Fue el 7 de mayo de 1959 cuando CP Snow pronunció en Cambridge su famosa conferencia Rede, en la que denunció la brecha existente entre las culturas científica y humanística y la ausencia de diálogo entre ellas. Snow ya había escrito sobre el particular en un artículo de 1956, y la conferencia sirvió para desarrollar de modo más amplio sus puntos de vista.

En la conferencia, Snow se refirió no solo al tema de la separación entre las dos culturas, sino también al estado de la enseñanza científica y técnica en Inglaterra, en su opinión deficiente comparada con EEUU o la URSS. Más tarde publicaría la conferencia en forma de libro con el título de Las dos culturas y la revolución científica, lo que ayudaría a abrir un debate tanto en Inglaterra como en América. En 1963, Snow insistiría en el asunto con Las Dos culturas, una segunda mirada. Aquí iba a proponer por primera vez la posibilidad de crear una tercera cultura, que sirviese como espacio de encuentro entre las dos culturas separadas, la ciencia y las humanidades. (Snow identificaba a estas últimas con los intelectuales literarios, de influencia excesiva en la vida pública, a su juicio).

C. P. Snow, entre ciencia y literatura

Charles Percy Snow (1905-1980) nació en Leicester (Inglaterra), y se educó en las Universidades de Leicester y en Cambridge. Su formación universitaria fue en Física, y comenzó su carrera en el ámbito de la ciencia profesional. Ocupó varios cargos en la administración británica.Con el tiempo iría reinventándose como novelista y autor literario. Su primera novela Death under sail apareció en 1932; más tarde llegaron otras obras, destacando la serie Strangers and brothers. Los críticos literarios actuales parecen coincidir en que buena parte de la obra de Snow, con alguna excepción, no ha resistido bien el paso del tiempo.

Pero la importancia hoy de CP Snow no viene tanto por su legado literario sino por haberse constituido en figura puente entre la ciencia y la literatura. Esa condición de “físico-novelista”. El hecho de que durante su vida profesional se moviera en los dos ambientes, lo que lo llevaría a ser de los primeros en darse cuenta de lo separados que estaban, y a escribir sobre ello. El propio Snow cuenta cómo le molestaban esos intelectuales literarios que a la mínima oportunidad se burlaban del “analfabetismo cultural” de los científicos, y luego por su parte ignoraban los más mínimos rudimentos de la Ciencia. Confundían velocidad y aceleración, por ejemplo, pero aquello no les preocupaba lo más mínimo. Y en cuanto a los científicos, se consideraban a sí mismos el futuro, pero su interés por la literatura y la cultura humanística era casi nulo.

FR Leavis, crítico literario malhumorado

Si Snow tenía un pie a cada lado de la divisoria ciencia-humanidades, el caso de Frank Raymond Leavis (1895-1978) era completamente distinto. El respetado crítico literario y académico de Cambridge se hallaba por completo del lado de la trinchera humanística. Era conocido por sesudos estudios de las grandes glorias de la literatura inglesa, que veneraba. Leavis formaba parte de esa tradición cultural inglesa según la cual en el enorme caudal de textos que llamamos literatura universal había enormes reservas de sabiduría, y era tarea del crítico sacar esa sabiduría a la luz, exponerla.

La literatura constituía para Leavis un saber autónomo, una vía de conocimiento autosuficiente, completamente distinto al que proveían las ciencias naturales. Según él, CP Snow no era más que un relaciones públicas del mundo científico, y quién sabe si un caballo de troya, para introducir en la vida inglesa una visión grosera y materialista, alejada de la civilización y la cultura.

El ataque de Leavis a Snow fue durísimo. Tal vez veía en él una encarnación de todo aquello que detestaba. Fue duro en sus opiniones pero también ad hominem, cargando contra la persona. Leavis negó a Snow cualquier tipo de significancia como novelista, e incluso dudó de sus credenciales científicas. La polémica mantuvo entretenidos a académicos y periodistas durante un tiempo. Las opiniones estaban divididas, aunque la mayoría coincidía en lo desmedido e intolerable del tono usado por Leavis.

La tercera cultura y sus diferentes interpretaciones

Como decimos, fue en Las dos culturas, una segunda mirada, en 1963, cuando el mismo Snow planteó la tercera cultura como un espacio de encuentro entre la ciencia y las humanidades. Desde entonces han sido varios los enfoques propuestos para definir a la tercera cultura. El más polémico quizá haya sido el del agente cultural estadounidense John Brockman, para quien (1991, 1995) han de ser los mismos “intelectuales empíricos” (los científicos) quienes hablen directamente con el público, divulgando sus trabajos en libros y charlas. En esencia, la visión de Brockman se limita básicamente a discriminar a los humanistas, al considerarlos desfasados e innecesarios.

Existen lógicamente interpretaciones algo menos tajantes de lo que ha de ser la Tercera Cultura. Una muy reciente propone simplemente (pero nada menos) que incorporar a la vida política y social el método crítico y racionalista, basado en la evidencia experimental, de las ciencias naturales.

Una presencia nueva y fundamental en el marco del debate es la neurociencia, hoy en rápida expansión. Su objeto de estudio es el cerebro, único generador de cualquier tipo de cultura. Empiezan a aparecer materias todavía embrionarias pero que quizá pronto sean familiares: neuropolítica, neuroeconomía, neupsicología, neuroarte.

Snow y Leavis, hoy

Volviendo a la pugna Snow y Leavis, si examinamos el ambiente de principios del siglo XXI, podríamos pensar que el primero lleva las de ganar, por mucho que los “humanistas” sigan conservando no poca influencia a nivel político y mediático. Pero tal influencia es decreciente, y su adhesión a principios relativistas en el cada vez más cuestionado marco postmoderno los ha debilitado aún más.

Dicho esto, tampoco hay que negarle el pan y la sal al viejo Leavis. Puede que la ciencia dura (y la neurociencia) constituyan el auténtico conocimiento que necesitamos para afrontar nuestros problemas de gestión y supervivencia. Pero sería (irónicamente) irracional ignorar el enorme depósito de experiencia que atesoran esas obras literarias escritas a lo largo de milenios. Se dice que Marcel Proust está repleto de ideas para los neurocientíficos. Sería solo un ejemplo entre muchos.