El inevitable paso del tiempo, el caminar de los años, convierte muchas realidades normales en historias extraordinarias. Cuando a eso le sumamos la extraña naturaleza humana de búsqueda incesante del poder, encontramos que muchas de esas historias han sido transformadas conscientemente a lo largo de los siglos con el objetivo de guiar las mentes y actitudes de una población sedienta de líderes y de creencias.

Son historias que, valga la paradoja, carecen de un respaldo histórico. Se remotan a anales inexplorables para cualquier ciudadano, al boca a boca legendario.

Sin muertes en la Biblia

Así, buceando entre escritos, basados en relatos enmarcados en una época en la que la mayor obsesión del hombre era dominar el mundo, nos encontramos con un vacío real en cuanto a la muerte de los Apóstoles, los primeros seguidores de Cristo.

Fueron los únicos que creyeron y, algunos historiadores, apuntan a que a mediados del primer siglo, ya no quedaba ninguno. Todos habrían muerto.

Si utilizamos como base documental la Biblia, el libro sagrado del cristianismo, no encontraremos más que la muerte de Judas (suicidándose tras entregar a Cristo a los romanos) y la de Jacobo (Santiago el Mayor), ejecutado a espada por el rey Herodes.

Pedro y su muerte cabeza abajo

Para Pedro, el elegido para levantar la Iglesia, la Biblia guarda una profecía para su muerte.

En Juan 21 ( versículos 18 y 19) Jesús le dice a Pedro "En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme”.

En base a estos dos versículos, los historiadores apuntan a que fue crucificado con la cabeza hacia abajo, por petición propia, en tiempos de Nerón (año 64 dc). Tenía que sufrir más que su Señor. Pero la Biblia nos dice que otro hombre controlaría a Pedro y lo llevaría a un lugar de ejecución. Una muerte como mártir, sin duda, pero sin entrar en más detalles.

Juan y la Virgen María, una vida bajo el mismo techo

Juan el Evangelista, el poético, el escritor del Apocalipsis, el más amado de los discípulos, vivió con la Virgen María hasta el fin de sus días. Así nos lo muestra la Biblia en Juan, capítulo 19, versículos 25 a 27. Ahí, junto a la cruz de Jesús, estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Coplás, y María Magdalena. Jesús viendo a su madre y junto a ella, al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “ Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora la acogió en su casa. “

Según la tradición, y sólo la tradición, no se le considera un mártir. Sólo tenemos constancia de él a través del Evangelio de San Juan. Se estableció en Éfeso, de donde fue llevado a Roma y allí, quemado por el emperador Domiciano con agua caliente. Sobrevivió al martirio y fue desterrado a la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis. Al fallecer Domiciano volvió a Éfeso donde murió por el implacable paso del tiempo y cerró el ciclo de los libros de la revelación.

Los martirios por decreto

Santiago el menor, por su parte, tras el martirio a Santiago el Mayor, lo arrojaron desde el pináculo del templo y fue lapidado, según la misma tradición católica, en el año 61 por Anás II.

Andrés murió en la cruz en Petras de Acaya, Grecia. Siempre guardando la exclusividad de su Señor, esta vez la cruz era en forma de X. Allí murió tras haber sido azotado por siete soldados que ataron su cuerpo a la cruz para prolongar la agonía. Hasta que tuvo aliento (dos días después), predicó a sus verdugos. Desde entonces esa cruz se conoce como la cruz de San Andrés. Tras su muerte, el traslado a Constantinopla y, de ahí, se dice que a Amalfi, cerca de Nápoles. Siglos más tarde, en torno al año 1460, Roma recibía una cabeza asegurando que era de San Andrés, pero en el Siglo XX, Paulo VI, pontífice máximo de la Iglesia, la envió de vuelta.

Bartolomé se habría convertido en misionero en tierras de India y Arabia para después, a su regreso, convertirse en prisionero en Armenia y ser despellejado y desollado con un látigo hasta morir. Otro mártir, según la tradición católica. Igual que Felipe, decapitado bajo el mando Imperial de Trajano, y Matías, que corrió la misma “suerte” en Etiopía.

El otro Judas, Tomás y Pablo

El otro Judas, Tadeo, predicó por Medio Oriente y Libia y murió martirizado en Beirut.

En la India, Tomás, tras cristianizar, una lanza le traspasó el cuerpo cumpliendo su martirio.

San Pablo, como ciudadano romano, se le concedió el privilegio de una muerte por decapitación en Roma, a manos de Nerón.

Del resto de Apóstoles no sacamos nada en claro. Miles de historias transformadas a lo largo de los siglos que han dado lugar a cientos de leyendas diferentes. Eso sí, todas con el mismo final: convertir a los discípulos en mártires por la causa. Personas que no temen ni a la muerte, ni a la tortura. Invencibles. Eternos...