Hasta que el emperador Constantino (315 D. c.) convirtió al Cristianismo en la religión oficial, muchos romanos adoptaron como ley de vida el “Carpe diem” de Horacio.

El hecho de alcanzar el éxtasis con alguien bello, se concebía como un don de los dioses y uno de los momentos más importantes de la vida.

Por tanto, tan sólo regulaban el sexo en la medida en que pudiera suponer una amenaza para las instituciones de la elite, alrededor de un 2% de la población de la Roma precristiana.

Vida doméstica

Poseer esclavos para satisfacer los caprichos sexuales, y que estos convivieran bajo el mismo techo que la esposa legal, era una costumbre muy arraigada entre los patricios. Se trataba de sexo entre el amo y su propiedad, fuera menor o no, y por tanto, legalmente, suponía lo mismo que el uso de un bien propio.

El sexo entre hombres se consideraba aceptable, siempre y cuando el ciudadano libre fuera el de la posición sexual activa y el pasivo fuera un esclavo. Lo que realmente importaba era que la otra persona perteneciera a una clase social inferior porque, en realidad, la moral de la sexualidad romana giraba alrededor de la idea del control.

Los romanos no poseían ningún concepto de pornografía en cuanto al sexo, sino que su representación artística obedecía al simple placer de disfrutarlo.

El sexo era algo natural hasta el punto de exhibir con orgullo en sus objetos cotidianos pinturas y grabados con todo el abanico de prácticas sexuales imaginables.

Un ciudadano podía tener mantener relaciones con su esposa en casa, con un hombre en los baños, con una prostituta en un burdel, o con un esclavo propio, y sólo ser criticado si no era capaz de mantener cada cosa en su lugar.

El ciudadano romano recurría al sexo para la realización personal, puesto que la obtención de placer era el valor dominante al que se sometía todo lo demás.

Prostitución

En la antigua Roma existía un amplio comercio de prostitución. Las prostitutas eran educadas para la conversación y el placer, debían llevar vestimentas diferentes, teñirse el cabello o llevar pelucas amarillas y eran inscritas en un registro.

Las que estaban registradas en las listas públicas eran conocidas como Meretrices mientras que las Prostibulae ejercían su profesión donde podían, librándose del impuesto obligado.

Las Ambulatarae recibían ese nombre por trabajar en la calle o en el circo mientras que las Lupae trabajaban en los bosques cercanos a la ciudad y las Bustuariae en los cementerios.

Las prostitutas de más alta categoría eran conocidas como Delicatae y tenían entre sus clientes a senadores, negociantes o generales.

La mayoría de las prostitutas podían encontrarse en lupanares, establecimientos que contaban con licencia municipal, circos y anfiteatros o aquellos lugares donde el sexo era un complemento de la actividad principal, es decir, tabernas, baños y posadas.

Los lupanares eran identificados en la calle con un gran falo que era iluminado por la noche, decorados con murales alusivos al sexo y una lista de precios y servicios en las puertas de las habitaciones.

Existen muchas referencias escritas de mujeres de las familias más nobles que ejercieron la prostitución por puro placer, entre ellas, Julia (hija de Augusto), Agripina y Mesalina (esposa del emperador Claudio).

La prostitución sagrada era aquella con que las mujeres atraían favores de las diosas protectoras de su pueblo.

La mujer debía ofrecer su virginidad y fertilidad a la diosa Venus a través de la unión con un sacerdote o un extranjero; el forastero, en este caso, debía pagar a su vez con una ofrenda en especie o en metálico para costear los cuidados del templo de la diosa.

La prostitución masculina era legal y sus profesionales pagaban impuestos e incluso celebraban su propia festividad, como las prostitutas. Pero mientras ellas solían ser de clase baja y ofrecían sus servicios a precios módicos, ellos se vendían por cantidades elevadas y conseguían amasar cierta riqueza.

Culto al cuerpo, al sexo y al hedonismo

En la cultura latina precristiana, el acto sexual llegó a ser una manifestación religiosa. Después, esta creencia perdió su base religiosa y se transformó en hedonismo puro. Es especialmente famoso el caso de las orgías romanas, que llegaron a dimensiones monstruosas durante ciertos períodos de su historia imperial.

En este período se consolidó también la exaltación del potencial sexual masculino, a través de las imágenes divinas como Zeus y, especialmente Apolo (de ahí la “belleza apolínea”)

La educación sexual tenía un papel preponderante en esta sociedad. Los romanos consideraban vital desarrollar una sexualidad plena y buscaban, por tanto, cumplir el ideal de la vida sexual. Educaban a sus niños en el conocimiento de las funciones sexuales como algo natural y ensalzable, exaltando el erotismo desde muy temprana edad.

Homosexualidad

La homosexualidad no era censurada, muy al contrario, era una más de las manifestaciones de poder de un varón romano, siempre y cuando se mantuvieran unas reglas muy precisas: en la pareja homosexual, siempre existía un amo y un sometido, siendo estos últimos generalmente jóvenes de clase social inferior o esclavos.

Pero la introducción de la moral estoica, en plena época del Imperio, condujo a varios pensadores y gobernantes a condenar las conductas homosexuales.

Tabúes romanos

En la cultura romana antigua no existía nada parecido a nuestra noción contemporánea del hecho lésbico.

Los autores romanos hacen referencia al coito entre dos mujeres refiriéndose a una de ellas como a un monstruo contranatura que complace a su pareja aberrantemente.

Prácticas como la felación, el cunnilingus y el sexo entre mujeres estaban proscritos.

La felación, ya fuera practicada por un hombre o una mujer, convertía a su ejecutor en culpable y el cunnilingus también sumía en el descrédito a la impura boca de la persona que lo practicaba.

La Roma precristiana tenía como eje de moralidad y ética otro muy diferente al del siglo XXI. La religión modificó el aspecto sexualmente lúdico de la sociedad hasta hoy, en que las referencias sobre lo correcto e incorrecto mutan cada día.