En todo el mundo se tejen historias inusuales, fantásticas o simplemente descabelladas. Quizás el atractivo turístico se esconda tras la reiterada repetición de estos cuentos, aunque también pueda estar involucrada la ignorancia, la literatura o la jocosidad.

Así, desde la primera infancia se reciben imágenes o narraciones que marcan de alguna manera el cerebro del adulto. Cada país tiene y exporta sus mitos propios y, por eso, al pensar en Londres, inmediatamente se viene a la mente, la imagen tenebrosa de una niebla casi impenetrable.

De París nos llega la falsa idea de la facilidad con que se puede conseguir una compañera de aventuras sexuales. Otros lugares nos invitan a imaginar al monstruo de su lago local, o al esquivo Pie Grande, o a los graciosos duendecillos juguetones, o a la infundada lluvia de peces, que se supone ocurre en una pequeña ciudad del norte de Honduras.

La niebla famosa

Debido al ambiente misterioso que la neblina puede brindar, un sinfín de películas han aprovechado este recurso para mantener en vilo a los espectadores. Filmes de horror, de suspenso, de intriga, de espionaje e incluso románticos, muestran la turbiedad del paisaje para distraer, asustar o confundir al confiado cinéfilo. También la comedia ha utilizado el manto misterioso, como fue el caso londinense donde Maxwell Smart, el súper agente 86, a duras penas lograba observar a su interlocutor que estaba a unos pocos centímetros de él.

Origen

Peter Ackroyd, en su libro London, the biography, cuenta que a los romanos les llamó la atención el aspecto espectral de Londres. Parece ser que en esa época, la niebla era un fenómeno natural, que se fue tornando muy raro a medida que los humanos invadían y destruían el medio ambiente natural de los suburbios.

En el siglo XIII, lo que existía ya no era niebla, sino contaminación, proveniente del uso irrestricto del carbón. En ese período, Enrique II de Inglaterra, autorizó la extracción de carbón porque los habitantes de Newcastle se morían congelados.

Según Ackroyd fue en la época victoriana cuando la neblina consiguió la ciudadanía londinense. Medio millón de chimeneas producían una contaminación cuya apariencia no tenía un color unánime, ya que para algunos era negra, mientras que para otros era verde oscura. Para muchos era amarillenta y para pocos, marrón.

En el siglo XV, mientras el Papa Pío II visitaba Escocia, escribió que se sorprendió al ver en las puertas de las iglesias, a mucha gente haciendo fila para recibir "como limosna pedazos de una piedra negra con la que se retiraban satisfechos". El carbón era muy estimado debido a la escasez de madera que en ese periodo había.

Problemas

Cuando Londres se ha desdibujado debido a fenómenos neblinosos, sus habitantes han sufrido considerables daños, no solo por los ladrones y aprovechados, sino también por afecciones de salud que en muchos casos han provocado la muerte de los pacientes.

En 1880 murieron 2.200 londinenses debido a una combinación del humo del carbón de las calefacciones y de la industria, que formaron una nube tóxica de dióxido de azufre y partículas de combustión que se transportaban por el aire.

En 1952 una densa niebla se posó en Londres y una masa de materias tóxica permaneció sobre la ciudad durante cinco días. Esto fue una tragedia pues murieron 4.000 personas, principalmente niños y ancianos. Se cuenta que la visibilidad era tan baja, que fue necesario el uso de antorchas para dirigir el tráfico vehicular.

Las últimas apariciones de la niebla londinense, fueron en 1956 y 1962 cuando murieron 1.000 y 700 personas respectivamente.

Debido a las legislaciones impuestas para prevenir estos hechos, Londres no ha vuelto a tener esta niebla existente solo en la mente de millones de personas alrededor del mundo.