Barulleros, encantadores, dramáticos, pasionales, grandilocuentes y cándidos. Los argentinos entre los 20 y 60 años buscan incansablemente seducir, cortejar, flirtear.

Tienen a su favor, en su mayoría, una oratoria difícilmente ignorable. Sonríen y patinan eses y zetas en un susurro mezclado con medias sonrisas de malevo. Caballeros cuando se lo proponen, detallistas y halagadores.

Las mujeres, coquetas ellas donde las haya, flirtean, se embellecen y seducen con un cierto halo de disimulo, como sin querer.

Hermoso crisol de razas, tanta inmigración variada en una tierra de amplios espacios generosos, los productos de esta mixtura son, cuando menos, sorprendentes.

Hembras de largas piernas, esbeltas, redondos y firmes traseros, cabello largo y cuidado y, quien más quien menos, engalanadas de la mejor manera posible. Ellas son las dueñas de las sonrisas pícaras acompañadas de gestos infantiles.

Nada de expresar obviamente lo que quieren, para conquistarlas hay que ir sacando velos de una muy sabia histeria aprendida durante generaciones para que los varones anden persiguiéndolas hasta casi el ruego lloroso.

Maestros, ambos sexos, en seducir y maravillar.

¿Y qué sucede cuando llegan a la cama?

¿Qué pasa sin palabras, sin afeites, sin red?

Los varones

Vistos de lejos son leones rugientes. Más de cerca van pareciendo menos amenazadores, y bien, pero bien cerca, se sienten un poco inseguros de qué papel les toca jugar.

La sexualidad masculina argentina está plagada de fantasías. Típicas fantasías como los tríos, las orgías (fiestas), el sexo anal y el sexo oral. Mueren por experimentar todo, probar todo, como los niños en una tienda de golosinas... pero pocos se animan, a la hora de la verdad.

Resulta que, sin ningún tipo de fundamento, tienen una concepción muy poco relajada del papel del hombre en la relación sexual. Quieren demostrar su hombría como dé lugar y frecuentemente esto precipita un desastre rápido y enfebrecido que los deja agotados, jadeantes y con ganas de preguntar si "gustó".

Si llegan a tropezar con una mujer muy segura de su sexualidad, abierta y curiosa, no siempre saben cómo manejar la situación. Temor, es la palabra. Temor infundado, por supuesto, porque ellos no saben hasta qué punto son naturalmente sexies y atractivos.

Están tan tensos que no disfrutan una oportunidad en la primera ocasión que se presenta. En vez de eso, se miden el desempeño, se autocritican, vigilan las reacciones de la mujer y, estresados, no dan crédito a su suerte.

Acostumbrados a perseguir y rogar, una amante generosa (gauchita) asombra al más pintado. Una sesión de gozoso y voluntarioso sexo oral donado por la dama, una disposición feliz a diferentes variantes sexuales, y la entrega realmente deseosa de sus posaderas, son algo que el macho argentino no puede concebir.

De ese trance saldrá de una de estas tres maneras:

  • Se esforzará para dar y hacer lo que no tiene.
  • Tendrá una falta de erección por la que se maldecirá el resto de sus sus días, debido al estrés.
  • Tendrá un encuentro sexual muy satisfactorio y horas después comenzará a preocuparse por su salud sexual, prejuzgando el conocimiento amatorio de la mujer con quien estuvo.

Las mujeres

Hermosas, sensuales, eróticas, provocativas. Pero... "NO" es su palabra favorita. El arte del flirteo y la histeria es magistral en una argentina. Pueden volver loco de deseo a cualquier varón, y dejarlo plantado a un paso de la cama con una sonrisa calculada y un sinuoso movimiento de caderas al marcharse.

Ellas provocan descaradamente, pero no llegan mucho más lejos. Son promesas enfebrecedoras.

Actrices excelentes. Desean saber hasta dónde llega su poder, y después, tranquilamente se dan la vuelta y esperan otra cita.

Ninguna confesará sexo en la primera salida con un hombre y despreciará a la que lo haga. Ellas se consideran muy valiosas como para malgastar tanto potencial femenino.

La llave de esta puerta es "el compromiso" por parte del varón a una relación estable. Entonces él irá obteniendo, poco a poco, beneficios sexuales en hoteles por hora. Si el plan es el matrimonio, es muy posible que la mujer prometa sexo anal después de la boda.

Ellas, las argentinas, siempre conceden, no manifiestan un disfrute activo, en el sexo anal y oral. Es un trueque, una negociación continua, íntima y privadísima entre los dos miembros de la pareja.

Así son los argentinos en gran parte, aunque no todos. La comunicación de códigos entre ellos es perfecta. Los cortejos en Argentina, sean para una noche o para una vida, son dignos del mejor libreto teatral.

Ellos se inflan, seducen y envuelven a una hembra engalanada, coqueta y dispuesta... al amor. Pero los códigos a grandes rasgos son los mencionados. Y, al fin al cabo, complementarios.

La candidez debajo del malevo necesita de la seguridad que encuentra en esa dama que se resiste, que tiene, al menos eso se pretende, menos experiencia y por tanto, es más sublime conquistarla.

Forma parte de la esencia de este pueblo, parecer lo que no se es y ser lo que no se parece.