El terremoto y tsunami japonés de marzo de 2011 y su tragedia humana, así como las serias consecuencias de dicho terremoto en la central nuclear de Fukushima, han supuesto la convergencia de dos viejos miedos en la psique japonesa: el desastre natural por un lado y el apocalipsis nuclear por otro.

Japón se encuentra localizado en una zona geológicamente inestable y el país siempre ha tenido muy presente la posibilidad de una catástrofe de graves consecuencias, hasta el punto de que en algunos la duda solo se refería al momento en que al final sucedería. La cultura popular, la literatura y el cine, ha recogido esta preocupación de manera insistente. Y no solo la catástrofe natural. Desde 1945 también desde luego la catástrofe tecnológica.

Cambio en la percepción de la ciencia y la técnica: Hiroshima

Entre el 6 y el 9 de agosto de 1945 tuvo lugar el bombardeo de Hiroshima y Nagashaki, y en esos días mutaron la historia y la cultura humanas. Las bombas atómicas estadounidenses destruyeron las dos ciudades por completo y pusieron punto final a la Segunda Guerra Mundial por la vía rápida. La catástrofe supuso no solo un antes y un después en la historia japonesa sino también un punto de inflexión en el mundo entero en la percepción social de la Ciencia y la Tecnología. Hasta entonces, habían sido percibidas como fuerzas benévolas, bases fundamentales del bienestar, el progreso y la civilización.

Y su tratamiento cultural había sido esencialmente positivo. Solo hay que recordar las películas biopic de los años 30 sobre grandes personalidades del mundo de la Ciencia (Curie, Pasteur). La cosa cambia tras la devastación atómica del Japón.

Peligros de la tecnociencia: Miedo nuclear

Alguna obra literaria ya había avistado riesgos tecnocientíficos, como A Brave new world, en 1932, de Aldous Huxley. Pero es a partir de 1945, cuando el mundo del pensamiento, y la literatura y el cine, comienzan a subrayar de un modo enérgico los potenciales peligros de la Tecnociencia, cuando no directamente el horizonte del apocalipsis.

En los años cincuenta abundarían en EEUU las películas de monstruos agrandados por mutaciones incontrolables y cierta ciencia ficción daría casi por descontada la hecatombe atómica y el final de la civilización. Henry Miller en su ensayo sobre Rimbaud, El tiempo de los asesinos, publicado en 1952, daba por hecho que dentro de cincuenta años, el mundo será un gigantesco y devastado cráter.

La serie japonesa Godzilla

En Japón, el miedo nuclear iba a encarnarse en el cine comercial por el legendario lagarto mutante Godzilla. Uno de los iconos de la cultura popular japonesa, Godzilla nació en 1954 y dio lugar a una serie de películas catastrofistas muy populares sobre todo en los cincuenta y sesenta y que incluso conoció una versión estadounidense en 1998.

Godzilla es una especie de monstruo prehistórico, un dinosaurio congelado que vuelve a la vida y que además experimenta una mutación de origen radioactivo, lo que lo convierte en algo doblemente espeluznante. Su poder destructor es inconcebible.

Catástrofes naturales: Cine catastrofista 1970s

Al margen de los riesgos tecnológicos surgidos de la fisión del átomo, en Japón existe además como decíamos la obsesión por la posibilidad del desastre geológico o natural. Japón se apunta a la moda cinematográfica catastrofista que arreció en EEUU en la década de 1970 con varias cintas, entre las que sobresale El hundimiento del Japón, rodada en 1973 por Shiro Moriati.

La película recrea el hundimiento del archipiélago japonés por causas naturales. En el año 2006 conocería un remake, a cargo de Shinji Iguchi, con un magistral despliegue técnico de efectos especiales. Su argumento: una de las placas tectónicas sobre las que se asientan las islas japonesas empieza a desplazarse y a arrastrar al conjunto del archipiélago hacia el hundimiento.

El hundimiento de Japón, 1973, 2006

Inicialmente, los científicos calculan un margen bastante amplio antes del hundimiento, de décadas, lo que permite en principio manejar la crisis con un mínimo de margen de maniobra. Varios son los retos. Negociar el traslado de millones de japoneses con países receptores (China, EEUU, Latinoamérica, Europa), gestionar el impacto de la noticia en la fría mentalidad japonesa y su peculiar cultura, así como las previsibles turbulencias económicas, como la retirada masiva de inversiones estadounidenses.

Esta primera parte de la película, los movimientos del gobierno, el marco político, económico y cultural de la catástrofe, es sin duda su punto fuerte. El científico Yasuke Tadokoro acaba descubriendo que el hundimiento se va a producir en poco más de 300 días y no en cuarenta años, corrigiendo ciertos errores en los cálculos iniciales. A partir de ahí, el horror se dispara y la película entra en la vorágine catastrofista.

Curiosamente, una solución propuesta por Tadokoro no es otra que la de colocar una serie de bombas nucleares a lo largo de la placa, para desgajar el archipiélago y evitar así su arrastre y hundimiento. La tecnología, santo y seña del Japón (y fuente de terrores) ayudaría a salvarlo.

Es útil recordar que El hundimiento del Japón es una película japonesa, y no estadounidense, con lo que estamos ante un tratamiento bastante distinto del que estamos acostumbrados y un nada desdeñable producto cultural.