Como si de una película se tratara Edward Hopper (Nyack, 1882- Nueva York, 196) daba vida a sus cuadros construyendo una realidad que no existe, operando una deconstrucción de lo real. En su taller construía la escena, la imagen, creando una narrativa con el espectador que se convierte en arte y parte del proceso.

El tiempo narrado por Hopper, tiempo de espera, soledad, melancolía e imaginación lleva el visitante a acercarse a la esfera íntima de los protagonistas retratados preferentemente en espacios urbanos cerrados. Todas sus obras destacan por el magistral empleo de la luz, el más personal y poderoso de los medios expresivo de Hopper. La luz del sol cuando es de día, o la luz eléctrica cuando es de noche, entra por las ventanas e ilumina la representación moldeando cada escena del lienzo.

La arquitectura, el ferrocarril, el mar muy presentes en su iconografía completan el testimonio de una mirada sobre la vida moderna, convirtiendo a Hopper en uno de los principales representantes del realismo del siglo pasado.

La primera gran retrospectiva en Europa

La exposición Hopper, presente en el Museo de arte Thyssen-Bornemisza hasta el 16 de septiembre y a partir del otoño en el Grand Palais de París, ha convertido un sueño en realidad, según las palabras de Guillermo Solana, director artístico del Thyssen.

Se trata de la primera gran retrospectiva del artista en Europa, con 73 obras expuestas, y ha sido posible gracias a la generosidad de museos e instituciones como el Moma y el Metropolitan Museum de Nueva York, el Museum of Fine Arts de Boston, la Addison Gallery of American Art de Nueva York o la Pennsylvania Academy of fine Arts de Filadelfia. Sobre todo, hay que destacar los generosos préstamos del Whitney Museum of American Art de Nueva York, que ha cedido 14 obras del legado de Josephine N. Hopper, esposa del pintor.

La producción artística de Hopper no llega a doscientos óleos, más una veintena de grabados y acuarelas y es tan preciosa que los préstamos se hacen todavía más difíciles porque, como subraya Tomás Llorens, comisario de la muestra junto a Didier Ottinger, “prestar un Hopper para una institución equivale a ceder las Meninas para el Museo del Prado”. De aquí el gran ausente de la exposición el “Nighthawks”de 1942, que el Arts Institute de Chicago no ha cedido.

Hopper y la herencia europea

El objetivo de la exposición, según los comisarios, ha sido romper con la visión que relega Hopper a una figura aislada y solitaria del realismo americano, restituyéndole el lugar de pertenencia en el ámbito del fenómeno cultural de intercambio entre Europa y Estados Unidos de los años Veinte y Treinta del siglo pasado.

Hopper, según los comisarios, el pintor más grande del arte del siglo XX, ha plasmado sus obras fruyendo del contexto contemporáneo y alimentándose de la historia del cine, del teatro, la fotografía, la literatura y la poesía sin olvidar que su manera de representar escenas y paisajes tiene una raíz en la pintura moderna europea. Artistas de la talla de Manet, Rembrandt y Vermeer o también Zurbarán y Velázquez, forman parte de su bagaje artístico-cultural.

La luz en la obra de Hopper

Magistral en el uso de la luz, Hopper destaca en sus obras para saber capturar la atención del espectador y sumergirlo en una experiencia estético visual capaz de generar un dialogo con las escenas representadas ofreciéndole, a la vez, un papel participativo.

En el caso de la exposición de Madrid, esta capacidad narrativa y cinematográfica del artista americano es todavía más evidente gracias a la labor del cineasta Edward Lachman que al final del recorrido sorprende al visitante con la presencia de un pequeño set con la reconstrucción del Sol de la mañana, obra presente en la exposición.

Entre las joyas de Edward Hopper presentes en Madrid destacamos la Habitación de hotel del 1931, la Muchacha cosiendo a maquina del 1921-22, la Casa junto a la vía del tren del 1925 y una serie de diez grabados.

Resulta interesante, también, la proyección de las cubiertas de revistas realizadas por el artista que descubre la faceta de Hopper ilustrador, con imágenes positivas que apelan al consumismo y la diversión, en contraste con los lienzos que mucho tienen que ver con el drama y la soledad de sus personajes.