La sexualidad ha formado parte siempre de las relaciones sociales entre los hombres. Sin embargo, ha sucumbido también ante la maquinaria consumista. El carácter sexuado ha funcionado a lo largo de la historia como un discurso que se encuentra inmerso e inadvertido, mezclado con las pautas sociales. La galantería del siglo XVII perdió la batalla hace un buen rato ante el liberalismo sexual.

Dicha liberalidad, en una época postmoderna que engulle casi cualquier tipo de discurso social, ha quedado subsumida y aislada a una serie de espacios socioculturales aceptados para el ejercicio de la sexualidad. El hotel como símil del deseo, las esquinas como paliativos de la soledad y la perversión, y ciertas ligas en el internet como un directorio de posiciones e intercambios sexuales; son algunos de los espacios físicos y mentales en los que el deseo puede encontrar un espacio de expresión.

El ámbito sexual ha mostrado más variantes a partir de la publicación y aceptación de ciertas costumbres y manías. A pesar de ello, el erotismo, como un aderezo que necesita la liberación sexuada ha perdido terreno ante estas nuevas formas de exploración sexual instantáneas. El onanismo cibernético y el vouyerismo de click son dos de las nuevas formas de expresión sexual.

Sexo instantáneo

El tiempo, factor esencial para la aparición del erotismo, se reproduce tan rápido en esta época de prisas, que lo único que importa en las formas digitales de sexualidad es el orgasmo. El onanismo inmediato que se reproduce en las diversas latitudes del planeta. Ni los nombres ni las costumbres son ya importantes en una cultura sexual de lo súbito.

La prontitud por alcanzar la satisfacción física olvida el carácter místico y profundo del erotismo. El misterio no tiene cabida en una sociedad que ha transformado las relaciones sociales a largo plazo por simples clicks que posibilitan la autoexploración física. Lo erótico, lo místico, lo misterioso de la sexualidad se encuentra recluido y apresado por la afición a la imagen.

Lo físico es parte de la sexualidad, una fuente importante de transportación a lo erótico. Sin embargo, actualmente el carácter físico de la relación sexual es lo único que permanece, mientras que el juego, lo erótico, lo sublime del sexo se encuentra enclaustrado en beneficio absoluto de un onanismo digital irrefrenable.

Lo visual, lo único

Lo misterioso, como componente fundamental de lo erótico, deja de tener sentido en un mundo en el que la fugacidad impide el tiempo del secreto. Así, las relaciones tecnológicas y de consumo imponen su lógica de producción irrefrenable, a un ser humano que se convierte en objeto sexuado. En envase de representación de la posibilidad de vaciamiento sexual. Pero esto se queda solamente en la posibilidad, al no existir la sublimación sexuada que ocurre en el terreno de lo erótico.

El consumo de instantes sexuales opera bajo la lógica del mercado. En este sentido, tanto la producción como el consumo del producto sexual carece de significación tanto para quien lo compra como para quien lo consume. La carencia se significación se da en quien lo ofrece al renunciar a lo misterioso, a lo erótico, como medio para alcanzar llegar a la esfera de lo sublime. Y en quien lo consume como esa misma imposibilidad, al convertir al objeto de su erotismo en una mercancía que pone como principal objetivo la premura del orgasmo.

La objetivación del deseo sexual tiene su exposición más visible en lo pornográfico, discurso casi pictórico que tiene su fuerza en el anonimato. Es la sombra la que posibilita la exposición de las conductas más diversas ante un video o una cámara fotográfica. La digitalización posibilita el sentimiento de alejamiento que se da entre el consumidor y el oferente. Lo misterioso pierde la batalla ante la exposición genital de la soledad enmascarada. Los demonios del amor reposan en una cámara digital.