En la lucha constante que existe entre la gente que está a favor y en contra de la llamada “fiesta brava”, los argumentos que más se confrontan son aquellos que hablan, por una parte, del sufrimiento animal y por el otro el rescate del patrimonio cultural que para un sector significan las corridas de toros. A partir de este conflicto, queda el debate de que si la tauromaquia es un objeto cultural y si merece, por su trascendencia, ser promovida o extinguida por las generaciones futuras.

Sin embargo, existen estudios más allá de los planteamientos citados, que examinan a fondo el fenómeno de la tauromaquia desde una perspectiva a la que pocos ponen atención y que, hay que decirlo, está respaldada en la investigación científica y el Psicoanálisis.

Los toreros, suicidas en potencia

El 13 de noviembre de 2003, se dio a conocer la noticia de que el matador de toros mexicano David Silveti se había suicidado de un balazo en la cabeza a los 48 años de edad, en su domicilio, ubicado en la ciudad de Salamanca, estado de Guanajuato, México. Aunque no se tenía conocimiento a ciencia cierta de las razones que lo llevaron al suicidio, en las investigaciones se destacó que el torero se encontraba en una seria depresión provocada por haberse retirado de los ruedos.

Por desgracia David Silvetti no era el único de los toreros que habían tomado la decisión de quitarse la vida. Años atrás, en 1962, Juan Belmonte, quien es considerado el padre del toreo moderno falleció a los 70 años exactamente de la misma causa y si se hace una revisión más a fondo, se encontrará que muchos ex toreros manifiestan las mismas conductas en diferentes etapas de su retiro.

¿A qué se deben las tendencias suicidas de los toreros?

De acuerdo a estudios psicológicos, todo aquel que arriesga su vida o busca el desafío al peligro tiene tendencias suicidas subconscientes. Desde la lógica que ofrece un equilibrio mental sano, una persona sólo arriesga su vida cuando está en un peligro que la podría poner en entredicho, es decir, situaciones límite en las que no hay otra opción.

En el mundo moderno, existen otras razones por las que algunos deciden arriesgar la vida que ya bordean el límite de la salud mental y que entran en lo patológico, como es el ponerse en peligro por dinero, honor, o porque al individuo se le ha programado para eso. Como ejemplo claro están los ejércitos, en los que los soldados son entrenados para arriesgar la vida en defensa de su país, y se les ha inculcado que su vida no vale nada en comparación con la supervivencia de su patria.

Con los toreros sucede exactamente lo mismo. La simbología de la plaza, la presión de los asistentes, el ruedo, la adrenalina, la sangre derramada y el toro que acorrala e invita al desafío al matador, representa el escenario ideal para alguien que siente una atracción por la muerte y por jugar con ella. Por su parte, los toreros que se someten a este desafío, al peligro inducido, desarrollan lo que se llama “adicción a la adrenalina”.

Pero ¿cómo se produce y cómo trabaja la adrenalina en el organismo?

La adicción a la adrenalina, entre deportistas y hasta criminales

De acuerdo a la ciencia médica, todo se inicia en el cerebro, que al percibir pánico o furia, ya sea real o potencial, envía señales a las glándulas suprarrenales, las cuales vierten en el torrente sanguíneo dos hormonas, adrenalina y noradrenalina, responsables de aumentar la presión arterial y la frecuencia del ritmo cardíaco, liberar el azúcar almacenada en el hígado y relajar ciertos músculos. Con esta inyección de adrenalina natural, el cuerpo agudiza los sentidos y produce un estado de excitación, y por ende el deseo de romper los límites.

Esta misma adicción la sufren los deportistas extremos e incluso los homicidas múltiples, como fue el caso de Daniel Arizmendi, un peligroso secuestrador y asesino mexicano quien ha declarado que los últimos secuestros que realizó en su carrera criminal no los llevó a cabo por dinero, sino por la adicción a la adrenalina y la necesidad de sentirse en peligro de ser capturado.

Los aficionados y su patología de ver observar la muerte

En un estudio realizado por Cecilio Paniagua, titulado Psicología de la afición taurina, es interesante observar cómo el fenómeno de la tauromaquia puede afectar la psique de sus espectadores. La tauromaquia, de acuerdo a esta tesis, cumple la función de desahogo y proyección de pulsiones instintivas reprimidas, especialmente de índole sádico, es decir, el aficionado da por hecho y como parte de espectáculo taurino el dolor, la sangre y la muerte, ya sea del toro, el torero, su cuadrilla e incluso los caballos, que en ocasiones son corneados por el toro.

Desde el punto de vista del Psicoanálisis, se desarrolla una lucha interna entre el “Ello", que es parte de los instintos, y el “Súper Yo”, que maneja la conciencia. Existe la disyuntiva interna de que, incluso, el torero sea corneado por el toro en algún momento de la faena, generando un placer culpable en el espectador; de ahí el cuestionamiento y reclamo que le hace al torero en la plaza cuando 'no se arrima' lo suficiente al toro, que no arriesga su vida en la faena, o en su caso, que no sabe matar 'adecuadamente'.

Desde el punto de vista semántico, también resulta interesante el analizar los nombres o vocativos que se utilizan en la fiesta brava. Términos como 'matador', 'picador', 'banderillero', entre otros, son factores que influyen en la manera de ver el espectáculo taurino y en los aspectos psicoanalíticos antes mencionados.

El toreo y el erotismo

Como ya es conocido, la fiesta brava ha sido maquillada de tal forma que pudiera transmitir también, tintes de erotismo. En el estudio de Paniagua, se hace una referencia de cómo varios de los términos del léxico taurino son de carácter sexual y machista, en el que la mujer es el ente rebelde y bravío, que espera ser dominado o sometido por el matador, además de lo que se conoce como la 'erotización del peligro', que supone la excitación sexual hacia el torero y la faena misma.

Como se puede ver, independientemente de la posición que se tenga hacia la fiesta de los toros, es evidente que se desarrollan diversas patologías en todos los involucrados, las cuales habría que analizar, sobre todo en lo referente a su existencia y utilidad en el desarrollo de una sociedad sana desde el punto de vista psicológico.