La peste negra o muerte negra, fue una conocida pandemia que asoló Europa dejando poblaciones enteras prácticamente sin habitantes. Hubo quien la consideró como una señal del fin del mundo, una hermana menor de los cuatro jinetes del Apocalipsis.

Síntomas

Los síntomas de la peste negra fueron siempre coincidentes. Los enfermos comenzaban a padecer fiebres muy altas y aparecían una especie de protuberancias llamadas bubones, en las extremidades del paciente, concretamente era más frecuente su aparición tras los pabellones auditivos y en las axilas. El virus actuaba con extrema rapidez y prácticamente destrozaba los órganos internos convirtiéndolos en líquido. Los vómitos se sucedían y con ellos el aumento de la fiebre, hasta que el paciente comenzaba a delirar y moría.

La enfermedad se cebó especialmente en médicos y clérigos, ya a menudo se encontraban atendiendo a los enfermos. Bien proporcionándoles asistencia sanitaria o practicándoles la extrema unción.

Extrañas terapias

Los mejores médicos de la época, se encontraban practicando la docencia en las más prestigiosas universidades Europeas. Tras ser consultados acerca de la enfermedad, terminaron concluyendo que se trataba de la consecuencia de una peculiar alineación de los planetas. Su teoría fue tenida por cierta. El Vaticano, por su parte, aseguró que se trataba del castigo de la autoridad divina.

Como métodos curativos se extendieron algunos tan extraños, como el de dejar de tener relaciones sexuales, este derivado de las creencias religiosas, beber leche o aplicar sanguijuelas en las venas del paciente. Obviamente, ninguno funcionó a excepción de la cuarentena.

Transmisión de la enfermedad

La enfermedad tuvo sus primeros brotes en Asia, siendo introducida por los barcos de los mercaderes en Europa, debido a la bacteria Yersinia pestis. Esta teoría carece de fundamento, tanto histórico, como médico, pero es la más aceptada por la comunidad científica.

Una de las hipótesis más comúnmente extendidas, es la que señala a la rata negra como causante de la enfermedad. Este animal, de aspecto más amigable e higiénico que las demás ratas comunes, prácticamente convivía con el hombre en los barcos que transportaban mercancías desde Asia y también en Europa. Los roedores eran inicialmente portadores de la enfermedad, infectando a sus propias pulgas, que eran quienes transmitían la enfermedad a los humanos.

Sin embargo, existen datos que eximen a las ratas de ser las grandes culpables de la pandemia. En primer lugar, de haber sido las ratas las trasmisoras de la bacteria, ya se hubieran producido muertes de marineros en las embarcaciones provinentes de Asia. Por otra parte, en Europa, las bajas temperaturas invernales no permitían la presencia de estos roedores. En tercer lugar, de haber sido las ratas las transmisoras de la enfermedad, hubieran aparecido repentinamente sus cadáveres por todas partes, antes de manifestarse la enfermedad en los humanos y este dato no aparece en ninguna de las crónicas de la época. Por último, lo que sí que se refleja en las partidas de defunción, es el tiempo que transcurría entre una muerte y otra, treinta y cinco días, esto explica que la enfermedad era transmitida entre humanos, se incubaba durante unos veinte días tras los que aparecía la enfermedad y en quince días el paciente fallecía, habiendo ya infectado a otro sujeto. Por este motivo, el único método eficaz contra la peste negra, era la cuarentena.

Probablemente se culpabilizó a las ratas, a causa de las creencias medievales que tendían a considerar malditos a determinados objetos, personas y cosas debido a sus connotaciones negativas. Las ratas no fueron una excepción, no obstante, el nombre peste negra, se popularizó debido a la asociación de estos animales con la enfermedad.