Una empresa muy difícil que llega a buen término. El pasado y el presente se conjugan de manera rara, pero eficaz: una representación teatral dentro de otra, con el ambiente y las formas del teatro del siglo en que transcurre la historia de La monja alférez (1592-1650): con aire nómada, circense, entre telones por donde surge el talento desnudo de los actores que han de vérselas con cambios de sexo y situaciones muy distintas sin transición.

Es una idea de Juan Carlos Rubio sobre el texto original de Domingo Miras, quien a su vez se basó en las memorias de Catalina de Erauso, una novicia que con 15 años escapa del convento para ser ella misma aparentando ser un hombre. Un misterio que desvela parcialmente en sus textos y que ha dado lugar a obras maestras de idealización del personaje, como por ejemplo la escrita por el inglés Thomas de Quincey en 1847.

Pero la obra de Domingo Miras necesitaba este aliento renovador que produce un gran placer en el público: una historia de aventuras dentro de un teatro "de corte" y a la vez con resoluciones contemporáneas.

Los ocho actores cambian de sexo y se suceden las distintas Catalinas, todas para una y una pra todas, que se conoció como monja sin llegar a profesar tras su huida del convento, y que llegó a ser alférez consagrada así por sus éxitos militares en diversas regiones ocupadas por los españoles "en las Indias".

Esta resolución en la puesta en escena permite una serie de aciertos entre notables y sobresalientes para llegar a buen puerto con la imagen de una mujer que actúa como hombre porque de lo contrario no podría moverse con libertad. Una libertad a fuerza de bravura masculina que no aspira al libre albedrío femenino sino a su pura y exclusiva capacidad de ser entre hombres: un reflejo de un mundo absolutamente masculino. Antes de escapar de las monjas, ya se lo advirtieron: no podrás hacer otra cosa que profesar, casarte o ser puta.

El trabajo de los actores es fantástico. Tiene un devenir fluido y divertido desde el comienzo. El drama admite momentos de farsa porque estos son muy breves, y más aún la gran aventura de Catalina permite que los hombres que la encarnan jamás se feminicen, así como las mujeres que la interpretan son simplemente mujeres que aparentan ser un hombre en sus maneras pero no en sus voces.

El juego de apariencias es muy profundo. Las risas del público brotan y se cortan a la misma velocidad. Y además se permiten algunos números de magia: ascensores, trampillas, pañuelos que cambian de color, lanzadores de cuchillos...

Un espectáculo muy logrado con algunas perlas inolvidables:

  • Cristina Marcos (La escuela de la desobediencia), prodigiosa en el desenvolvimiento de una fase del personaje en la que ha de vérselas entre la lucha denodada por la vida y el ardiente deseo de abandonarse a la desesperanza. Es la escena más rica en matices de la función, y la actriz la domina en una serie de situaciones envolventes de principio a fin.
  • Nuria González (Carnaval) y Mar del Hoyo, la primera en el papel del encantador militar que seduce a Doña María, tras salvarla de la muerte de su esposo al verla con otro hombre. Doña María, una jovencita apetecible muy necesitada de apasionados amoríos. Y el joven militar que la emboba, la conocida como La monja alférez, que la desea y con ella tontea pero no puede darle lo que aquella busca entre sus muslos.
  • Cristina Marcos y Nuria González, cardenal y papa, en una escena espléndida en la que habrán de confirmar a La monja alférez como una transformista valiente y decidida: "Si hubiera muchas más, tendrían que ir a la hoguera".
  • Daniel Muriel (Agonía y éxtasis de Steve Jobs)y Ángel Ruiz despliegan perfiles de la monja, y de frailes y otros personajes con brillante soltura.
El reparto lo componen un total de 13 actores: Ramón Barea es el narrador eficaz con hermosa voz y Carmen Conesa abre y cierra la obra en breves intervenciones. Luego, además de los nombrados, intervienen: Manu Báñez, Kike Inchausti (a su vez coreógrafo de lucha escénica), Fernando Jiménez, José Luis Martínez, Toño Pantaleón y Martiño Rivas. La escenografçoa de Eduardo Moreno y el vestuarui de Pedro Moreno: óptimos en la plasticidad y el juego de las apariencias.

La monja alférez, de Domingo Miras, en el Teatro María Guerrero, del 24 de abril hasta el 2 de junio de 2013: "Una vida aventurera y agitada en que la soñada libertad masculina acaba siendo una esclavitud sometida a un destino implacable de peleas, homicidios, huida y vuelta a empezar, una y otra vez. (...) Para establecer la verdad y salir al paso de las exageraciones y mentiras que sobre ella circulaban, Catalina tomó la pluma y escribió sus Memorias. Tomar la pluma era también una tarea de hombres, un tabú para el sexo femenino que muy pocas rompían, y que ella también rompió. Sin conciencia de ello, aquella chica de San Sebastián estaba preparando un orden nuevo" (Domingo Miras).