Hija del Rey de Polonia, María Amalia nació en Dresde en 1724. Con tan sólo trece años de edad subió al trono de Nápoles al contraer matrimonio con Carlos VII, soberano de este reino e hijo de Felipe V, primer rey de la dinastía Borbón que reinó en España.

En 1759 llegaron a España para ocupar el trono que la muerte sin descendencia de Fernando VI, había dejado vacío. Como nuevo rey de España, su esposo pasará a llamarse Carlos III, y ambos fijarán su residencia en el Palacio de El Buen Retiro, junto a sus hijos. De los 13 que había tenido el matrimonio, sólo sobrevivieron 7, entre los que se contaban el futuro rey de Nápoles, Fernando I, y de España, Carlos IV.

Fue una reina amante de las artes y defensora de las ideas de la Ilustración. Le agradaba que la llamaran Amelié, siendo el francés su idioma preferido, aunque aprendió el italiano mientras fue soberana de Nápoles. El español apenas pudo hablarlo, ya que murió muy joven, a los 36 años, habiendo reinado tan solo dos en España. Su esposo, Carlos III, muy afectado por su muerte, expresó que ”en 22 años de matrimonio, ese había sido el primer disgusto de su matrimonio”, y declaró que no volvería a casarse. Promesa que cumplió.

El retrato que de ella se conserva en el Museo del Prado nos presenta a una reina sin ningún atributo del poder que detenta. Sentada, con un libro en las manos, mira directamente al espectador. Es precisamente la vivacidad de su mirada lo más llamativo del cuadro, aunque resulta paradójico pues su autor, Antón Rafael Mengs, lo realizó un año después del fallecimiento de la reina y tomando como base una miniatura que Carlos III conservaba con gran cariño. No se trata tampoco de un retrato realista ya que, a pesar de lo joven que era cuando llegó a España, al natural revelaba un avanzado deterioro físico a causa de los numerosos embarazos y partos, que habían apagado la luminosidad de su rostro y deteriorado su dentadura.

Siempre mantuvo que la etapa más feliz de su vida la había pasado en Nápoles, de donde trasladó las figuras de su “belén” preferido.

El belén napolitano de la reina

Entre el abundante equipaje con el que desembarcaron Carlos III y Amalia de Sajonia en Barcelona en su viaje desde Nápoles, se contaban las frágiles cajas que contenían cerca de 7.000 figuras de un “belén” napolitano. Era uno de los bienes más queridos de la reina, que disfrutaba participando en la confección de los vestidos y complementos de ellas.

Las figuras habían sido realizadas en la Fábrica de Capodimonte, fundada por Carlos III cuando fue soberano de Nápoles a imitación de la que existía en la ciudad alemana de Meisenn, donde se fabricó la primera porcelana de Europa.

El interés por la porcelana y su fabricación era común a los nuevos reyes. A María Amalia le venía de familia, pues tanto su abuelo como su padre, Federico Augusto, elector de Sajonia, se habían visto fascinados por su proceso de producción. Carlos III, a raíz de su matrimonio también se sintió atraído por esta industria y cuando se trasladó a España, lo hizo acompañado por artistas y artesanos italianos que más tarde formarían parte de la Fábrica del Buen Retiro.

Del montaje e instalación del “belén” de la reina, se encargaba un escenógrafo, aunque los mismos soberanos participaban activamente con sus hijos cuando se colocaban las figuras cada Navidad. La reina disfrutó solo una vez en España de este rito familiar a causa de su temprano fallecimiento. Fue en la Navidad de 1759, cuando el belén se instaló por primera vez en las dependencias del Palacio del Buen Retiro, residencia oficial de los reyes por estar aún en obras el Palacio Real, al que se trasladó Carlos III, ya viudo y con sus hijos, en el año 1764.

El entusiasmo que demostró en el montaje del belén María Amalia durante su última Navidad con su familia, fue pronto imitado por miembros de la Corte y la nobleza, costumbre que pronto pasó por las clases populares.

El “Belén del Príncipe”

Del “belén” de María Amalia de Sajonia se conservan hoy en día 89 piezas, que conforman el “Misterio” con la Virgen, el Niño Jesús y San José, así como la cabalgata de los Reyes Magos y su numeroso séquito. Son figuras de 38 cm. ataviadas con ricos ropajes que esconden un cuerpo de alambre recubierto con cáñamo y que sólo dejan al aire la cabeza, manos y pies, que son de barro.

En 1788, Carlos III encargó a varios artistas españoles la fabricación de nuevas figuras para el “belén” con la intención de regalárselo a su hijo y futuro heredero, que reinaría con el nombre de Carlos IV.

Entre los artesanos elegidos por el rey para este trabajo estaba José Esteve Bonet, que realizó 120 figuras, tanto de animales como humanas, que representan diversos oficios. El resultado era mucho más que la representación del nacimiento de Jesús, pues formaban un excelente muestrario de la vida cotidiana del Nápoles siglo XVIII, con sus enfermedades y miserias.

Desde ese momento y hasta el año 1930, cada Navidad en el Palacio Real, el conocido como “Belén del Príncipe” fue el protagonista. Sólo dejó de montarse durante el periodo del llamado Sexenio revolucionario y desde la llegada de la II República a España hasta el año 1989, en el que volvió a recuperarse aquella tradición.

Se restauraron las figuras del siglo XVIII y se realizaron otras siguiendo los mismos esquemas artísticos y de vestuario. En el 2008, Las figuras del “Misterio” napolitano fueron elegidas para una colección de sellos de tema navideño editados por Correos de España, y al año siguiente el motivo principal de las felicitaciones de la Casa Real Española.

Cada año, Patrimonio Nacional abre al público en el Palacio Real un montaje escénico con el “Belén del Príncipe”.