Un estudio llevado a cabo hace un tiempo en Gran Bretaña sobre la incidencia de la radiación ultavioleta - UV - proveniente del Sol indica que su aumento o disminución explica la incidencia de inviernos más suaves o más rigurosos. El equipo de investigación, encabezado por el Servicio Meteorológico Nacional Británico en colaboración con científicos de la Universidad de Oxford y del Imperial College de Londres, ha determinado que los ciclos solares de once años en los que varía la radicación ultravioleta, coinciden con estos cambios de temperatura. Los científicos que encabezaron la investigación son Adam Scaife, Joanna Haigh y Sarah Inseson. Estas mediciones que venían de períodos anteriores, comparadas con las actuales mediante los datos satelitales de este ciclo, han determinado una relación causa efecto en los cambios de radiación UV, corroborando que la disminución actual se corresponde con los duros inviernos sufridos en partes del hemisferio norte en los últimos dos años. Los datos provienen del satélite norteamericano SORCE que tiene un dispositivo que mide desde hace varios años las ondas electromagnéticas emitidas por Sol, registrables en los espectros infrarrojo, visible y ultraavioleta. Pasadas las estadísticas a un modelo de computadora se obtienen estos asombrosos resultados que tienen que ver con los efectos de los rayos en la circulación de masas de aire sobre el Océano Atlántico, desde los trópicos hacia los polos y de este a oeste y viceversa.

Masas de aire frío

Se sabe que la radiación solar UV puede fluctuar hasta cinco veces con más intensidad que las mínimas que presenta durante este ciclo. Esta radiación UV es absorbida por la estratosfera, la capa alta de la atmósfera de la Tierra, por el ozono, que opera como protección a esta radiación. Se produce entonces el aumento de temperatura de estas capas exteriores porque la absorción de radiación libera energía en forma de calor. Pese a que la estratósfera está relativamente lejos - 50 kilómetros de altura - como para pensar que pueda influir en el clima, la realidad es que estos cambios producen variaciones importantes en las masas de viento que circulan por el hemisferio norte, en este caso el llamado flujo del oeste, viento menos fríos que recorren Europa, Siberia y América del Norte en la época de alta radiación UV. La reducción actual de radiación ha producido menor liberación de la energía en la estratósfera y una formación de masas de aire muy frías en los trópicos, que provocan una mayor influencia de vientos del este, que influyen enfriando la superficie en el hemisferio norte.

El Océano Atlántico divide el clima

Las masas de aire que circulan por el Océano Atlántico se redistribuyen a causa de estas modificaciones en la radiación UV. En este sentido, el aire más caliente se dispersa de tal forma que Groenandia, Canadá y la zona del Mediterráneo pueden tener temperaturas menos frías, mientras que Siberia, Europa y EE.UU. pueden estar más fríos. Mucho tiene que ver la influencia de los vórtices mínimo y máximo de Islandia (ciclón) y las Azores (Anticiciclón) y la corriente del Golfo, la que naturalmente hace subir la temperatura, pero la radiación UV debilita la influencia del mínimo del ciclón de Islandia, haciendo influir al viento frío del Ártico en dirección este en esa latitud.

Efecto invernadero

Una de las integrantes del equipo investigador, la profesora Joanna Haigh del Imperial College de Londres, destacó que respecto de los cambios climáticos no se puede comparar la variación de radiación UV con los efectos de la emisiones de gases que viene produciendo el hombre desde hace más de un siglo. El efecto invernadero que estas emisiones provocan tiene un efecto mucho mayor sobre el clima considerado a largo plazo, que las que puedan provocar las variaciones de las radiaciones UV; sin embargo en el corto plazo que implica un ciclo solar o una estación de año sí, tal como se ha comprobado en los últimos inviernos septentrionales.