Thomas Mann es uno de los más grandes escritores del siglo XX y el mejor representante en lengua alemana de ese siglo. Desencantado del nacionalismo desde el desastroso fin de la Primera Guerra Mundial, Mann fue un opositor al nazismo desde primera hora y no se dejó seducir por Hitler como tantos otros intelectuales. Él escogió el camino del exilio.

"La montaña mágica" es quizá la obra más famosa de Mann y la más leída por varias generaciones de lectores. No es fácil acercarse a una novela como ésta. Sus 1.000 páginas pueden intimidar a más de un posible lector. Si a eso se suma su falta de acción, su ritmo pausado y las acciones de los personajes, más contemplativas que dinámicas, el lector puede tener la engañosa impresión de encontrarse ante una obra larga y aburrida. Nada más lejos de la realidad.

Lejos del mundanal ruido

En cualquier caso, el lector de "La montaña mágica" debe acercarse a sus páginas sin ningún tipo de prejuicios, dispuesto a disfrutar de una de las grandes obras maestras de la literatura universal, una especie de síntesis del pensamiento de principios del siglo XX a través del discurso de unos personajes realmente inolvidables. El sanatorio para tuberculosos de Davos, un lugar aparte con sus propias reglas, al que apenas llegan ecos del mundo real, es el marco perfecto para que personajes que cuentan con todo el tiempo del mundo intercambien sus ideas.

La novela comienza con el viaje del protagonista, Hans Castorp, al sanatorio para visitar a su primo Joachim, que se encuentra allí ingresado desde hace unos meses. Lo que no sospecha Hans es que su estancia, programada en principio para tres semanas, se va a alargar mucho más de lo previsto. A diferencia de Hans, un muchacho pacífico y reflexivo, Joachim, un perfecto caballero por otra parte, es un militar puro, que anhela la vida disciplinada del cuartel y cuya máxima aspiración es servir y morir por la patria. Su estancia en el Berghof es para él una pérdida de tiempo.

"La montaña mágica", la novela de formación de Hans Castorp

Si en un principio al protagonista le fastidia tener que quedarse como habitante involuntario del sanatorio, bien pronto se adaptará a la vida allí, a las cuatro abundantes comidas diarias, a la cura de reposo y, sobre todo, a las disquisiciones filosóficas con otros enfermos. Hans, que iba a comenzar a ejercer como ingeniero, le toma gusto a la vida contemplativa y sin las preocupaciones diarias de la vida cotidiana que le ofrece el Berghof.

El joven Castorp decide emplear buena parte de su abundante tiempo a su formación intelectual, moral y espiritual. Y así podría definirse "La montaña mágica", como la novela de formación de Hans Castorp, un "joven mimado por la vida", según el principal de sus maestros, Settembrini: "Hans Castorp tomaba buena nota de lo que oía y, en aquella particular etapa de formación que había emprendido se mostraba abierto, lo cual demuestra lo mucho que el hombre despierto aventaja al soñador entontecido"

Personajes antagónicos se disputan el alma del protagonista

Los días de Hans transcurren lentamente, pero no así su apreciación del tiempo a más largo plazo, que parece acelerarse durante la estancia en las montañas, un extraño fenómeno provocado por la monotonía de tantas jornadas iguales. El protagonista va a tener tiempo de enamorarse, de mostrarse compasivo con los pacientes terminales, de aprender algo de medicina o botánica, pero lo que verdaderamente le dejará huella será el conocimiento de dos personajes tan opuestos como Settembrini y Naphta.

Settembrini es un librepensador, un hijo de la ilustración y la revolución francesa que aboga por la racionalidad en la resolución de los conflictos, por el avance científico en la evolución de la historia y por el desarrollo de los derechos humanos. Es enemigo de cualquier forma de fanatismo, aunque a veces lo es él mismo cuando defiende sus ideas. Naphta es un jesuita fanático, un representante del Antiguo Régimen que añora el dominio de la Iglesia sobre la sociedad y aboga por una armonía entre fe y razón al estilo del papa actual, Benedicto XVI:

"La fe es el órgano del conocimiento. El intelecto es secundario. La ciencia sin prejuicios es un mito. Siempre hay una fe, una concepción del mundo, una idea; en resumen: siempre hay una voluntad, y lo que tiene que hacer la razón es interpretarla y demostrarla".

Las discusiones entre estos dos personajes van a estar presentes durante toda la narración, como si se disputaran el alma de Hans Castorp. Un tercer personaje va a hacer una aparición más tardía, el señor Peeperkorn, un hombre alejado totalmente del estilo de vida intelectual, pero con un halo de superioridad y carisma que impresionan vivamente al protagonista.

Sombras en el mundo de abajo

Aunque se trate de personajes aislados del mundo, uno de los temas constantes de la novela, aunque por alusiones muchas veces indirectas, es la amenaza siempre presente de la llegada de la Primera Guerra Mundial, cuya proximidad se vislumbra a través del aumento de las disputas por parte de los internos del sanatorio. Al final el aislamiento que ofrece el sanatorio, ofreciendo la ilusión de un mundo aparte, resulta ser permeable a los acontecimientos del mundo real. A pesar de todo, nos quedan las palabras de Hans Castorp:

"He aprendido mucho entre esas gentes de aquí arriba, he llegado a estar muy por encima del mundo de allá abajo, hasta el punto de haber perdido casi el aliento; y lo veo todo bastante bien desde la base de mi columna..."