Para comprender los múltiples sentidos de la palabra, conviene, de inicio, comentar las simbolizaciones de los aborígenes dogon, quienes distinguen dos clases de palabra: a una la nombran como “palabra seca” y a la otra “palabra húmeda”. La primera, es un atributo del Espíritu Primero, antes de llevar a cabo la creación. Se trata de una palabra sin diferencias, sin conciencia de su potencial de alteridad. Esta palabra se encuentra en los seres humanos y en todas las cosas del mundo, sin embargo, las personas no la conocen: se trata de los pensamientos de la divinidad, en su posibilidad abierta de ser. Esto, en nuestra dimensión mundana, mínima a diferencia de la divina, se manifiesta en lo inconsciente.

La palabra como fuerza de vida

En cambio, la palabra húmeda brota, como la vida, en el gran huevo cósmico. Se trata de la palabra particular de los humanos. Su sonido es como el de la simiente masculina, la cual entra por la oreja, al igual que lo haría en la parte sexual femenina. A continuación baja hasta el interior del cuerpo y se enrolla en el vientre del escucha, para fecundar y hacer crecer el entendimiento.

La misma idea de palabra fecundadora, de verbo posibilitador de la creación y ubicado en los albores de esta última, antes de que ningún elemento de la realidad se haya formado, se hace presente en las cosmogonías de numerosos pueblos. Esta noción se encuentra también en los indios guaraní de Paraguay, para quienes Dios creó el lenguaje incluso antes de darle forma al agua, el fuego, el sol, las neblinas llenas de vida y finalmente, el primer mundo.

Los indígenas sudamericanos taulipang, por su parte, también perciben a la palabra como un sempiterno principio de vida. Los taulipang creen que el ser humano cuenta con cinco almas, de las cuales solo una de ellas llega a la región de ultratumba tras morir. Justo la que lo consigue es la poseedora de la palabra, y lo hace gracias a la capacidad que tuvo en vida para salir periódicamente de su cuerpo al dormir.

La palabra como logos

En la tradición bíblica, las referencias acerca de la palabra hay que rastrearlas en el Antiguo Testamento. Allí la palabra es un atributo de Dios y de su sabiduría y por ello existió antes que el mundo mismo. Luego la palabra fue enviada a la Tierra para comunicar los designios de la voluntad del cielo. Al final, una vez completada su misión, la palabra retorna a Dios. En este sentido, para el visionario san Juan, el Verbo, es decir, el Logos, era un elemento anterior a la creación. Con la encarnación y la revelación del mensaje del Padre, en el Nuevo Testamento, la palabra exhibe un carácter personal, en esta faceta de Sabiduría absoluta y perenne.

Para los griegos antiguos, la palabra, el logos, señala a lo discursivo, pero también al intelecto y la razón. Se trata del sentido esencial de un ser: el mismo pensamiento divino. Los estoicos, por su parte, identificaban a la palabra como la razón inherente al orden de la realidad y sus fenómenos. A partir de estas bases, los Padres de la Iglesia desarrollaron sus reflexiones y enseñanzas acerca de la Escritura y la teología del Verbo.

La palabra es el referente más puro del ser que se piensa y expresa a sí mismo, por medio de la comunicación entre diversos seres, religados por su impulso comprensivo y vital. Independientemente de las cosmogonías, dogmas y creencias, la palabra siempre aparece como el símbolo por antonomasia de la inteligencia, manifestada en el lenguaje, la naturaleza y la dinámica general del cosmos; la palabra es la verdad y la luz que le da sentidos al ser.