La región más aislada e inhóspita de Islandia

Puffin - Miguel Reglero
Puffin - Miguel Reglero
Senderismo y aventura en la península de Hornstrandir, la zona más remota y extrema del lejano cuerno del oeste, reserva natural desde 1975

Los fiordos del oeste tienen una geografía tan accidentada que para avanzar un kilómetro en línea recta hay que conducir cincuenta por carretera. Isafjordur es el centro neurálgico, comunicado con el resto del país por un aeropuerto doméstico, y con toda la región de los fiordos por un puerto del que parten a diario -en los meses de verano- los barcos turísticos, única vía de acceso a la parte oriental de la península.

Territorio salvaje

Hornstrandir se encuentra deshabitada desde hace décadas, cuando sus últimos pobladores se marcharon para siempre debido a las inhóspitas condiciones de este territorio. No hay carreteras, ni cobertura de móvil, ni servicios de ningún tipo. No hay más casas que las escasas granjas abandonadas que sirven hoy en día como refugio para grupos senderistas organizados. Incluso en el mes de agosto sus cimas se encuentran nevadas, el tiempo cambia constantemente y la niebla cae tan deprisa que no da tiempo a reaccionar.

Excursiones organizadas desde Isafjordur

Vivir la experiencia de Hornstrandir es conocerse a uno mismo, saber de qué se está hecho. Hay excursiones de un solo día que salen desde Isafjordur hacia los acantilados de Hornbjarg. Una mochila con un bocata y la cámara de fotos con la batería cargada. Otra opción es pasar la jornada en Hesteyri, donde se puede visitar la antigua estación ballenera y tomarse un té en la única cafetería de la península. En la oficina de turismo de Isafjorsur hay información de todas las posibilidades turísticas.

Pero la mímesis con este lugar se logra caminándolo. Recorriendo los abruptos senderos que comunican las bahías, vadeando los gélidos ríos que interrumpen los caminos, admirando los paisajes únicos que esperan tras el siguiente collado. Conviviendo con él.

Material de senderismo imprescindible

Una tienda de campaña ligera es la mejor forma de pasar la noche sin limitaciones de etapas. Hay varias zonas de acampada siempre cercanas a la costa. Todas tienen un refugio de emergencia y en algunas hay agua corriente, aunque el agua de todos los ríos de Islandia es potable. Es conveniente llevar un saco de dormir que aguante temperaturas bajas, y más comida de la que se vaya a necesitar.

El GPS es recomendable pero no imprescindible. Un buen mapa y una brújula son suficientes para orientarse, tomando siempre las precauciones necesarias. Hay senderos, pero no están marcados con señales aunque sí con hitos, y en algunas partes desaparecen sin más y vuelven a aparecer más adelante.

El vadeo de ríos es inevitable. No hay más remedio que descalzarse, apretar los dientes y avanzar paso a paso por la helada corriente, que en ocasiones puede llegarnos hasta la cintura. Hay que tener muy en cuenta los horarios de las mareas en los vadeos a nivel del mar, podemos haber cruzado sin problema a mediodía y encontrarnos bloqueados por el nivel del agua al regresar por la tarde.

Avistamiento de animales

El encuentro con la fauna local está garantizado. Los zorros árticos merodean descaradamente alrededor de los humanos en busca de algo de comida. Son inofensivos pero hay que poner los víveres a buen recaudo por las noches, porque se cuelan por cualquier rendija.

Las aves son las dueñas del lugar por número y variedad. Las hay a miles, especialmente en los acantilados de Hornjbarg, en cuyas paredes de 534 metros se reparten por alturas según jerarquía. Entre ellas destacan los simpáticos puffin o frailecillos, símbolo de Islandia.

Las focas, relativamente fáciles de ver entre las rocas de las costas, tumbadas impávidas o asomando sus cabecitas desde el agua. Las ballenas son más complicadas de divisar, desde el barco se puede tener suerte y distinguir alguna aleta gigante en la distancia.

El oso polar, cazador infalible, llegan todas las primaveras, flotando sobre icebergs al desprenderse los bloques de hielo de la banquisa ártica o de Groenlandia. Desgraciadamente para ellos su condición de asesino implacable les lleva a la muerte, abatidos en protección del turismo inminente, y desatando oleadas de protestas de grupos ecologistas.

Rutas de aventura en un territorio de fuertes contrastes

Naturaleza salvaje sin tregua, solo apta para quienes estén dispuestos a disfrutar y sufrir a partes iguales. El frío, la lluvia y el viento harán de la caminata un suplicio. Después saldrá el sol, iluminando las bahías rodeadas de montañas nevadas y verdes prados surcados por fuertes corrientes de agua. De repente la niebla, ya no se ve nada y es muy fácil perderse en uno de los tramos en los que desaparece el sendero. Y, al despejarse, nos encontramos esos increíbles acantilados, los más altos de Europa, hogar de un millón de aves en constante movimiento, volando a todas las alturas, aterrizando en sus nidos y volviendo a despegar mientras lo llenan todo con sus chillidos ensordecedores. Un espectáculo sobrecogedor.

Silencio absoluto en la otra cara de la pared. Una familia de zorros árticos asoma desde detrás de unas rocas temerosos de la presencia humana pero expectantes ante la posibilidad de obtener alguna golosina. Dos cisnes blancos flotan elegantemente sobre el lago glaciar que refleja el cielo bajo los murallones de Hornbjarg, rodeados de campos de flores violetas y amarillas. El camino asciende en línea recta sin horizonte y termina al borde mismo del precipicio, en caída vertical sobre el mar. Más allá: el polo norte.

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