La sociedad catalana durante la Alta Edad Media

Borrell II, conde de Barcelona - Wikimedia Commons / dominio público
Borrell II, conde de Barcelona - Wikimedia Commons / dominio público
Breve reseña de la sociedad catalana de los primeros tiempos de la Reconquista, sus avances, su organización social y su separación de la órbita franca.

La sociedad de los Condados Catalanes de los siglos VIII-X, pese a ser claramente una heredera directa de la visigótica, y por tanto, similar a la astur-leonesa, presentaba ciertas características específicas que la hacían algo singular.

Organización y pirámide social

En la cúspide de la pirámide social, como era habitual, se situaban los próceres, hijos de noble cuna, generalmente una minoría en cada condado (15-20 familias), y dueños de grandes propiedades, que explotaban tanto directamente como mediante el trabajo de los colonos libres –que, pese a su libertad personal debían pagar a los nobles fuertes censos en especie: trigo, cebada, vino, ganado–, y en menor grado, por sus esclavos (la esclavitud, muy extendida en época romana y visigoda, subsistió aún en ciertas zonas hispánicas durante algún tiempo).

Aquella nobleza acaparaba la capacidad de gobernar, las funciones públicas, restringidas al estamento aristocrático (el veguer o vizconde, el obispo, el abad). No obstante, esta autoridad la debieron ejercer, al menos en un primer momento -en tiempos de la Marca Hispánica-, con el consentimiento del comitates ("conde") carolingio, aunque sin que supusiera ningún problema.

Por otro lado, la gran masa de la población la componían campesinos libres, poseedores de sus propias tierras en régimen de alodio (completa propiedad). Cierto es que estaban sujetos en relación con los magnates, pero, en cuanto al ejercicio de su propia libertad, estaban amparados por amplias garantías. Tal vez esto se debía al hecho de que fueran hombres armados, que, aunque plebeyos, participaban de manera activa en la defensa de su país.

Este campesinado combativo, agrupado en comunidades aldeanas organizadas en torno a parroquias rurales, representaba lo más selecto de las fuerzas vivas de la Cataluña de los siglos VIII al X. Vendían o arrendaban sus tierras a su antojo, construían sus propias iglesias, elegían a sus párrocos, y contaban con sus propios mecanismos de resolución de conflictos internos, mediante los llamados boni homines (“hombres buenos”), no tanto jefes de pueblo como simplemente árbitros, personas de probada sabiduría y prudencia, cuyas virtudes les permitían dar consejo en asuntos delicados que tuvieran que ver con el buen funcionamiento de la comunidad.

Asimismo, las aldeas estaban protegidas por el conde, que encontraba en ellas lo más granado y valeroso de su ejército y un inestimable contrapeso en la balanza frente al poder de la, a menudo, beligerante aristocracia local.

Por paradójico que resulte, la sociedad catalana altomedieval encontraba su dinamismo en su misma fragilidad de base, explicada por la precariedad de los medios de subsistencia disponibles, y por la persistente amenaza que representa el vecino musulmán, el enemigo.

En este contexto, la solidaridad era la base imprescindible de todas las relaciones interpersonales. No hacía falta todavía recurrir al ceremonioso vasallaje típico de los siglos venideros, feudales, para que, ante el más mínimo problema, toda la sociedad se organizara en defensa del bien común.

Cataluña se desvincula de Francia

Otro de los rasgos más característicos de aquella sociedad de hombres libres, que podríamos llamar quizás “campesinos-guerreros independientes”, es su adscripción al concepto de legalidad. La antigua Lex Gotica, el viejo código jurídico heredado del rey visigodo Recesvinto, seguía siendo tan válido entonces como cuando fue concebido. Es más, los condes, algunos de origen franco, se consideraban orgullosos garantes del Derecho como rectores; y ello a pesar de tener que mostrar, contemporáneamente, una lealtad inquebrantable a sus inmediatos superiores, los reyes carolingios.

No obstante, con el tiempo, las relaciones de los condados catalanes con la monarquía franca se fueron disipando. En esta situación convergían dos realidades distintas: una, la indiferencia creciente de los reyes carolingios hacia la suerte de una provincia tan lejana; otra, el paulatino debilitamiento del poder carolingio tras la muerte de Carlomagno (814), cuando el imperio se resquebraja, dividido entre sus numerosos descendientes; en estas circunstancias, el citado desinterés de los francos por aquellas tierras ultrapirenaicas, difíciles de defender, y pobladas por gentes hispánicas, a su entender, quizás, “extrañas”, no hizo sino acrecentarse, máxime cuando los sucesores de Carlomagno estaban más preocupados por resolver sus problemas internos que por cualquier otra cosa.

Así, acabará produciéndose una ruptura de facto. Cuando en el año 985, el caudillo musulmán Almanzor asedió Barcelona, su conde Borrell II pidió ayuda a su soberano, Lotario. Pero la ayuda nunca llegó. Desde entonces, los catalanes comprendieron que se encontraban, una vez más, abandonados a su suerte; y empezaron a confiar, en adelante, sólo en sus propias fuerzas para resolver sus problemas. Borrell II ni se preocuparía en renovar los pactos de vasallaje con el nuevo monarca francés, Hugo Capeto.

Conquistas territoriales a golpe de arado

Entre los siglos IX y X, el lento pero constante progreso en las roturaciones de nuevas tierras para cultivos, recuperando inmensas zonas baldías entre los Pirineos y el mar, permitió que los campesinos-guerreros catalanes descendieran de las escarpadas alturas pirenaicas hacia las llanuras fértiles. Se trata de un trabajo colosal, fruto de generaciones y mucho esfuerzo, arrancando aquí y allá trozos de tierra cultivable al bosque. Pero, como hemos dicho en un artículo anterior, eran la única manera posible para escapar del hambre.

Los mayores logros de esta conquista territorial se dieron más a golpe de arado que de espada. Desde el Bajo Pallars hasta el Ripoll, desde la Plana de Vic y el Pla de Bages hasta el Penedès, empiezan a aparecer cultivos de vides, trigo y olivos, la tríada mediterránea, tan clásica y al mismo tiempo tan difícil de hacer florecer en las originarias altitudes montañosas.

Un mérito realmente único y propio de Cataluña, quizá sólo visible coetáneamente en Italia, es este fenómeno de las grandes roturaciones, que propician el crecimiento rural, y, aparejadamente, urbano. Mientras en el resto de Europa el incremento de roturaciones se verificará sólo a partir del año 1000, en Cataluña llevaban, cuando menos, un siglo de ventaja. Ciudades como Barcelona se rodearon desde mediados del siglo IX de vastos campos agrícolas y huertas, cuyos beneficios permitirán, por primera vez en mucho tiempo, un incipiente desarrollo económico, y por extensión, demográfico, cultural y artístico.

Foto carné, Juan A. Cantos Bautista / CC

Juan Antonio Cantos Bautista - Un espacio para la historia, el arte, la reflexión y el pensamiento crítico. Pero, ante todo, un espacio para todos. Esta ...

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