El quintral es un muérdago de flores rojas, una enredadera trepadora que seca al árbol al cual se abraza. Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, fue apodada de esta manera aludiendo a su cabellera roja y a su extrema crueldad.

Familia de asesinas

Perteneció a una de las familias más importantes y poderosas del reino de Chile. Su abuelo era alemán y fue paje del monarca Carlos V antes de embarcar con los conquistadores hacia el nuevo mundo. Allí se casó con la hija de otro alemán, una india heredera de un poderoso cacique mapuche. Como tales poseían grandes extensiones de terreno. De este matrimonio nació la madre de Catalina, famosa por matar a latigazos a la hija bastarda de su marido y por intentar envenenar al gobernador del reino, Alonso de Rivera. Tuvo escuela, ya que su madre que había sido amante de Pedro de Valdivia(el conquistador de Chile), fue acusada de bruja, coronando su carrera asesinando a su marido mientras dormía, echándole azogue hirviendo por un oído.

Catalina

Nació en Santiago de Nueva Extremadura en 1605. Quedando pronto huérfana de madre, fue criada por esclavas negras e indígenas, su abuela y un padre severo. Era analfabeta, pero con una gran inteligencia y astucia. Dirigía personalmente las faenas en sus territorios y conocía gracias a sus esclavas los conjuros y sortilegios de sus antepasadas y los secretos de la naturaleza. Su padre, vio en su hija el legado de crueldad de las mujeres de la familia, y no le faltaba razón ya que al poco fue envenenado por ésta que, ya libre de la vigilancia paterna, tuvo cada vez menos frenos. Fue sin duda, el retoño más violento de un linaje de brutales mujeres.

Asesinatos

El cuerpo de don Enrique Enríquez de Guzmán, caballero de la Orden de San Juan, apareció una mañana molido a palos en una plaza cercana. Al parecer, tras pasar la noche con Catalina, con la que pretendía contraer matrimonio, fue seguido por sus esclavos que por orden suya lo golpearon hasta la muerte. Pero la Quintrala consiguió librarse del castigo mediante sobornos y haciendo confesar mediante torturas a uno de sus esclavos que acabó siendo ahorcado.

Su abuela decidió entonces casarla con un caballero noble de poca fortuna, Don Alonso de Campofrío y Carvajal. Junto a él y su único hijo, que murió con 10 años, vivió hasta que quedó viuda relativamente joven, en 1650, dedicándose de nuevo a las más atroces crueldades. Ya en vida de su marido cometió una serie de crímenes en los que, probablemente, fueron cómplices. Se le atribuyen más de cuarenta asesinatos. La inmunidad eclesiástica y sus poderosas relaciones sociales y familiares, impidieron por mucho tiempo que se la acusara de nada. Hasta que en 1660, las autoridades decidieron empezar a investigarla. Francisco Millán interrogó a sus esclavos y sirvientes los cuales le contaron como la señora castigaba a todos sin importarle sexo ni edad, desnudándolos, atándolos boca abajo, azotándolos y luego echándoles sal y orines y volviendo a azotarlos día y noche. A veces los desollaba, otras los quemaba e incluso los asaba en sus hornos. Pobre del que le tocara aquel día: castigos con el látigo, el cepo y diversas torturas a cada cual más cruel.

Su final

Sometida a juicio fue encerrada en su casa bajo arresto y vigilancia cuando ya contaba con 50 años, aunque ella por supuesto lo negó todo, incluso que los instrumentos de tortura fueran suyos. Durante cinco años se celebró el juicio, en los cuales ella siguió cometiendo crímenes. De los 39 asesinatos que se investigaron fue encontrada culpable de 14, a pesar de las influencias que utilizó para alargar el proceso, y condenada a pagar mil pesos por cada negro y quinientos pesos por cada indio. Finalmente murió al año siguiente, en 1665.

En su testamento había dejado todos sus bienes a la Orden de San Agustín, considerándolo dinero suficiente para que se le rezaran veinte mil misas. Fue enterrada con los hábitos agustinos en el recinto de dicha orden. Donó 6000 pesos además para costear una procesión anual en su honor de forma perpetua. Así, aunque no se arrepintió de sus crímenes, compró la justicia divina, como en tantas ocasiones había comprado la terrena.