Siempre que hablamos de monogamia abrimos un debate lleno de recurrentes silogismos y ambiguos axiomas. La idea romántica de un amor imperecedero entre dos seres nos lleva a concebir la monogamia como algo positivo y deseable, cuando no utópico. Por otra parte, comprendida como una imposición sociocultural que entra en conflicto con la propia esencia de la vida, la monogamia se nos muestra como un monstruoso atentado contra la evolución.

En rigor, sólo podríamos hablar de monogamia si fuese posible constatar la existencia de un instinto que condujese a los miembros de cualquier especie no sólo a elegir un único compañero sexual durante un período de tiempo determinado, sino también a rechazar de modo contundente durante ese tiempo todo contacto sexual con el resto de los individuos.

Dejando aparte discusiones que nos introducirían en espinosos laberintos éticos, quizá nos convendría ser conscientes de que la monogamia no está tan extendida en el reino animal como hace algún tiempo se suponía.

La diferenciación sexual

Hace unos 300 millones de años, como consecuencia de una serie de mutaciones genéticas sucesivas, comenzó a producirse la diferenciación sexual entre macho y hembra. El investigador Bruce Lane, de la Universidad de Chicago, y el doctor David Page, del Instituto Whitehead, concluyeron que “cuanto más nos remontamos en el tiempo, más similares aparecen los cromosomas X e Y, lo cual refuerza la teoría de que ambos proceden de autosomas idénticos”. Por su parte, el ilustre etólogo y escritor alemán Vitus B. Dröscher, en su libro La vida amorosa de los animales, afirma que “En un principio los individuos eran sólo hembras y tenían descendencia con escasa e insuficiente modificación genética; el macho es un invento posterior de la naturaleza”.

Finalmente, fue Adán quien salió de Eva, y no a la inversa. Pero lo cierto es que la aparición del macho supone un paso definitivo en la historia de la Biología. Su misión es llevar al infinito la diversidad genética, lo cual es una de las claves de la evolución. Si el macho aporta su patrimonio genético a muchas hembras, las posibilidades de que las siguientes generaciones alcancen un mayor grado de adaptación a los sistemas ambientales crece en progresión geométrica.

Supervivencia y reproducción, dos instintos inseparables

Llegados a este punto, resulta imprescindible reflexionar acerca del llamado “Instinto de conservación”. Los seres vivos carecemos de elementos de juicio para comprender por qué razón luchamos por sobrevivir; más aún en casos como el humano, plenamente conscientes como somos de que la vida individual tiene límites. Al reproducirnos asumimos inconscientemente que la supervivencia de nuestra especie está por encima de la del individuo. La Naturaleza, otorgándonos el deseo de apareamiento y el placer en el ejercicio del acto sexual, demostró nuevamente ser en sí misma una “Superinteligencia” de inescrutables designios. Y, a decir verdad, nada parece indicar que estuviese planeando que los animales fuésemos monógamos.

Biólogos y etólogos coinciden en señalar que sólo el 5% de los mamíferos son monógamos. Este es un porcentaje muy bajo y prácticamente sin valor como norma de conducta. Y esto se debe a que fisiológicamente, en todas las especies animales, el macho es un incansable productor de genes; en otras palabras, sería un desperdicio de genes que un macho tuviera descendencia con una sola hembra.

Monogamia seriada

Existen, sin embargo, circunstancias concretas en las cuales algunos animales adoptan actitudes monógamas.

La monogamia seriada consiste básicamente en restringir el contacto sexual a un único individuo por un período limitado de tiempo.

Sin ánimo de generalizar, este es el caso de las aves. El hecho de que las aves hembras y machos cooperen habitualmente en la crianza de sus hijos no es sino un ejemplo evidente de monogamia seriada. “Los pájaros, de un modo sorprendentemente similar a los humanos, practican la monogamia social y la inversión parental, pero ni los unos ni los otros son monógamos desde la óptica puramente sexual”, confirmaron los eminentes científicos norteamericanos David Barash y Judith Lipton a Eduardo Punset en una intensa y memorable entrevista emitida en el emblemático programa de televisión Redes.

Curiosamente, aquel programa fue titulado “La monogamia no es natural”.

Caballitos de mar y albatros, ejemplos de fidelidad

Unos son peces, aunque no lo parecen; los otros, aves de leyenda. Ambas especies son paradigmas de una monogamia seriada que, dilatándose en el tiempo, acaba transformándose en una fidelidad poco común en la Naturaleza.

Aunque muchos expertos dudan de la rigurosidad científica de estos datos, se ha comprobado que muy frecuentemente los caballitos de mar mueren en pareja. Cuando uno de los miembros muere, el otro permanece junto a él hasta que la escasez de alimentos acaba por matarlo también. Por su parte, las parejas de albatros “inventan” danzas exclusivas con las que sellan una relación absolutamente única e irrepetible, y normalmente sólo cambian de pareja cuando existe un auténtico problema de esterilidad.

En cualquier caso, estos animales, como el ser humano, están sujetos a los instintos que el devenir de la evolución instituyó hace más de 300 millones de años. Mientras el orden natural no decida lo contrario, las especies necesitarán reproducirse para evitar su extinción. Y no parece que la Naturaleza esté dispuesta a someterse a cortapisas religiosas o culturales a la hora de continuar edificando su intrigante y gigantesca obra.