante su propia acción. Los corderos crearán el rebaño, las aves rapaces lo sobrevolarán.

El concepto de ave rapaz encuentra su raíz en los albores de la civilización occidental, a la que, según Nietzsche, debe retornar la enfermiza sociedad actual. Si atendemos a la Antígona de Sófocles, le es propio al ser humano, en cuanto ser más pavoroso que existe, la acción violenta, en el sentido de configurar por la fuerza el orden que le hace frente. Tal debe ser ejercitada desde la polis que, más allá de significar simplemente ciudad o Estado, es el lugar desde donde, a partir de la fuerza creadora del lenguaje, se construye la historia. No le es propio al ser humano, por tanto, atenerse a lo dado, a lo ya creado por él mismo, sino transgredirlo, violentarlo, con su propia fuerza creadora para reconfigurarlo, para crear otro orden nuevo, roturar sobre lo ya roturado.

Pero mientras el ave rapaz, mediante su acción creadora impone una nueva ley, el cordero, incapaz de hacer frente a lo que le es dado, se resguarda en la ley interna que lo configura y lo opone a todo intento de cambio, a toda nueva creación. El cordero, desde el rebaño, juzgará como perversa la acción innovadora propuesta por el ave rapaz, la acción que pretende reconfigurar el orden donde aquel se guarece.

Explicación o justificación

Estos dos tipos de ser humano, aunque más propio es así llamar al aristos, al ave rapaz, realizan dos acciones entre sí diversas. Mientras la de éste, como se ha visto, es la de violentando el orden creado instaurar otro nuevo, la del cordero es la de conservar aquel, por ser el lugar donde queda a resguardo, e impedir su reconfiguración. Para el primero su acción constituye su ley, mientras que el segundo se ampara en la ley impersonal de estructura la armonía donde encuentra su protección.

De tales acciones derivan diversas consecuencias morales. La actividad conservadora y defensiva del cordero se ajustará en todo momento a lo prescrito por la ley impersonal de su orden, siendo, por tanto, una mera consecuencia de aquélla. Tal actividad devendrá en igualmente impersonal, un mero se hace, que encuentra en todo momento su respaldo en el orden dado. El cordero explicará su acción, demostrará que es conforme a dicho orden, quedando exonerado de responsabilidad, pues no otra cosa puede hacer sino ajustarse a lo prescrito.

Por el contrario, la acción puramente individual del ave rapaz no solo debe encontrar su respaldo en sí misma, sino que, siendo ella su propia ley, no acude a otra distinta que le sirva de sostén. El ave rapaz no puede eludir su responsabilidad aludiendo a una ley ajena que explique su acción, no puede esconderse tras un velo impersonal; debe en todo momento dar la cara, afrontar las consecuencias de su acción como propias, justificándolas desde el plano moral, nunca explicándolas desde un supuesto plano científico.

Tecnocracia o política

Característico de la tecnocracia es la tendencia a substituir el poder político, en lugar de ofrecerle apoyo técnicamente con su asesoramiento, apoderándose de la función de decisión que debería recaer en el político. Prescindiendo de la distinción entre política como reino de los fines y técnica como reino de los medios, el tecnócrata se marcha del terreno técnico-económico para introducirse en el de los fines y en el de los valores, pretendiendo que la decisión de tipo político y discrecional —con base en criterios prudenciales y morales— quede reemplazada por una decisión no discrecional, fruto de cálculos y previsiones de tipo científico, en base a puros criterios de eficiencia.

El tecnócrata, al fin y al cabo, nunca decide políticamente, nunca emprende un acción que no quede respaldada científicamente, sino que aplica soluciones en base a la normas propias de su campo de saber. El tecnócrata se ampara en la ley impersonal de su propio campo de conocimiento para, lejos de emprender una actividad creadora, asentar todavía más el estatus que aquella configura. Su responsabilidad, por tanto, tenderá a disminuir en la medida en la que su acción decisoria quede explicada por, se ajuste a, la norma técnico-económica que la ampara.

El político, por el contrario, no perpetúa ese estatus sino que, de acuerdo con una escala de valores, intenta modificarlo, intenta crear otro nuevo. Debe justificar, en todo momento su acción de acuerdo con una escala de valores morales estando, por tanto, su responsabilidad siempre en tela de juicio.

La crisis actual de la política

Gran parte de la crisis política de la sociedad actual se debe al distanciamiento que el tecnócrata, con su acción impersonal que tiende a no reportarle responsabilidades, ha creado e ido incrementando respecto de la sociedad. El supeditar valores de carácter moral (libertad, igualdad o justicia) a un nuevo sistema conceptual basado en conceptos científico-económicos, como los son los de competitividad o eficiencia, ha ocasionado, por un lado, una auténtica fractura entre la clase política y la sociedad actual y, por otro, un debilitamiento de la acción política en sí, la cual ha quedado al albur de decisiones ajenas a la misma.

Esto, al fin y al cabo, no es más que una profunda adulteración de la esencia humana: «Exigir de la fuerza que no se manifieste como fuerza, que no sea un querer debelar, un querer someter, un querer enseñorearse, una sed de enemigos y resistencias y triunfos, es tan absurdo como exigir de la debilidad que se manifieste como fuerza» (La Genealogía de la Moral - Friedrich Nietzsche)